Nombre del autor:Julius Hernández

Los nueve billones de nombres de Dios

ESTA ES UNA PETICIÓN UN TANTO desacostumbrada —dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible—. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido un ordenador de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su… hum… establecimiento haya

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Deserción

CUATRO HOMBRES, DOS PAREJAS, SE HABÍAN lanzado al ululante torbellino que era Júpiter, sin que hubieran regresado. Habían caminado hacia la tormenta; es decir, se habían arrastrado sobre el vientre hacia ella, con los cuerpos empapados y resplandecientes bajo la lluvia. Pues, al irse, habían adoptado una forma que no era la forma humana. Ahora,

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Ventana

NOS GUSTA ESPECULAR FÁCILMENTE SOBRE OTRAS dimensiones, alternar universos, paralelizar mundos. Pensamos lo divertido que sería poder explorar tales lugares —como la Tierra, la Tierra misma, con distintas evoluciones. Sin embargo, las distintas evoluciones traen consigo criaturas diferentes a las conocidas en esta versión de la Tierra. Seríamos prudentes en abstenernos de abrir ventanas a

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Lux Aeterna

EL PODEROSO PANTÓCRATA RADNIAKÓS ESTABA ABURRIDO. AMPLIAR la inmensa burbuja de su universo privado carecía ya de aliciente, y también le hastiaba experimentar en él con alteraciones de las leyes fundamentales. Había dado colores a la nada; había hecho malabarismos con orbes gigantescos; había creado dominios de tiempo premioso, de tiempo acelerado, de tiempo fluctuante;

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Así burlamos a Carlomagno

HABÍAMOS ESTADO EN ALGUNOS MUY ALTOS —dijo Gregory Smirnov, del Instituto—, pero nunca nos habíamos encontrado en uno tan grande como éste, no rodeados de tan apasionada expectación. Pero, si los cálculos de Epiktistes son correctos, éste funcionará. —Este funcionará —dijo Epikt. ¿Era este Epiktistes la máquina Ktistec? ¿Quién lo hubiese creído? La masa principal

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