…Y construyó una casa torcida

“—And he built a crooked house—” - Astounding Science Fiction, 1941

Robert A. Heinlein

Siempre me han fascinado las historias de "pliegues dimensionales", lugares sorprendentes por invadir una cuarta o más dimensiones espaciales y revisar las consecuencias de semejante anomalía, como en este relato del maestro que Robert A. Heinlein, publicado en 1941. "...Y construyó una casa torcida" (-And he built a crooked house), no es de los más conocidos de este renombrado escritor de CF, pero sí uno de los más estimulantes para la imaginación que la suya propia ha engendrado.

La propuesta narrativa es un ejemplo de la forma sobre el fondo en la ciencia-ficción, tan válido como a la inversa: haces una propuesta de una tecnología extraordinaria y muestras el resultado, pero nunca explicas el desarrollo científico y/o tecnológico del concepto. No hay que culparles mucho: Asimov, Clarke y muchos otros lo han hecho así, con el fin de presentar un relato que es un verdadero deleite para los lectores que gustan de este subgénero del género. - Julius

EN TODO EL MUNDO, LOS AMERICANOS TIENEN fama de chiflados.

Por lo general ellos suelen dar motivos para tal acusación, aunque siempre señalan a California como el foco de la infección. Los californianos afirman con toda seriedad que esa mala fama se deriva únicamente de la actuación de los habitantes de Los Ángeles. Y si se apremia a éstos admiten que es cierto, pero explican a toda prisa:

—Se trata de Hollywood. No es culpa nuestra…, nosotros no lo buscamos. Hollywood empezó a crecer por casualidad.

Y a los de Hollywood no les importa, se enorgullecen en ello. Si el visitante está interesado le llevan hasta Laurel Canyon «donde se retienen a los casos violentos». Y los que viven en ese Cañón: mujeres de piernas morenas, hombres vestidos de calzón corto, Siempre ocupados en construir y reconstruir sus casas rústicas, miran con desprecio a las aburridas criaturas que viven en pisos y atesoran en sus corazones la secreta convicción de que ellos, y sólo ellos, saben vivir.

La Avenida Con Vistas a la Montaña es el nombre de un cañón lateral que sale retorciéndose de Laurel Canyon. Y en lo más alto de la Avenida, en el número 8775, enfrente de la Ermita —la original Ermita de Hollywood—, vivía Quintus Teal, arquitecto.

Incluso la arquitectura del sur de California es diferente. Los perros calientes se venden en una estructura en forma de perrito y que lleva ese nombre: «El Cachorro». Los helados surgen de un cono gigante de estuco blanco, y los anuncios en neón dicen: « ¡Adquiera el Hábito del Chile!», en los tejados de unos edificios donde es indudable que se vende dicha salsa. Bajo las alas de aviones trimotores de transporte se vende gasolina y aceite y se regalan mapas de carreteras, mientras que las habitaciones para los turistas (que se inspeccionan de hora en hora para que nada les falte) están situadas en la cabina del mismo avión. Tal vez estas cosas resulten sorprendentes o divertidas para los turistas, pero los residentes de la localidad, que caminan sin nada a la cabeza bajo el sol de California, lo toman como lo más natural.

Quintus Teal juzgaba débiles, vacilantes y tímidos los esfuerzos en arquitectura de sus colegas.

—¿Qué es una casa? —preguntó Teal a su amigo Homer Bailey.

—Bueno… —admitió éste con cautela—, hablando en términos generales siempre he considerado una casa como un lugar en el que guarecerse de la lluvia.

—¡Qué idiotez! Eres tan absurdo como todos ellos.

—No dije que la definición estuviera completa…

—¿Completa? Ni siquiera vas por el buen camino. Con ese punto de vista aún seguiríamos viviendo en cuevas. Pero no te culpo —continuó Teal con aire magnánimo—. No eres peor que todos esos zopencos dedicados a la arquitectura. Incluso los Modernos…, todo lo que hicieron fue abandonar la escuela del Pastel de Boda en favor de la Escuela de la Estación de Servicio, pero de corazón son tan conservadores y tradicionales como un tribunal del condado. ¡Neutra! ¡Schindler! ¿Qué tienen esos tipos? ¿Qué tiene Frank Lloyd Wright que no tenga yo?

—Comisiones —contestó sucintamente su amigo.

—¿Eh? ¿Qué dices? —Teal vaciló ligeramente en plena verborrea, por dos veces trató de empezar y al fin lo consiguió—. Comisiones. De acuerdo. Y ¿por qué? Porque yo no creo que una casa tenga que ser una cueva tapizada. Porque yo la considero una máquina para vivir, un proceso vital, algo dinámico y vivo, que cambie según el estado de ánimo del que la habita…, no un ataúd de tamaño grande, estático y muerto. ¿Por qué tienen que constreñirnos los conceptos heredados de nuestros antepasados? Cualquier idiota con cierto dominio de la geometría descriptiva puede diseñar una casa del estilo corriente. ¿Acaso la geometría estática de Euclides es lo único en matemáticas? ¿Hemos de descartar por completo las teorías de Picard-Vessiot? Y ¿qué hay de los sistemas modulares? Por no mencionar las ricas sugerencias de la estereoquímica. ¿Es que no hay lugar en la arquitectura para la transformación, para la homomorfología, para las estructuras de acción?

—Que me cuelguen si lo sé —contestó Bailey—: Para lo que yo entiendo de esto, igual podrías estar hablando de la cuarta dimensión.

—¿Y por qué no? ¿Por qué habíamos de limitarnos a la…? ¡Oye! —se interrumpió y miró a la distancia—. Homer, creo que has dado en el clavo. Después de todo ¿por qué no? Piensa en las infinitas posibilidades de la articulación y la relación en cuatro dimensiones. ¡Qué casa, qué casa…!

Se quedó inmóvil, sus ojos pálidos y salientes parpadeando pensativamente. Bailey se adelantó y le cogió del brazo.

—Deja eso. ¿De qué diablos estás hablando? El tiempo es la cuarta dimensión, y no puedes clavar clavos en eso.

Teal se encogió de hombros, rechazándole.

—Claro, claro, el tiempo es una cuarta dimensión, pero yo estoy pensando en una cuarta dimensión espacial, como la longitud, la anchura y la altura. Nada mejor para la economía de materiales y la conveniencia de la disposición. Por no decir nada del ahorro del terreno… Se podría construir una casa de ocho habitaciones en el solar que ocupa ahora una casa de una sola habitación. Como un teseracto.

—¿Qué es un teseracto?

—¿Es que no fuiste a la escuela? Un teseracto es un hipercubo, una figura cuadrada con cuatro dimensiones, como un cubo tiene tres y un cuadrado tiene dos. Mira, te lo demostraré.

Teal corrió a la cocina de su apartamento y volvió con una caja de palillos que derramó sobre la mesa, apartando a un lado los vasos y la botella de ginebra Holland casi vacía.

—Necesito plastilina. Tenía un poco por aquí la semana pasada. —Rebuscó en un cajón de su mesa de trabajo cubierta de papeles, en un ángulo del comedor, y encontró un poco de arcilla de modelar—. Aquí está.

—¿Qué vas a hacer?

—Te lo demostraré.

Teal tomó a toda prisa unas cuantas pellas de barro y las redujo a unas bolitas tan pequeñas como guisantes. Pegó cuatro de ellas a unos palillos y los unió en un cuadrado.

—Mira. Ahí hay un cuadrado.

—Desde luego.

—Otro como éste, cuatro palillos más, y tendremos un cubo.

Los palillos estaban dispuestos ahora como una caja cuadrada, un cubo, las bolitas de barro uniendo las esquinas.

—Ahora hacemos otro cubo como el primero y con eso tenemos ya dos lados del teseracto.

Bailey le ayudó a confeccionar las bolitas de arcilla para el segundo cubo, pero se distrajo con la sensación sensual de aquella materia tan dúctil y empezó a esculpir por su cuenta.

—Mira —dijo levantando en alto su esfuerzo, una figura diminuta—. La gitana Rosa.

—Más bien parece Gargantúa; buena compañera para ti. Ahora presta atención. Abres un ángulo del primer cubo, engranas el segundo cubo en ese ángulo y luego lo cierras. Entonces coges ocho palillos más y unes el fondo del primer cubo con el fondo del segundo, de sesgo, y la parte superior del primero con la parte superior del segundo del mismo modo.

Lo hizo rápidamente mientras hablaba.

—Y ¿qué se supone que es eso? —preguntó Bailey con aire suspicaz. —Un teseracto, ocho cubos que forman los lados de un hipercubo de cuatro dimensiones.

—A mí me parece más una pelea de gatos. De todas formas ahí sólo tienes dos cubos. ¿Dónde están los otros seis?

—Utiliza la imaginación, hombre. Considera la parte superior del primer cubo en relación con la parte superior del segundo; ése es el cubo número tres. Luego los dos fondos cuadrados, luego las caras frontales de cada cubo, las caras posteriores, la cara de la derecha, la de la izquierda…, ocho cubos —los iba señalando.

—Ya. Los veo. Pero siguen sin ser cubos, son…, ¿cómo se dice?…, prismas. Ésos no son cuadrados. Están sesgados.

—Eso es porque tú los miras así, en perspectiva. Si dibujaras un cubo en un papel, los lados cuadrados estarían inclinados, ¿verdad? Eso es perspectiva. Cuando se mira una figura cuatridimensional en tres dimensiones, por supuesto que parece torcida. Sin embargo, todos siguen siendo cubos.

—Tal vez lo sean para ti, amigo, pero a mí me parecen torcidos.

Teal ignoró las objeciones y continuó:

—Ahora considera todo esto como la estructura de una casa de ocho habitaciones. Tenemos una en la planta baja, para la entrada, servicios y garaje. Luego hay seis habitaciones que salen de ella en el piso siguiente, salón, comedor, baño, dormitorios, etcétera, y finalmente en la parte superior, completamente independiente y con ventanas en los cuatro lados, está tu estudio. ¡EA!, ¿qué te parece?

—Me parece que tienes la bañera colgando en el techo del salón. Esas habitaciones están tan entrelazadas unas con otras como las patas de un pulpo.

—Sólo en perspectiva, sólo en perspectiva. Mira, lo haré de otro modo para que puedas verlo.

Esta vez Teal hizo un cubo de palillos, luego hizo otro con mitades de palillos y lo fijó exactamente en el centro del primero, uniendo los ángulos del cubo más pequeño al grande con trocitos de palillo.

—Ahora el cubo grande es la planta baja, el pequeño cubo en el interior es tu estudio en el piso superior, los seis cubos que los unen son las habitaciones, ¿lo ves?

Bailey estudió la figura y luego meneó la cabeza.

—Yo sigo viendo sólo dos cubos, el grande y el pequeño. Los otros seis parecen pirámides ahora, en vez de prismas, pero desde luego no son cubos.

—Claro, claro, ahora lo ves con una perspectiva distinta, ¿no lo comprendes?

—Bueno, quizá. Pero esa habitación en el interior… Está completamente rodeada por esos como se llamen. Creí entender que tenía ventanas en los cuatro lados.

—Y las tiene…, sólo que parece como si estuviera rodeada. Ese es el rasgo principal de la casa que es un teseracto: una total exposición exterior para cada habitación, sin embargo cada muro sirve para dos habitaciones, y una casa de ocho habitaciones no exige más que el solar de una casa de una habitación. Es revolucionario.

—Eso por decirlo suavemente. Tú estás chiflado, amigo. No se puede construir una casa así. Esa habitación interior está en el interior y ahí se quedará.

Teal le miró tratando de controlar su exasperación.

—Los tipos como tú son los que mantienen la arquitectura en la infancia. ¿Cuántos lados cuadrados tiene un cubo?

—Seis.

—¿Cuántos de ellos son interiores?

—Bueno, ninguno de ellos. Todos están en el exterior.

—De acuerdo. Ahora escucha: un teseracto tiene ocho lados cúbicos…, todos en el exterior. Obsérvame. Voy a abrir este teseracto como puede abrirse una caja cúbica de cartón hasta que quede plana. De ese modo verás los ocho cubos.

Trabajando con toda rapidez construyó cuatro cubos, apilándolos uno sobre otro en una torre vacilante. Luego construyó cuatro cubos más que se proyectaban de las cuatro caras exteriores del segundo cubo de la pila. La estructura vaciló un poco debido a las uniones tan débiles de las bolitas de barro, pero se mantuvo: ocho cubos en una cruz invertida, una cruz doble, ya que los cuatro cubos adicionales salían en cuatro direcciones diferentes.

—¿Lo ves ahora? Se apoya en la habitación de la planta baja, los siguientes seis cubos son las habitaciones para vivir, y ahí está tu estudio, en la parte superior.

Bailey miró esta figura con más aprobación.

—Por lo menos puedo entenderlo, ¿Dices que esto es un teseracto también?

—Esto es un teseracto desarrollado en tres dimensiones. Para reunirlo de nuevo se une el cubo superior bajo el cubo inferior, se doblan estos cubos laterales hasta que se unen al superior, y ya está. Todo esto lo haces plegándolo a través de una cuarta dimensión, por supuesto; no distorsionas ninguno de los cubos ni doblas uno dentro de otro.

Bailey estudió aquella estructura vacilante.

—Mira —dijo por fin—, ¿por qué no abandonas la idea de doblar todo esto con una cuarta dimensión, de todas formas imposible, y construyes una casa así?

—¿Cómo que es imposible? Se trata de un sencillo problema matemático…

—Calma, calma, amigo. Será muy sencillo en matemáticas, pero jamás conseguirías que te aprobaran esos planos para la construcción. No hay cuarta dimensión, olvídalo. Ahora bien, esta clase de casa… podría tener algunas ventajas.

Más controlado, Teal estudió el modelo.

—Hum…, tal vez tengas razón. Podríamos contar con el mismo número de habitaciones y ahorrar la misma cantidad de terreno.

—Sí, y esa cruz central podría orientarse hacia nordeste, sudoeste, etcétera, de modo que cada habitación recibiera la luz del sol a lo largo de todo el día. Ese eje central está muy bien dispuesto para la calefacción central. Pondremos el comedor hacia el nordeste y la cocina al sudoeste, con grandes ventanales en todas las habitaciones. De acuerdo, Homer. ¡La haré! ¿Cuándo quieres que te la construya?

—¡Un momento! ¡Un momento! Yo no dije que fueras a construirla para mí.

—Pues claro que sí. ¿Para quién si no? Tu esposa quiere una casa nueva. Ahí la tienes.

—Pero mi esposa quiere una casa estilo georgiano.

—Eso no es más que una idea suya. Las mujeres no saben lo que quieren.

—Mi esposa sí lo sabe.

—No es más que la idea que le ha metido en la cabeza un arquitecto anticuado. Ella conduce un coche nuevo, ¿no es verdad? Y viste a la última moda…, pues ¿por qué habría de vivir en una casa del siglo dieciocho? Esta casa será incluso más moderna que el modelo de este año, es una casa del futuro. Será la comidilla de la ciudad.

—Bien…, tendré que hablar con ella.

—Nada de eso. Le daremos una sorpresa, Toma otra copa.

—De todas formas no podemos hacerlo ahora. Mi esposa y yo nos vamos mañana a Bakersfield. La compañía inaugura un par de pozos.

—Bobadas. Ésa es precisamente la oportunidad que necesitamos. Será una sorpresa para cuando volváis. Fírmame ahora mismo un cheque y tus preocupaciones han terminado.

—No debería hacer una cosa así sin consultarle. A ella no le gustará.

—¡Eh!, de todas formas, ¿quién lleva los pantalones en tu casa?

El cheque se firmó hacia la mitad de la segunda botella.

Las cosas se hacen con rapidez en el sur de California. Las casas corrientes suelen construirse en un mes. Debido al entusiasmo apasionado de Teal, aquel teseracto fue alzándose vacilante hacia el cielo no ya en semanas sino en días, y el segundo piso en forma de cruz empezó a proyectarse hacia los cuatro rincones del mundo. Con respecto a estas habitaciones salientes tuvo al principio ciertos problemas con los inspectores, pero utilizando soportes extraordinariamente resistentes y repartiendo dinero pudo convencerles de la solidez de aquella obra de ingeniería.

Según establecieron de antemano, Teal detuvo su coche ante la residencia de los Bailey, al día siguiente de su regreso a la ciudad. Se lanzó a improvisar con su claxon de dos notas; Bailey asomó la cabeza por la puerta principal.

—¿Por qué no tocas el timbre?

—Demasiado lento —contestó Teal con animación—. Yo soy un hombre de acción. ¿Está dispuesta tu esposa? ¡Ah, aquí está! ¡Bienvenida! ¡Bienvenida al hogar! ¿Sabe que tenemos una sorpresa para usted?

—Ya conoces a Teal —dijo Bailey, algo incómodo. La señora Bailey hizo un gesto despectivo.

—Le conozco. Iremos en nuestro propio coche, Homer.

—Desde luego, cariño.

—Buena idea —asintió Teal—. Es más potente que el mío, así que llegaremos antes. Yo conduciré, conozco el camino.

Le arrebató las llaves a Bailey, se metió en el asiento del conductor y puso el motor en marcha antes de que la señora Bailey pudiera reaccionar.

—No debe preocuparse por mi modo de conducir —le aseguró Teal volviendo la cabeza mientras lanzaba el potente coche avenida abajo y se introducía en el tráfico de Sunset Boulevard—. Todo es cuestión de energía y de control, un proceso dinámico, y eso es precisamente lo mío… Jamás he tenido un accidente grave.

—No tendrá más que uno —dijo ella mordazmente—. ¿Quiere prestar más atención en el tráfico, por favor?

Trató él de explicarle que la buena conducción no era cuestión de vista sino de la integración intuitiva de cursos, velocidades y probabilidades, pero Bailey le cortó en seco.

—¿Dónde está la casa, Quintus?

—¿La casa? —preguntó la señora Bailey con suspicacia—. ¿Qué dices de una casa, Homer? ¿Has hecho algo sin consultarme?

Intervino Teal con sus mejores modales diplomáticos.

—Desde luego es una casa, señora Bailey. ¡Y qué casa! Una sorpresa para usted, de un marido devoto. Espere a verla y…

—Ya lo creo que la veré —dijo secamente—. ¿De qué estilo es?

—Esta casa crea un nuevo estilo. Es más moderna que la televisión, más moderna que la próxima semana. Hay que verla para apreciarla. A propósito — continuó a toda prisa para evitar cualquier interrupción—. ¿Advirtieron ustedes el terremoto de anoche?

—¿Terremoto? ¿Qué terremoto? Homer, ¿es que hubo un terremoto?

—Sólo uno muy pequeño —continuó Teal—, hacia las dos de la madrugada. Si yo no hubiera estado despierto, tampoco lo habría notado.

La señora Bailey tembló:

—¡Oh, qué región tan espantosa! ¿Pero tú oyes, Homer? Podíamos haber muerto en la cama, y sin enterarnos siquiera. ¿Por qué te permití que me persuadieras de dejar Iowa?

—Pero, cariño —protestó él con aire de impotencia—, si fuiste tú la que quisiste venir a California. No te gustaba Des Moines.

—No hay por qué volver a hablar de eso —dijo ella con firmeza—. Tú eres el hombre, y tenías que haber previsto estas cosas. ¡Terremotos!

—Mire, eso es algo que no tiene usted que temer en su nueva casa, señora Bailey —le dijo Teal—. Está a prueba de terremotos; cada una de sus partes está en perfecto equilibrio dinámico con todas las demás.

—Bien, eso espero. ¿Dónde está esa casa?

—Justo al dar la vuelta a esta curva. Ahí tiene el anuncio.

Una enorme flecha señalaba uno de esos anuncios que proclamaba con letras excesivamente grandes y brillantes incluso para el sur de California:

¡LA CASA DEL FUTURO!
COLOSAL… SORPRENDENTE…
REVOLUCIONARIA
¡Vea cómo vivirán sus nietos!
Q. Teal, arquitecto

—Por supuesto, quitaremos eso en cuanto ustedes tomen posesión —añadió apresuradamente al observar su expresión.

Pasada la curva detuvo bruscamente el coche ante la casa del futuro.

—Voilá!

Y escudriñó sus rostros buscando la respuesta.

Bailey miraba en torno con incredulidad y su esposa con manifiesto disgusto. Veían una simple masa cúbica, con puertas y ventanas pero sin más rasgos arquitectónicos que unos motivos decorativos de complicados diseños matemáticos.

—Teal —preguntó lentamente Bailey—, ¿qué te propones?

Teal esquivó la mirada de sus amigos y se volvió también hacia la casa. Había desaparecido la absurda torre de la que se proyectaban las habitaciones a la altura del segundo piso. Nada quedaba de las siete habitaciones construidas sobre la planta baja. Nada quedaba a excepción de la única que se apoyaba en los fundamentos.

—¡Santo cielo! —chilló—. ¡Me han robado!

Y echó a correr.

Pero no le sirvió de nada. Ya la examinara por delante o por detrás, la casa era la misma: las otras siete habitaciones habían desaparecido, se habían desvanecido por completo. Bailey le alcanzó y le cogió del brazo.

—Explícate. ¿Qué significa eso de que te han robado? ¿Cómo es que construyes algo como esto? No es lo que acordamos.

—¡Pero yo no lo hice así! Construí lo que teníamos planeado, una casa de ocho habitaciones en forma de un teseracto desarrollado. Pero me han saboteado, ¡eso es! ¡Y por envidia! Los otros arquitectos de la ciudad no se han atrevido a dejarme terminar el trabajo. Sabían que ya no los contrataría nadie si yo tenía éxito.

—¿Cuándo estuviste aquí por última vez?

—Ayer tarde.

—¿Y todo estaba bien entonces?

—Sí. Los jardineros estaban terminando su tarea.

Bailey miró en torno, el paisaje impecablemente terminado.

—No comprendo que puedan desmantelar siete habitaciones, llevándoselas en una sola noche y sin estropear el jardín.

Teal miró en torno también.

—No me lo parece. No lo entiendo.

La señora Bailey se reunió con ellos.

—Bueno, ¿es que se han olvidado de mí? Ya que estamos aquí podemos examinarla, aunque te lo aviso, Homer: no va a gustarme.

—Sí, claro —asintió Teal sacando del bolsillo una llave con la que abrió la puerta principal—. A lo mejor encontramos algunas pistas.

El vestíbulo de entrada estaba en perfecto orden, los muros corredizos que lo separaban del garaje estaban retirados y permitían ver todo el compartimiento.

—Esto parece estar bien —observó Bailey—. Subamos al tejado a ver si averiguamos lo sucedido. ¿Dónde está la escalera? ¿Es que se la han llevado también?

—¡Oh, no! —denegó Teal—. Mira… —apretó un botón bajo el conmutador de la luz; un panel se corrió en el techo y de allí descendió sin el menor ruido un tramo de escalones ligeros y elegantes. La estructura era de duraluminio, los escalones de plástico transparente. Teal rió como un niño que ha realizado con éxito un truco de magia, mientras la señora Bailey se deshelaba perceptiblemente.

Era hermoso.

—Encantador —admitió Bailey—. Sin embargo no parece que suba a ninguna parte.

—¡Oh, eso…! —Teal siguió su mirada—. Esa trampilla se levanta sola en cuanto uno llega a la parte superior. El hueco de una escalera resulta ya un anacronismo. Vamos.

Según predijera, el techo que remataba la escalera fue corriéndose ante ellos mientras subían, lo que les permitió cruzar el umbral, aunque no, como habían creído, para salir al tejado sobre la única habitación. Se encontraron en el centro de una de las cinco habitaciones que constituían el segundo piso de la estructura original.

Por primera vez en su vida, Teal no supo qué decir. Bailey le imitó, mordiendo el cigarro. Todo estaba en perfecto orden. Ante ellos, a través de las puertas abiertas y unas particiones transparentes, estaba la cocina con todos los electrodomésticos más modernos, todo metálico, un mostrador impecable, luces ocultas, disposiciones funcionales. A la izquierda el comedor, formal y a la vez gracioso y hospitalario, aguardaba a los invitados, los muebles dispuestos como para una exposición. Aun antes de volver la cabeza, Teal tuvo la seguridad de que el salón y el despacho habrían cobrado también vida, sustancial e imposible.

—Bien, debo admitir que todo esto es encantador —aprobó la señora Bailey—, y que la cocina resulta incluso «demasiado» linda, para expresarlo con palabras…, aunque desde el exterior jamás habría adivinado que hubiera tanto sitio en el segundo piso de esta casa. Claro que habrá que hacer algunos cambios. Este escritorio… si lo corriéramos allá y pusiéramos aquí el sofá…

—Espera, Matilda —interrumpió Bailey bruscamente—. ¿Cómo lo explicas, Teal?

—¡Vaya, Homer Bailey! La misma idea de…

—Cállate, dije. Bien, Teal, habla.

El arquitecto vagaba de un lado a otro.

—Casi temo decirlo. Subamos arriba del todo.

—¿Cómo?

—Así.

Tocó otro botón. Otra escalera de tonos más oscuros, pero gemela de aquel puente ligero que les permitiera ascender desde la planta baja, les ofrecía acceso al siguiente piso. Subieron por ella, la señora Bailey sin dejar de hablar, y se encontraron en el dormitorio principal. Las cortinas estaban corridas, como también lo estuvieran en el piso inferior, pero la luz se encendió automáticamente. Teal activó inmediatamente el conmutador que puso en movimiento otro tramo de escaleras y subieron a toda prisa al estudio del último piso.

—Oye, Teal —sugirió Bailey cuando hubo recuperado el aliento—. ¿Podemos salir al tejado desde esta habitación? Así podríamos examinar el exterior en torno.

—Pues claro, es una plataforma observatorio.

Subieron el cuarto tramo de escaleras, pero cuando cruzaron la trampilla del techo se encontraron no sobre el tejado, sino en la habitación de la planta baja por donde habían entrado en la casa.

El rostro de Homer Bailey se volvió de un gris ceniciento.

—¡Ángeles del cielo! —gritó—. Este lugar está embrujado. Vamos, salgamos de aquí.

Cogiendo del brazo a su esposa abrió de par en par la puerta principal y se lanzó hacia fuera.

Teal estaba demasiado preocupado para molestarse por esa huida. Había una respuesta a todo esto, una respuesta en la que no podía creer. Pero se vio forzado a interrumpir sus elucubraciones debido a unos gritos roncos que le llegaban de alguna parte sobre su cabeza. Hizo bajar la escalera y corrió hacia arriba. Bailey estaba en la habitación central inclinado sobre la señora Bailey, que se había desmayado. Teal se dirigió al bar situado en el ángulo y sirvió tres dedos de coñac en una copa que entregó a Bailey.

—Toma, dáselo.

Bailey se lo bebió.

—Era para la señora Bailey —dijo Teal.

—No me discutas —gruñó Bailey—, y tráele otro.

Teal tuvo la precaución de servirse también uno antes de volver con una dosis bien calculada para la esposa de su cliente. Llegó junto a ella en el instante en que abría los ojos.

—Tome, señora Bailey —dijo suavemente—. Esto hará que se sienta mejor.

—Jamás tomo alcohol —protestó, pero se lo bebió de un trago.

—Ahora díganme qué pasó —sugirió Teal—. Pensé que se habían ido los dos.

—Y nos fuimos… Salimos por la puerta principal y nos encontramos aquí, en el salón.

—¡No me digan! Bien, esperen un minuto.

Teal fue al vestíbulo y descubrió que el gran ventanal, a un extremo de la habitación, estaba abierto. Miró con cautela a través de él. No se veía la campiña de California sino la habitación del piso bajo…, o un facsímil del mismo. No dijo nada. Regresó a la escalera por la que había subido y que dejara abierta y miró por ella. La habitación del piso bajo estaba en su sitio. Sin saber cómo, aquello se las había arreglado para estar en dos lugares diferentes a la vez, y en dos niveles distintos. Volvió a la habitación central y se sentó frente a Bailey en un sillón bajo y profundo, mirándole por encima de sus rodillas huesudas.

—Homer —dijo inexpresivamente—. ¿Sabes lo que ha sucedido?

—No, pero si no lo averiguo pronto, algo más sucederá.

—Homer, esto es una vindicación de mis teorías. Esta casa es un auténtico teseracto.

—¿De qué habla, Homer? —intervino la señora Bailey.

—Espera, Matilda. Vamos, Teal, ¡eso es ridículo! Aquí nos has hecho unos cuantos trucos y eso no lo aguanto. Le has dado a mi esposa un susto de muerte, y a mí me has puesto nervioso. Todo lo que quiero es salir de aquí, sin más trampas en el techo ni bromas pesadas.

—No quieras hablar por mí, Homer —le interrumpió la señora Bailey—. Yo no me he asustado, tan sólo me sentí mareada por un momento. Es el corazón; en mi familia todos estamos delicados y somos muy impresionables. Ahora, eso del tese…, explíquese, señor Teal. Hable.

Él le explicó su teoría sobre la casa todo lo mejor que pudo, con sus frecuentes interrupciones.

—Tal como yo lo entiendo, señora Bailey —terminó—, esta casa, aunque perfectamente estable en tres dimensiones, no lo es en cuatro dimensiones. Yo construí una casa en forma de teseracto desarrollado, pero algo sucedió, como si la empujaran por un lado, y se cerró en su forma normal…, se plegó sobre sí mismo. —De pronto chasqueó los dedos—. ¡Ya lo tengo! ¡El terremoto!

—¿El terremoto?

—Sí, sí, el pequeño temblor de tierra que sufrimos la noche pasada. Desde un punto de vista cuatridimensional, esta casa era como un plano en equilibrio sobre uno de sus bordes. Un pequeño empujón y se cayó, se plegó sobre sí misma por sus uniones naturales y se convirtió en una figura cuatridimensional estable.

—Y tú que presumías de lo segura que era esta casa.

—Y es segura…, en tres dimensiones.

—No diría yo que una casa es segura si se pliega al menor temblor de tierra — comentó Bailey furioso.

—¡Pero mira a tu alrededor, hombre! —protestó Teal—. Nada se ha estropeado, ni siquiera se ha roto un vaso. La rotación a través de una cuarta dimensión no puede afectar a una figura tridimensional, lo mismo que no puedes hacer saltar las letras por mucho que agites un papel impreso. Si hubieras dormido aquí anoche, ni te habrías despertado.

—Eso es lo que me da miedo, precisamente. Y a propósito, ¿has pensado ya el truco para sacarnos de esta trampa?

—¿Cómo? ¡Oh, sí! Ustedes empezaron a salir y aterrizaron aquí de nuevo, ¿no? No habrá problemas. Si entramos, luego podremos salir. Lo intentaré.

Antes de terminar de hablar estaba ya en pie y bajando las escaleras a toda prisa. Abrió de par en par la puerta principal, dio un paso y se encontró cara a cara a sus amigos en el segundo piso.

—Bien, parece que hay un pequeño problema —dijo con calma—, un simple problema técnico…, pero siempre podemos salir por una ventana.

Corrió los largos cortinajes que cubrían las ventanas del vestíbulo superior. Y de pronto se detuvo.

—Vaya, esto es interesante…, muy interesante —dijo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Bailey acercándose a él.

—Esto.

La ventana daba directamente al comedor, en vez de al exterior. Bailey volvió al punto en que el vestíbulo superior y el comedor se unían con la habitación central, en ángulo recto.

—Pero eso no puede ser —protestó—. Esa ventana queda situada a unos cincuenta o sesenta metros del comedor.

—No en un teseracto —le corrigió Teal—. Observa.

Abrió la ventana y paseó por ella, hablando por encima del hombro mientras lo hacía.

Desde el punto de vista de los Bailey, Teal simplemente desapareció.

Pero no desde su propio punto de vista. Tardó algunos segundos en recuperar el aliento. Luego se desprendió con cautela del rosal en el que había venido a caer y tomando mentalmente buena nota de no volver a encargar un paisaje que incluyera plantas con espinas. Miró en torno. Estaba fuera de la casa. La masa impresionante de la habitación de la planta baja se alzaba ante él. Al parecer había caído del tejado.

Regresó corriendo a la casa, abrió de par en par la puerta principal y se lanzó escaleras arriba.

—¡Homer! —gritó—. ¡Señora Bailey! ¡Encontré la salida!

Bailey pareció más enojado que satisfecho de verle.

—¿Qué te ocurrió?

—Caí fuera. He estado fuera de la casa. Ustedes pueden hacer lo mismo…, sólo tienen que saltar por esos ventanales, Pero tengan cuidado con el rosal…, tal vez tengamos que construir otra escalera.

—¿Cómo volviste a entrar?

—Por la puerta principal.

—Entonces saldremos por allí. Vamos, cariño.

Bailey se caló el sombrero y bajó las escaleras del brazo de su esposa.

Teal se reunió de nuevo con ellos en el vestíbulo superior.

—Podía haberte pronosticado que no resultaría —declaró—. Ahora atención a lo que tenemos que hacer. Tal como yo lo entiendo, en una figura cuatridimensional el hombre tridimensional tiene dos elecciones cada vez que cruza una línea de unión, como un muro o un umbral. Por lo general hará un giro en ángulo recto a través de la cuarta dimensión, sólo que con sus tres dimensiones él no lo advertirá. Miren. —Cruzó la misma ventana por la que había caído un momento antes. Salió por ella y llegó al comedor, donde se detuvo sin dejar de hablar—. Me fijé en el punto al que iba a ir y llegué donde me proponía. —Volvió a entrar en el vestíbulo—. La vez anterior no me fijé y pasé a través del espacio normal hasta caer fuera de la casa. Debe tratarse de orientación inconsciente.

—Pues me niego a depender de la orientación inconsciente.

—No hará falta, será algo automático. Y ahora para salir de la casa… Señora Bailey, si quiere ponerse aquí, de espaldas a la ventana, y saltar hacia atrás, estoy seguro de que aterrizará en el jardín.

El rostro de la señora Bailey expresó su opinión acerca de Teal y de sus ideas.

—Homer Bailey —dijo con voz aguda—, ¿vas a quedarte ahí y dejarle que me sugiera…?

—Pero, señora Bailey —intentó explicar Teal—, podemos atarle una cuerda y bajarla.

—Olvídalo, Teal —le interrumpió bruscamente Bailey—. Debemos encontrar otro modo mejor. Ni mi esposa ni yo estamos dispuestos a saltar.

Teal se sintió momentáneamente enojado y a esto siguió un breve silencio. Bailey lo rompió con un:

—¿No has oído eso, Teal?

—¿Oír qué?

—Alguien hablando en la distancia. ¿Crees que puede haber alguien más en la casa que nos está gastando una broma?

—¡Oh, eso es imposible! Yo tengo la única llave.

—Pues yo también estoy segura —confirmó la señora Bailey—. Los he oído desde que entramos. Voces. Homer, ya no puedo soportar más. Haz algo.

—Vamos, vamos, señora Bailey —le tranquilizó Teal—, no se preocupe. No puede haber nadie más en la casa, pero la exploraré y me aseguraré. Homer, quédate aquí con tu esposa y vigila las habitaciones de este piso.

Pasó del salón a la habitación de la planta baja, y de allí a la cocina, y luego al dormitorio. Éste le volvió al salón por una ruta en línea recta, es decir, siguiendo en línea recta todo el viaje volvió al lugar del que había partido.

—No hay nadie por ahí —informó—. Abrí todas las puertas y ventanas al pasar…, excepto ésta.

Se adelantó hacia la ventana opuesta a aquella por la que cayera recientemente y corrió los cortinajes.

Vio a un hombre de espaldas a él, a cuatro habitaciones de distancia. Abrió de un tirón el ventanal y lo cruzó chillando:

—¡Ahí va! ¡Detente, ladrón!

Evidentemente, aquella figura le oyó, porque huyó precipitadamente. Teal le persiguió, todos sus miembros unánimemente activos, a través del salón, la cocina, el comedor, el salón, habitación tras habitación. Sin embargo, a pesar de sus ímprobos esfuerzos, no parecía acortar la distancia de cuatro habitaciones que el otro le llevaba de ventaja.

Vio que el perseguido saltaba torpemente pero sin vacilación sobre el alféizar bajo de un ventanal, y que al hacerlo perdía el sombrero. Cuando Teal llegó al punto en que el sombrero cayera, se detuvo y lo recogió, contento de esa excusa para detenerse y recuperar el aliento. Se hallaba de regreso en la habitación central.

—Temo que se me ha escapado —admitió—. De todas formas aquí está su sombrero. Tal vez podamos identificarle.

Bailey cogió el sombrero, lo miró; luego gruñó despectivamente y se lo colocó a Teal en la cabeza. Le encajaba perfectamente. Con aire desconcertado, Teal se quitó el sombrero y lo examinó. En la tira manchada de sudor estaban las iniciales Q. T. Era el suyo.

La comprensión de lo sucedido fue reflejándose lentamente en el rostro de Teal. Volvió al ventanal y miró la serie de habitaciones por las que había perseguido al misterioso desconocido. Le vieron agitar los brazos.

—¿Qué haces?

—Vengan a verlo.

Los dos se unieron a él y miraron donde Teal les indicaba. Cuatro habitaciones más allá vieron de espaldas a tres figuras, dos hombres y una mujer. El más alto y delgado de los hombres agitaba los brazos estúpidamente.

La señora Bailey chilló y se desmayó de nuevo.

Minutos más tarde, una vez la señora Bailey volvió en sí y se encontró recuperada, Bailey y Teal se hicieron cargo de la situación.

—Teal —dijo aquél—, ya no voy a perder más tiempo echándote la culpa; las recriminaciones son inútiles, y estoy seguro que tú no planeabas que sucediera esto, pero tienes que comprender que estamos en un apuro muy grave. ¿Cómo vamos a salir? Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta morirnos de hambre. Cada habitación lleva a otra.

—¡Oh, no es tan grave! Yo salí una vez, ya sabes.

—Sí, pero no puedes repetirlo. Lo intentaste.

—De todas formas no hemos probado todas las habitaciones. Aún queda el estudio.

—Sí, claro, el estudio. Ya pasamos por allí cuando entramos sin detenernos. ¿Crees que podremos salir por sus ventanas?

—No te hagas demasiadas ilusiones. Matemáticamente tiene que dar a las cuatro habitaciones de este piso. Sin embargo no hemos abierto esas ventanas, tal vez deberíamos intentarlo.

—De todas formas no puede hacernos daño. Cariño, creo que sería mejor que te quedaras aquí y descansaras…

—¿Quedarme sola en este lugar horrible? ¡Ni lo pienses!

Antes de terminar de hablar, la señora Bailey se había levantado ya del sillón en que se recuperara del desmayo.

Subieron al otro piso.

—Ésta es la habitación interior, ¿verdad, Teal? —preguntó Bailey mientras cruzaban el dormitorio principal y subían hacia el estudio—. Quiero decir que era el cubo pequeño en aquel diagrama, el que estaba en el centro del gran cubo y completamente rodeado.

—Eso es —asintió Teal—. Bien, echemos una mirada. Me figuro que la ventana da a la cocina.

Cogió la cuerda de la persiana y tiró de ella.

Pero no. Una horrible sensación de vértigo se apoderó de ellos. Involuntariamente se echaron al suelo agarrándose desesperadamente al borde de la alfombra para no caer.

—¡Ciérrala! ¡Ciérrala! —gimió Bailey.

Dominando en parte un temor atávico y primitivo, Teal consiguió volver a la ventana y bajar de nuevo la persiana. La ventana daba hacia abajo, y no hacia fuera, y además desde una altura terrorífica.

La señora Bailey se desmayó de nuevo.

Teal volvió con más coñac mientras Bailey le frotaba las muñecas. Cuando recobró el sentido, Teal fue con cautela a la ventana y alzó la persiana unos centímetros. De rodillas aún, estudió la escena. Se volvió a Bailey.

—Mira esto, Homer. A ver si lo reconoces.

—Homer Bailey, ¡no te atrevas a acercarte ahí!

—Espera, Matilda, tendré cuidado.

Bailey se unió a él y miró cuidadosamente al exterior.

—¿Lo ves? Es el Edificio Chrysler, tan seguro como que yo soy Teal. Y ahí está el East River, y Brooklyn.

Miraban directamente hacia abajo desde lo alto de la fachada de un edificio extraordinariamente alto. A cierta distancia, una ciudad que parecía de juguete, pero que era real, se extendía ante ellos.

—Me figuro que estamos mirando desde lo alto del Empire State Building, desde algún punto por encima de su torre.

—¿Qué es esto? ¿Un espejismo?

—No lo creo. Es demasiado perfecto. Creo que el espacio se ha plegado también a través de la cuarta dimensión y que estamos mirando por encima de él.

—¿No lo estamos viendo en realidad?

—Ya lo creo que lo vemos, No sé qué sucedería si saltáramos por esta ventana, pero personalmente no deseo probarlo. Sin embargo, ¡qué vista, muchacho, qué vista! Probemos las otras ventanas.

Se aproximaron a la ventana siguiente con más cautela, por suerte para ellos, pues aquello era aún más desconcertante, más capaz de hacerles perder la razón que la vista desde la terrible altura de un rascacielos. Era un simple paisaje marino, el mar abierto y el cielo azul, pero el océano estaba donde debía estar el cielo, y al revés. Esta vez estaban bastante predispuestos, pero los dos se sintieron vencidos por el mareo a la vista de las olas rompiendo por encima de su cabeza. Bajaron la persiana rápidamente, sin que la señora Bailey tuviera oportunidad de preocuparse por ello.

Teal miró la tercera ventana.

—¿Vamos a probarla, Homer?

—Bueno…, no quedaremos satisfechos si no lo hacemos. Con cuidado.

Teal alzó la persiana algunos centímetros. No vio nada. La levantó un poco más…, todavía nada. Lentamente la subió hasta que toda la ventana quedó abierta. Y miraron a… la nada.

Nada, nada en absoluto. ¿De qué color es la nada? ¡Qué idiotez! ¿De qué forma es? La forma es un atributo de algo. Aquello no tenía profundidad, ni forma. Ni siquiera negrura. Era la nada.

Bailey mordía el cigarro.

—Teal, ¿qué deduces de todo esto?

La indiferencia y seguridad de Teal estaban ahora realmente agitadas.

—No lo sé, Homer, en verdad que no lo sé. Pero supongo que sería mejor condenar esa ventana —contempló por un instante la persiana ya bajada—. Creo que tal vez hemos mirado a un lugar donde no existe el espacio. Miramos en torno a un ángulo cuatridimensional y en el que no hay nada. —Se frotó los ojos—. Tengo jaqueca.

Esperaron un momento antes de probar la cuarta ventana. Como una carta aún sin abrir, tal vez no contuviera malas noticias. La duda les permitía abrigar esperanzas. Finalmente la tensión les resultó abrumadora y Bailey tiró personalmente del cordón, a pesar de las protestas de su esposa.

No era tan malo. Un paisaje se extendía ante ellos, y además en forma correcta, y a tal nivel que el estudio parecía hallarse en la planta baja. Pero indudablemente no era muy acogedor.

Un sol ardiente caía de plano desde un cielo de color limón. El terreno parecía abrasado, de un tono oscuro, estéril e incapaz de tener vida. Pero sí había vida, árboles extraños y achaparrados que alzaban sus brazos retorcidos al cielo, y unas cuantas hojas espinosas crecían al extremo de aquellas ramas de formas extrañas.

—¡Santo cielo! —suspiró Bailey—. ¿Qué lugar es ése?

Teal meneó la cabeza con mirada preocupada.

—Ni la menor idea.

—No parece un lugar de la Tierra. Se diría más bien de otro planeta. Marte, quizá.

—No podría decirlo. Pero, ¿sabes una cosa, Homer?, podría ser algo peor que eso, peor que otro planeta, quiero decir.

—¿Cómo? ¿Qué insinúas?

—Podría estar totalmente fuera del espacio. No estoy seguro en absoluto de que ése sea nuestro sol. Parece demasiado brillante.

La señora Bailey se unió tímidamente a ellos y ahora miraba la tan absurda escena.

—Homer —murmuró en voz muy baja—, esos árboles tan horribles… me aterran.

Él le golpeó suavemente la mano.

Teal trataba de abrir la ventana.

—¿Qué haces? —rugió Bailey.

—Pensé que si sacaba la cabeza por la ventana podría mirar en torno y averiguar algo más.

—Bien, de acuerdo —gruñó Bailey—. Pero ten cuidado.

—Lo tendré. —Abrió apenas una rajita y olió el aire—. Al menos el aire huele bien. —Y la abrió del todo.

Su atención se distrajo antes de que pudiera llevar a cabo su plan. Un temblor, como el primer síntoma de una náusea, sacudió todo el edificio durante un largo segundo y luego se interrumpió.

—¡Un terremoto! —exclamaron todos a la vez.

La señora Bailey echó los brazos en torno al cuello de su marido.

Teal tragó saliva y se controló diciendo:

—No pasa nada, señora Bailey. La casa es perfectamente segura. Ya se sabe que son de esperar algunos temblores después de un terremoto como el de anoche —sus rasgos acababan de adoptar una expresión tranquilizadora cuando vino la segunda conmoción. Ésta no fue tan suave, sino un terremoto auténtico.

Todo californiano posee un reflejo primitivo profundamente arraigado. Los terremotos originan en él una claustrofobia tan terrible ¡que se ve obligado a lanzarse locamente al exterior! Incluso el boy-scout más perfecto empujará a una ancianita y la echará a un lado para escapar. Figura en los informes que Teal y Bailey aterrizaron sobre la señora Bailey. Luego ella debió de haber saltado la primera por la ventana. Pero no puede atribuirse a caballerosidad este orden de preferencia, por lo que habremos de suponer que ella ocupaba la mejor posición para saltar.

Se incorporaron a la vez, recobraron un poco el ánimo y se sacudieron la arena de los ojos. La primera sensación fue de alivio al notar la sólida arena del desierto bajo los pies. Luego Bailey observó algo que les obligó a levantarse, y detuvo en seco el torrente de palabras que la señora Bailey se disponía a lanzar.

—¿Dónde está la casa?

Había desaparecido. No había ni señales de ella. Se hallaban en el mismo centro de una gran llanura desolada, el paisaje que vieran desde la ventana. Pero, aparte de los árboles torturados y retorcidos, nada había a la vista sino aquel cielo de un tono amarillento y el globo del sol cuyo calor infernal era ya casi insufrible. Bailey miró lentamente en torno, luego se volvió al arquitecto.

—¿Qué me dices de eso, Teal?

Su voz era terrible.

Éste se encogió de hombros, impotente.

—Ojalá lo supiera. Ojalá pudiera siquiera estar seguro de que nos hallamos en la Tierra.

—Pero aquí no podemos quedarnos. Sería una muerte segura. ¿En qué dirección partimos?

—En cualquiera, supongo. Nos guiaremos por el sol.

Habían recorrido una distancia indeterminada cuando la señora Bailey exigió un descanso. Se detuvieron. Teal dijo a Bailey en un aparte:

—¿Alguna idea nueva?

—No, no…, ninguna. Escucha, ¿no oyes algo?

Teal escuchó.

—Quizás…, aunque tal vez sea mi imaginación.

—Suena como si fuera un coche. ¡Mira, es un coche!

Llegaron a la carretera caminando menos de cien metros. El vehículo resultó ser una camioneta vieja y asmática, conducida por un ranchero. Se detuvo al verles hacer señas.

—Nos hemos perdido. ¿Puede ayudarnos?

—Bien. Suban.

—¿Hacia dónde se dirige? —A Los Ángeles.

—¿Los Ángeles? Oiga, ¿qué sitio es este?

—Bueno, se encuentran exactamente en medio del Bosque Nacional JoshuaTree.

El regreso fue tan deprimente como la retirada de Moscú. Los Bailey se sentaron en la cabina con el conductor, mientras Teal sufría solo los bruscos saltos en la parte trasera de la camioneta y trataba de protegerse la cabeza del sol. Bailey le dio una propina al amistoso ranchero para que se dirigiera en primer lugar hacia la casa, y no porque quisiera verla de nuevo, sino con objeto de recoger el coche. Al fin el ranchero tomó la curva que les volvía al lugar de donde habían partido. Pero la casa ya no estaba allí.

Ni siquiera estaba la planta baja. Se había desvanecido. Los Bailey, interesados aun a despecho de sí mismos, registraron en los cimientos junto con Teal.

—¿Qué respuesta puedes dar a esto, Teal? —preguntó Bailey.

—Debe de haber sido que, con el último terremoto, ha ido a caer a otra sección del espacio. Ahora comprendo que debí anclarla a los cimientos.

—Eso no es todo lo que tenías que haber hecho.

—Bueno, no veo la razón para tanto disgusto. La casa estaba asegurada y hemos aprendido muchísimo. Hay posibilidades, hombre, ¡posibilidades! Ahora tengo ya una idea magnífica, nueva, revolucionaria para una casa…

Evitó el golpe a tiempo. Teal era siempre un hombre de acción.

La única adaptación conocida de esta historia es una producción independiente con el mismo nombre «And he built a crooked house», en el 2011, que fue subida a YouTube pero desafortunadamente ya no existe. Por suerte, pude salvarla. Pronto la tendré disponible.