Lux Aeterna

“Titulo Original” - Premios UPC, 1995

Javier Negrete

Mención especial en los Premios UPC 1995, esta alucinante novela corta del español Javier Negrete hace eco de las grandes odiseas de la ficción antigua en el formato de hombres versus dioses. La combinación de la ciencia-ficción con la fantasía, sazonada con universos creados por entes cuasidivinos y misteriosos personajes, la convierten en una aventura ideal para deleitar a las mentes ansiosas de hiper-realidades.

Una entidad perteneciente a los pantócratas, el poderoso Radniakós, secuestra a la bella joven Rosaura Dantres para convertirla en su propiedad y adorarla en su idiokosmos. El intrépido Virgan, ayudado por el singular matemático Steele, acuden al rescate en medio de escenarios alucinantes e imposibles. Ninguna historia, como ya es sabido, es completamente original. Ésta toma elementos prestados muy reconocibles de los grandes clásicos, dándole un delicioso giro surrealista y, al mismo tiempo, conceptualmente sólido. Una joya prácticamente desconocida. - Julius

EL PODEROSO PANTÓCRATA RADNIAKÓS ESTABA ABURRIDO. AMPLIAR la inmensa burbuja de su universo privado carecía ya de aliciente, y también le hastiaba experimentar en él con alteraciones de las leyes fundamentales. Había dado colores a la nada; había hecho malabarismos con orbes gigantescos; había creado dominios de tiempo premioso, de tiempo acelerado, de tiempo fluctuante; había apretado el nudo de la fuerza gravitatoria y aflojado el de la fuerza magnética; había creado seres y antiseres para hacerlos chocar en dantescos fuegos de artificio con los que, en fin, dar a sus súbditos muestras visibles de su poder.

Cierto era que el tejido del espacio-tiempo se extendía en todas las direcciones, que existían infinitas dimensiones que explorar. Pero en algunas regiones intuía peligros y en otras los sabía ciertos: seres más poderosos que él acechaban en los recovecos de la espuma dimensional, siempre dispuestos a devorar a alguna entidad inferior. No, mejor no aventurarse en lo desconocido, donde ni siquiera la Gota del Origen podría protegerlo.

Era más seguro volver su atención al mundo exterior, al cosmos originario del que había extraído la excrecencia cuántica del suyo. Mientras que en su universo privado Radniakós era señor absoluto, en el exterior su poder, aunque más allá de toda aparente medida, debía sujetarse a reglas que él no dictaba, a leyes inmutables establecidas desde el origen de los tiempos. Esas mismas limitaciones le producían mayor placer cuando actuaba sobre ese mundo y sobre sus lejanos parientes, los débiles mortales que lo poblaban.

Desde su retiro, una dimensión privada dentro del Idiokosmos, donde guardaba la Gota, el corazón de su poder, rastreó los siete sistemas solares de su satrapía, buscando alguna novedad en el comportamiento de aquellos seres que cada día se volvían más previsibles. Su mente inferior analizó millones de flujos taquiónicos, filtrando sólo las entradas que pudieran despertar el interés de la conciencia superior y sacarla de su tedio.

Una imagen de piedra se materializó ante él: la escultura de una mujer desnuda que levantaba los brazos al cielo en actitud oferente. Como nuevo dios de la humanidad, se dijo con ironía, podía considerar que esa ofrenda se dirigía a él. Las informaciones se arremolinaron enseguida: la estatua se llamaba Bisagaistha y era obra de un hombre llamado Virgan, uno de los artistas plásticos más célebres del universo humano. Radniakós conocía su obra y en cierto modo la admiraba. Los materiales de su creación eran patéticamente pobres comparados con las posibilidades de que disponía el propio Pantócrata, moldeador de mundos, y sin embargo conseguía resultados meritorios en su limitación.

Pero lo que despertó su interés fue el rostro de la modelo que había posado para Bisagaistha. Rosaura Dantres. Veinticinco años. Prácticamente una recién nacida, y de una belleza arrebatadora. Curioso, siguió indagando sobre ella, hasta que localizó una transmisión en la que escultor y modelo aparecían juntos durante una fiesta. Aunque rodeados de gente, parecían existir tan sólo el uno para el otro, aislados en una singularidad. Cada vez que se encontraban sus ojos, había en ellos una expresión como hacía mucho que no veía entre dos humanos. No cabía duda de que eran amantes.

Y al observar la mirada de adoración que había en la joven Rosaura Dantres, Radniakós sintió que se le estaba robando algo que sólo a él podía pertenecer. Y, de la manera en que puede hacerlo un dios, se enamoró de ella.

Nunca sospechó que, mientras planeaba raptar a la amante de un simple mortal, estaba sentenciando el fin de su largo reinado.

 

En el mes de abril del año… de la llegada de los Pantócratas, una nave oficial partió de la Tierra, corazón de la diáspora humana, donde había establecido su satrapía el todopoderoso Radniakós. La nave, conocida con el pretencioso nombre de Vara de Justicia, realizó ocho transferencias y cruzó los dominios de tres Pantócratas, con exención de las regalías habituales en esos casos, pues el mismo Radniakós había ordenado aquella misión, la captura del súbdito que le había desafiado. En la nave viajaban siete hombres, aparte de la tripulación. Un oficial y cuatro policías terrestres, vestidos con el uniforme azul de la proxenía, representaban al poder humano. El Consagrado, embutido en su negra armadura, demasiado alto en su dignidad para dirigir la palabra a los demás, era la cuña del poder divino, el recordatorio de que tras aquella acción se encontraba el Pantócrata.

Y por último, M. Rodan, antiguo psicoconsultor y ahora senador de la Tierra, la persona de más alto rango en la nave y sin embargo la que menos podía disponer de su propia voluntad. ¿Por qué razón un hombre de más de quinientos años de edad, poco dado a las aventuras, compartía asientos con aquellos policías armados hasta los dientes y con el inquietante mercenario del Pantócrata? Por cauces tortuosos le habían llegado noticias de que su amigo y antiguo cliente Virgan, el más afamado creador plástico de la satrapía de Radniakós, se encontraba escondido en los dominios de Serpina, en el mísero sistema de Klumte. Y por cauces más directos, el próxeno del Sistema Tierra había aparecido en su casa para comunicarle que debía ayudar a las autoridades en su detención. M. Rodan no entendía qué necesidad podía tener de su ayuda un Pantócrata, un ser capaz de hacer colapsar un sistema entero en un agujero radiante —como el propio Radniakós había demostrado doscientos años atrás, en la primera y última rebelión contra su poder. Pero los designios de los nuevos dioses eran retorcidos e inescrutables. Mientras la Vara de Justicia descendía hacía la superficie del planeta, M. Rodan se debatía entre sentimientos de culpabilidad por su forzada traición y compasión por el destino que aguardaba a su amigo y antiguo cliente. Nadie más que el propio Virgan se lo había buscado, se justificaba. Estaba acostumbrado a contemplar cómo el artista se saltaba las normas habituales de conducta y hacía caso omiso de sus consejos, pero su última acción había atravesado la frontera que separaba excentricidad y locura. «R. Virgan, a todos los posibles lectores, para que conozcan la catadura moral de nuestro Poderoso Pantócrata Radniakós.» Aquel documento había aparecido simultáneamente en las terminales y pantallas de siete sistemas solares, y era tan conciso y expresivo que millones de usuarios pudieron, incrédulos, leer una larga sarta de insultos y acusaciones contra el Pantócrata antes de que el mensaje fuera destruido por los censores de la red. Nadie se había atrevido jamás a publicar la menor crítica contra un pantócrata, y mucho menos tales barbaridades. ¡Y toda esa locura por una mujer! M. Rodan sacudió la cabeza, desaprobador.

La presa de aquella cacería, Virgan, era, por encima de modas pasajeras, el artista plástico que tanto el público general como los críticos consideraban el más grande en aquellos tiempos. Consciente de su gloria y su valor, y poco dado a la humildad, sin embargo nunca se había comportado con el divismo o la excentricidad de otros creadores. Ciertamente se salía de lo común, pero no porque lo pretendiera, sino porque su naturaleza hacía imposible otra cosa. Así lo describía la periodista y escritora Ulma Sterrit cincuenta años atrás en un retrato que seguía teniendo vigencia:

Virgan parece tan pétreo como las esculturas que de vez en cuando se complace en crear a la antigua usanza. Cuando pasé a su taller estaba trabajando, y me refiero a físicamente, si saben ustedes lo que quiero decir. Me recibió vestido tan sólo con un pantalón corto, y aunque su cuerpo estaba perlado de sudor, se le veía tan digno como aun próxeno con sus ropajes oficiales. Es un hombre muy alto —dos metros, rezan sus datos—, y de porte tan erguido que aún lo parece más. Sus hombros son anchos, su pecho plano, su cintura estrecha; largos y nervudos los miembros, el paso solemne. De joven se hizo extirpar el cabello, y ahora sólo adornan su cabeza unas cejas arqueadas y un bigote fiero y negro. No sabría decidir dónde hay más fuerza, si en sus manos o en sus ojos. Éstos son oscuros y profundos, y resulta muy difícil aguantar su mirada, que clava en la del interlocutor sin sentir el menor pudor por ello. Los dedos los tiene largos y huesudos, y cuando habla se mueven en el aire como si quisieran capturar avarientos alguna forma huidiza. Tengo entendido que esas manos tienen una fuerza sobrehumana, y al verlas puedo creerlo. En cuanto a sus rasgos, no sabría decir si es un hombre guapo o feo. Simplemente pensé, al verle, que aquel rostro no podía tener otra forma sino la que tiene…

Por desgracia, ni una fuerza de la naturaleza como Virgan podía oponerse al poder de un Pantócrata. Mientras en el exterior el campo de la nave cortando como una daga las primeras capas de la atmósfera, M. Rodan miró de reojo a la negra figura que se sentaba sola en la parte derecha. Incluso en el asiento, el Consagrado permanecía tan erguido y hierático como la estatua de un dios egipcio. De su armadura brotaban aquí y allá líneas y ángulos cortantes, acaso sin otra finalidad que la de acrecentar el aura de amenaza. La mano derecha se apoyaba, como si de un báculo se tratara, en la larga alabarda que podía actuar tanto desgarrando la carne de su víctima con sus filos como disparando cargas de plasma por el negro cañón. El casco, plagado de implantes y refuerzos sensoriales, dejaba entrever tan sólo la piel de las mejillas; demasiado poco para adivinar la expresión de aquel rostro, si es que alguna vez la tenía.

Incluso los policías evitaban la cercanía del Consagrado, y cuando tenían que pasar a su lado, daban un ligero rodeo, como sí hubiera alrededor del mercenario una columna de aire sólido que les impidiera el paso.

—Ya nos hemos posado. ¿Está preparado? La voz del oficial de la proxenía, sentado a su izquierda, le sobresaltó. Todos estaban ya soltando los arneses y poniéndose en pie. M. Rodan siguió su ejemplo y salió de la nave, detrás de los adustos policías. El Consagrado esperó a que todos pasaran para seguirles a cierta distancia, marcando sus diferencias.

No bien puso el pie fuera de la rampa, M. Rodan sintió un escalofrío, físico y moral a la vez. Sus ropas eran gruesas, pero no le evitaron recibir en el rostro el hostigo del viento, crudo y lancinante. Según la hora local, el mortecino sol de aquel sistema debía de estar poniéndose, pero los nubarrones que amortajaban el cielo lo ocultaban de la vista, y la penumbra regentaba aquel lugar hasta que las tinieblas se hicieran señoras de él.

—Debe usted ir solo… ahora —le recordó el oficial. M. Rodan miró de soslayo al Consagrado y tuvo la impresión de que su mirada era correspondida. Sintió un estremecimiento.

—Siga a esta linterna. Se acciona por la voz —prosiguió el oficial—. Nosotros estaremos cerca.

M. Rodan emprendió la marcha, guiado por la linterna de globo, que flotaba delante de él buscándole el sendero más seguro. Las autoridades de Trabar, única ciudad de Klumte que podía merecer tal nombre, les habían comunicado por el haz que aquella zona había quedado deshabitada unos doscientos años atrás. M. Rodan se internó entre las sombras que el ordenador de la nave había reconocido como construcciones. Eran casas de piedra, silenciosas como sólo puede serlo un lugar en el que alguna vez se escuchara una voz humana o resonara el paso de un niño. Algunas estaban en ruinas, otras sólo avejentadas, y unas pocas habían aguantado con cierta dignidad los ataques del tiempo y el corrosivo clima de Klumte. El senador, como queda dicho, era persona poco proclive a los riesgos, y como todos los miembros de la inmortal sociedad de los Pantócratas, sentía terror, pánico ante la idea del menor riesgo físico. Antes de emprender su viaje había volcado sus recuerdos en los bancos de memoria, y por sí mismo había comprobado el satisfactorio estado de sus clones, pero nunca había pasado por el trauma de la muerte real y dudaba de que fuera tan inocuo como la Sociedad de Resurrección pretendía hacer creer.

No pasó mucho tiempo antes de que, a través de la esfera de luminosidad que creaba la linterna, se destacara una sombra por encima de las demás. Curioso e inquieto a la vez, M. Rodan desactivó el globo y dio unos segundos a su vista para que se adaptase de nuevo a la oscuridad. La sombra, un bulto confuso en primera impresión, tomó forma, y ésta, por más que le pareciera imposible de encajar en aquel planeta perdido hasta de la mano de su propio, Pantócrata, era la de una catedral gótica. Un relámpago violeta cruzó entre las nubes, y su luz fantasmal dibujó inconfundibles las torres, los chapiteles, los contrafuertes. «Me juego los clones de mi mujer a que ahí dentro está Vírgan», dijo entre dientes, y aquella broma privada le reconfortó un poco.

La calle que conducía a la catedral subía en una obstinada pendiente que se agarraba a las piernas de Rodan. La gravedad en la superficie de Klumte era un quince por ciento superior a la terrestre, y aún ésta se le hacía fastidiosa las raras veces que visitaba su mundo natal. Cuando llegó a la plaza de la catedral tuvo que detenerse a tomar aliento y masajear sus agarrotadas pantorrillas. Aquel momento fue oportuno para ordenar a la linterna que aumentara la potencia y recorriese la fachada principal.

No se confesaba amante del arte antiguo, pero le impresionaron la magnitud del conjunto y la rotundidad de la piedra, y no dejaron de estremecerle los siniestros juegos de sombras que huían por los relieves conforme el haz de luz barría la portada. Tan sólo dos días de recuerdos podía perder, se exhortó. Y los fantasmas no existían.

Sin embargo, por un momento casi lo creyó así cuando, al pasar bajo la ojiva central, sintió desde ambos lados la mirada de rostros familiares y hasta le pareció escuchar un susurro de llamada. Sobresaltado, ordenó luz en esfera y entonces comprendió la razón de esa familiaridad que, con el rabillo del ojo, no había sabido interpretar: las esculturas que adornaban el portal, aunque ataviadas con ropas diferentes, fueran masculinas o femeninas, le miraban con el mismo rostro, y éste no era otro que el de Rosaura, la desaparecida amante de Virgan. La novia que el Pantócrata había obtenido por el ancestral procedimiento del rapto. La causa de aquella cacería.

La puerta estaba entreabierta y M. Rodan la atravesó con reverente temor, a pesar de que, como el resto de los humanos de la era de los Pantócratas, carecía de otra creencia religiosa que no fuera la sumisión a ellos. Al ordenar máxima luz, quedó impresionado, como más tarde reconocería, pese a que había visto mil maravillas en otros tantos planetas. La catedral era aún más grandiosa en su interior. Las columnas subían hasta la bóveda nervada en un desafío para la vista, y Rodan aceptó el reto y sintió el vértigo de las alturas cuando sus ojos se clavaron en la crucería, a una altura sobrehumana. Fue entonces cuando escuchó la voz.

—¿ QUIÉN ANDA POR AHÍ ?

Las reverberaciones rebotaron retumbando por toda la nave, y si M. Rodan no hubiera reconocido la voz como la de su antiguo cliente y amigo, Virgan, a buen seguro hubiese huido despavorido.

—¡Soy yo, Rodan! —gritó, y los ecos convirtieron en ajenas sus palabras. Hubo un lapso de casi un minuto hasta que recibió la contestación de Virgan.

—VEN AQUÍ. DIRÍGETE AL ÁBSIDE Y LUEGO HACIA LA DERECHA.

M. Rodan ignoraba qué era un ábside, pero supuso que debía avanzar por la nave central y así lo hizo. Cada paso levantaba inquietantes ecos, pero en aquella espesa gravedad los pies caían contra el suelo lastrados como botas de plomo. «A LA DERECHA», le recordó la voz, y Rodan pasó entre dos enormes columnas a la nave lateral. Había una luz allí, mucho más tenue que la de su linterna. Era una antorcha, y tras ella, sujetándola, se recortaba la alta silueta de Virgan, el hombre a quien buscaba.

—¿A qué se debe que todo un senador me haya seguido hasta el confín del mundo?

La voz del artista era neutral, ni cálida ni hostil, y así solía serlo siempre: con Virgan nunca se sabía. Rodan se llegó hasta él y le tendió la mano, y después de unos instantes de vacilación recibió el apretón fuerte, casi doloroso, que tan bien conocía. Apartada la antorcha a un lado, sus llamas iluminaban el rostro de Virgan, enjuto y ojeroso. Vestía una túnica corta, sin mangas, que descubría sus brazos nervudos, más delgados y surcados de venas que otras veces. Se antojaba similar a una de sus estatuas, como siempre, pero ahora había una pequeña resquebrajadura en su interior que disminuía su fuerza.

—Entra: en esta capilla tengo mi taller.

La explicación no hubiera sido necesaria, ya que en la capilla había tres esculturas apoyadas en las paredes, y en el centro, de donde había apartado los bancos, una cuarta en la que Virgan estaba trabajando. Aunque los rasgos del rostro no habían terminado de brotar de la roca madre, eran idénticos a los de las otras tres estatuas y a los de las figuras del portal: Rosaura. el psicoconsultor que aún había en M. Rodan apuntó «tarea obsesiva», aunque nunca había visto una que se le antojara tan fatigosa. Al escrutar de nuevo el rostro de Virgan buscó huellas de alteración, tal vez incluso de enajenación, pero fuera de las ojeras y algunas líneas más marcadas por la delgadez, no había en él nada distinto. El cráneo relucía a la luz con su permanente afeitado, el bigote mantenía su atusado rampante, la mirada tenía la intensidad de un tizón.

—¿Te extraña? Si intentara esculpir algo distinto de su cara, no podría. Si cierro los ojos, no veo otra cosa. Por lo menos, al tallarla continuamente en esta gravedad acabo tan agotado que a veces consigo dormir un par de horas.

—Si te empeñas en esculpir su rostro una y otra vez, no lograrás olvidarla.

—No pretendo olvidarla.

—¿Para qué quieres concentrarte en recordar algo que está donde ni tú ni nadie puede alcanzarlo? La naturaleza inventó el olvido porque a veces, sólo a veces, es hasta compasiva. No te empeñes en despreciarle ese regalo.

—-Prefiero sufrir el resto de mi vida que perder uno solo de sus recuerdos.

Virgan colgó la antorcha de una anilla y tomó el mazo y el cincel, dispuesto a seguir alumbrando de la piedra la imagen de su amor perdido. Por sus palabras, Rodan esperaba que golpeara la roca con furia, pero cuando Virgan posó los ojos en los rasgos aún toscos de la estatua una extraña dulzura borró las arrugas que los rodeaban. El senador se sintió, a su pesar, conmovido.

—Este lugar… la catedral… ¿Qué demonios hace aquí, en este planeta perdido? — preguntó, pues no juzgaba conveniente insistir aún en Rosaura. Virgan levantó los rocosos hombros, contrariado, pero dejó la tarea para contestar a la pregunta del psicoconsultor.

—Fue construida hace dos siglos. Al principio, este planeta fue colonizado por católicos: muchos sacerdotes y religiosos. Cuando llegaron los Pantócratas, si recuerdas, la Iglesia se dispersó por planetas poco atractivos, donde creía que tal vez no la molestarían. Luego ya sabes: al final se prohibió todo culto y tuvieron que perderse en sus arcologías, y sólo su Dios sabrá dónde pueden haber ido a parar. Este lugar quedó abandonado.

—De modo que fueron ellos los que levantaron la catedral.

Virgan esbozó una sonrisa en la que no había nada semejante a la alegría y afirmó:

—Fui yo quien construyó esta catedral. No con mis manos, desde luego. Fui el maestro de obras. Unas obras a la antigua usanza, con obreros y artesanos humanos que trabajaban con sus propias manos y arriesgaban sus vidas colgados de andamios de madera. Y eso que eran católicos, y no pertenecían a la Sociedad de Resurrección.

M. Rodan sacudió la cabeza para ahuyentar un estremecimiento. Los católicos, como los creyentes de otras antiguas religiones, nunca habían aceptado la Sociedad. El alma, según ellos, no podía pasar de un cuerpo a su clon, por más que se duplicaran los recuerdos. Durante sus largas vidas, otras personas podían albergar temores semejantes, pero nadie arriesgaría la existencia sin el seguro de la Sociedad. Los humanos se volvían más cobardes cuanto más longevos, como si sus vidas fueran una cuenta bancaria que el interés de los años hubiera acrecentado hasta un valor inconcebible. —¿Te importaría decirme para qué has venido?

M. Rodan se había quedado abstraído por un instante en sus reflexiones, como solía sucederle, y le sobresaltaron tanto la voz de Virgan como el seco golpe del cincel contra la piedra. Estudió a su amigo antes de contestar.

—Han puesto precio a tu cabeza, si me permites esa antigua expresión. —¿Y es que quieres cobrar la recompensa?

Virgan no hablaba en serio, pero Rodan se estremeció, sintiéndose a punto de dar el beso de la traición. «Huye de aquí. Hay cinco policías y un Consagrado.» Las palabras ni se asomaron a su garganta, cercada de miedo.

—Traigo una oferta de la propia Voz del Pantócrata.

—¿Me va a devolver a Rosaura a cambio de qué?

La sonrisa de Virgan era cínica y desesperanzada. No era extraño en un hombre que había hecho borrar sus memorias e incinerar sus clones y que había difundido por todas las redes, antes de que pudieran interceptarle, un manifiesto corrosivo contra Radniakós, el raptor de Rosaura. Un hombre al que le esperaban todo tipo de horrores o algo peor… la desaparición para siempre. La idea de que esto le ocurriera a él mismo era tan inaceptable para Rodan que la traición a su amigo parecía por comparación tan sólo un pequeño inconveniente.

—No se trata de eso. No podrías soñar con que eso fuese negociable. Pero me dicen que, si manifiestas públicamente tu arrepentimiento y rindes pleitesía al Pantócrata como desagravio, se te perdonará la vida.

—¿Sí? —Virgan enarcó una ceja y dejó por un momento su tarea—. ¿Me dices que el poderoso Radniakós, destructor de mundos, el orgulloso genocida, va a tener clemencia de un simple escultor? ¿Y a qué se me condenaría?

—Bien… durante un plazo de tal vez cincuenta años serías… —Rodan tragó saliva— encadenado por el cuello al palanquín de Radniakós. Luego se te perdonaría, dejándote, eso sí, convertido en un prole y sin derecho a inmortalidad.

Virgan puso los brazos en jarras y soltó una carcajada desafiante. En aquella pose, se le veía tan lleno de fuerza y seguridad como siempre.

—Nuestro poderoso Pantócrata desea un perrito faldero para su palanquín. Eso me parece muy bien, pero no me acabo de ver en el papel. Mira, Rodan, puedes decirle a la Voz del Pantócrata, eso sí, con tu mejor lenguaje de poltronero, que el único pacto que admito con él es que me devuelva a Rosaura y se olvide de mí para siempre.

—Pero… no quieres entender. Eso está fuera de cuestión. Estás hablando de plantearle exigencias a… a…

—A un dios. A Dios mismo, ¿verdad? Pues así es. Ni un dios puede quitarme lo que es mío. A ver si lo entiendes. Aunque el Pantócrata me ofreciera, en vez de esa supuesta clemencia, el cargo de faraute, el de Voz si quieres, a cambio de olvidar a Rosaura… — Sacudió la cabeza y apretó los puños. Rodan temió por un momento que fuera a agredirle, pero el artista cerró los ojos, respiró hondo y abruptamente volvió a su trabajo—. No, no. Me da igual lo que pueda hacerme. Sé que tarde o temprano vendrán a por mí, como has hecho tú. Pero lo único que quiero es a Rosaura. —Volvió a mirarle por un instante—. ¿No lo entiendes? Haría cualquier cosa, ¿comprendes?, cualquier cosa por recobrarla. Sí tan sólo tuviera una pequeña oportunidad, entraría en su maldito Idiokosmos y le agarraría por el cuello… ¡así!

Y blandió en el aire una mano tan poderosa que por una fracción de segundo M. Rodan le creyó capaz de cumplir aquella baladronada.

Aquel momento que estaba dentro del tiempo fue observado desde fuera de él, en un lugar que no era lugar. En algún nudo de dimensiones, en el tejido de la espuma del espacio-tiempo, se agazapaba un poder, una inteligencia inconcebible, capaz de encontrar senderos entre los siglos y elegir sus días a voluntad. Algunas limitaciones, sin embargo, ataban sus pasos en el baile cuántico, y había tenido que escoger aquel preciso momento para entretejerse en nuestro tiempo. Porque aquel humano que alzaba una mano tan orgullosa como inútil le concedía la posibilidad, hasta entonces vetada, de actuar contra su enemigo y recobrar lo que le pertenecía.

—Ya hemos oído suficiente —restalló una nueva voz.

M. Rodan se volvió, casi aliviado por la interrupción. El oficial de la proxenía estaba pasando a la capilla lateral, seguido por sus cuatro hombres y, rezagado, por el Consagrado de Radniakós.

—Usted debe acompañarnos —ordenó el oficial, apuntando a Virgan a los ojos con el haz de su linterna. Pero el escultor se limitó a entrecerrar los párpados y poner los brazos en jarras.

—¿Por qué no me vuela la cabeza aquí mismo? —le desafió—. Por si no lo sabe, no puedo resucitar. No tengo ni recuerdos grabados ni clones almacenados. ¿No es divertido poder exterminar de verdad a alguien?

—No tenemos intención de matarle. Nuestras órdenes son otras.

En ese momento, y por primera vez, M. Rodan pudo escuchar la voz del Consagrado, tan deformada por el sistema de amplificación del casco que apenas sonaba humana.

—Serás el perro faldero del palanquín de mi señor, como bien decías antes. —El Consagrado se acercó despacio, clavando la alabarda en el suelo a cada paso con golpes que marcaban el compás de sus palabras—. Y no intentes resistirte. No sería la primera vez que disfruto golpeándote.

En los ojos de Virgan brilló una luz de reconocimiento, y apretó con fuerza la maza.

—Así que eres uno de esos. ¿Quién, el que mandé volando? Puedes volver a golpearme, todo lo que quieras, porque no pienso ir con vosotros.

El Consagrado hizo un gesto de barrido con el brazo izquierdo, indicando al oficial y a sus hombres que retrocedieran, y con el derecho empezó a alzar lentamente su arma, preparando el golpe. Virgan le observaba como si aquella amenaza no estuviera destinada a él. Durante unos segundos, todo movimiento quedó congelado, como en el frontón de un templo griego, con todas las figuras paralizadas en el instante antes de descargar la acción.

—Éste sería un buen momento —comentó Virgan en una observación tan incongruente que rompió el hechizo. El propio Consagrado, confuso, preguntó:

—¿Para qué?

Hubo un fogonazo y un estallido. M. Rodan se arrojó al suelo y reptó hasta esconderse detrás de un banco de madera, mientras sonaba un nuevo disparo. Cuando volvió a mirar, la acción se había precipitado a una velocidad imposible. El Consagrado había quedado tendido en el suelo, y del muñón que había sido su brazo derecho se levantaban volutas de humo. Un cuerpo a medias volatilizado debía pertenecer a uno de los policías. En cuanto al oficial, se desplomaba con la sien ensangrentada, víctima de Virgan, que ya blandía el mazo contra otro de los agentes. Una nueva figura, delgada y vestida de gris, había aparecido en la capilla repartiendo golpes con la culata de un enorme fusil de plasma, demasiado caliente tras los dos disparos para utilizarlo de otra manera. La gravedad no parecía afectar a Virgan ni a su desconocido aliado, mientras que los movimientos de sus enemigos eran lentos como los de hormigas atrapadas en jalea. Un instante después, todo había terminado y el hombre de gris estaba frente a M. Rodan, haciéndole con el fusil señas de que se levantara.

—Tranquilo, Steel. Éste no es peligroso.

El llamado Steel observó por unos segundos a Rodan con una mirada tan intensa que le hizo sentir náuseas. Era un hombre alto y moreno, delgado y ondulante como un junco, de rasgos grandes y saltones ojos de ardiente carbón. Aunque no podía decirse que fuera un hombre feo, había en él algo inestable, fluctuante, que causaba cierta repulsión.

—Mejor será que permanezca quieto —advirtió a Rodan con voz ronca.

Uno de los policías aún se movía, y al pasar a su lado Steel le descargó en la cabeza un terrible culatazo. Virgan protestó, pero su aliado le recordó, irónicamente, que todos aquellos hombres eran inmortales, no como ellos, y que tan sólo perderían unos días de recuerdos. Después, ante la atónita mirada de Rodan, Steel se acercó al Consagrado, que todavía se retorcía de dolor en el suelo, y con diestros movimientos le quitó el casco. El rostro que había debajo era el de un hombre joven y sudoroso, despojado ya de toda arrogancia.

—Es una suerte que te hayan mandado aquí —comentó Steel, sarcástico—. No desde luego para ti, pero sí para nosotros.

Virgan, después de recoger las armas de los policías y los restos de la alabarda del Consagrado, se acercó a M. Rodan y le agarró por el codo, con menos brusquedad de la que el senador había temido al ver su gesto casi ausente.

—Salgamos de aquí. Debes llevarme a tu nave.

—¿Qué… qué pretendéis hacer?

—Asaltar el cielo, amigo Rodan. Como los antiguos gigantes de la mitología… asaltar el cielo.

 

Virgan había pasado etapas distintas en su relación con las mujeres, a veces de adorador, a veces de misógino príncipe Schariar, a veces de hedonista degustador, consumidor compulsivo, abstemio converso; había sido con ellas encantador, escéptico, celoso, cínico y a veces indiferente.

La indiferencia predominaba en él cuando apareció Rosaura en su vida. De hecho, la conocía de vista antes que en persona, pues a menudo veía su imagen flotando como ingrávido holograma en los noticiarios de moda: era la modelo más cotizada del momento pese a que sólo tenía veintitrés años, casi una recién nacida para los cánones de la época. Aunque esbelta, sus líneas se redondeaban, presagiando una nueva tendencia después de varias temporadas de mujeres afiladas como aristas de cubo. Cuando lucía vestidos ajustados, sus senos se adivinaban sostenidos en un equilibrio pesado, ligeramente vencido hacia el suelo. A Virgan le gustaban los pechos así, que intuía naturales, y especialmente en aquellos días en que practicaba formas de arte más sencillas y una vida menos refinada. Por un tiempo había dejado las tecnocomplicaciones de la multicreación y los sensorios para dedicarse a la estatuaria casi al modo antiguo. Había creado una especie de pasta que se resistía tenazmente a ser moldeada, de suerte que otras personas con manos menos fuertes que las suyas eran incapaces tan siquiera de deformarla. Pero los dedos de Virgan, fuertes como una mordaza de acero, tallaban más que moldeaban aquel material. Cada noche, cuando se acostaba, el dolor en sus antebrazos agarrotados le llenaba con el placer que da el trabajo agotador.

El cuerpo de Rosaura era bonito, deseable, un modelo sugerente para un arte más voluptuoso. En el rostro de muñeca, mezcla imposible de la lisura de la porcelana y la flexibilidad de la piel, había una belleza desvalida y cautivadora, que sin embargo anticipaba peligros para quien lo admirara demasiado tiempo. Virgan, en época de misógino indiferente, como queda dicho, pensó que seguramente se trataba de una adorable serpiente. Ningún interés para su arte: buscaba rasgos fuertes, cincelados, que merecieran la dureza de aquella plastipiedra en que torturaba sus dedos cada día.

Pero fue ella quien acudió a él. Virgan llevaba demasiado tiempo recluido y Malina, su agente, insistía en que debía mostrarse en público más a menudo. «Tanto tiempo se te ha considerado como gran maestro que la gente tiene que estar cansada de ti. Desaparece unas semanas más y les darás la excusa perfecta para olvidarte.» Había tenido dos agentes más antes de Malina, y uno resultó un sinvergüenza y la otra una incompetente. Malina y él trabajaban juntos desde hacía unos ciento cincuenta años —pocos matrimonios habían durado tanto en el Sistema Solar—, y no habían tenido problemas porque cada uno se había limitado a cumplir con su función: Virgan, crear; ella, venderle a él y a su obra y llevarle las cuentas. Si alguien hubiera preguntado a cualquiera de los dos cómo era el otro, sin duda él o ella se hubiesen encogido de hombros, ignorantes. Hay que añadir que Malina se sentía un poco frustrada por dicha ignorancia; Virgan, indiferente.

Aquel cóctel en Ganímedes era una ocasión tan mala como cualquiera para sufrir la cercanía de otros especímenes del Homo Sapiens. Virgan dejó que le presentaran a personas que ya conocía perfectamente sólo porque eran demasiado importantes para desairarlas. Un par de representantes del (inútil) Senado, un directivo de la Sociedad de Resurrección, un faraute de la Voz del Pantócrata —algo así como el niño de los recados del bedel de la portería de la entrada del Olimpo—. En aquellos tiempos tan longevos, era normal que pasaran décadas antes de volver a ver a personas del pasado, y ante la duda la gente se presentaba de nuevo. Virgan no olvidaba una cara nunca, una cara era una forma para él y no se le disfrazaba ni detrás de una operación estética, pero volvía a saludar con lo que a él le parecían modales corteses y que muchas de sus antiguas parejas calificaban de soberbia distante.

—Señor Virgan…

No era de esperar que nadie en aquella fiesta le llamara «señor», y la voz sonaba con una timidez juvenil que parecía auténtica. Se volvió, inclinando por reflejo la cabeza desde su torre de dos metros, y a la altura a la que esperaba, sin tener que desviar los ojos, se encontró con los de aquel rostro de muñeca.

—¿Sí?

Ella parpadeó, acaso asustada por la profundidad de su voz. Tenía los párpados largos y curvados, y bajo ellos se abrían almendrados unos ojos color cárabe. Sobre las fosas nasales los cartílagos marcaban en la piel de porcelana unas minúsculas líneas rectas que Virgan encontró muy interesantes. También el surco central que unta nariz y labios era agradablemente geométrico.

—Me llamo Rosaura Dantres. Estaba deseando conocerle.

—Bien, pues aquí me tiene.

Virgan se dio cuenta de que ella llevaba unos segundos con la mano tendida y de que se estaba ruborizando ante su aparente desinterés. Compadecido, correspondió al saludo. La joven tenía las palmas sudorosas. También le brillaba húmeda la punta de la nariz, junto a aquellos cartílagos que Virgan empezaba a encontrar fascinantes.

—Eh… Una bonita fiesta, ¿verdad?

Virgan se encogió de hombros. No era un gesto de desdén, simplemente no encontraba comentario ingenioso y prefirió callarse, pero ella enrojeció aún más.

—Bueno, me alegro de haberle conocido.

—Oiga, señorita Dantres, es usted modelo, ¿no?

Ella ya se alejaba abriéndose paso entre dos invitados, pero se volvió esperanzada y sonrió.

—De moda, señor Virgan, pero siempre he tenido la ilusión de posar para un artista.

—Sin duda habrá alguno interesado en ello. Que tenga un buen día, señorita.

Con esas palabras sí había pretendido ser grosero, aunque ni él mismo hubiera sabido decir por qué. Mientras ella se alejaba, y de paso empujaba al próxeno del Sistema Vega, Virgan apreció su espalda escotada. No abundaban en ella las carnes que ocultaran su geometría. A su pesar, le gustaba la joven. Era la combinación de las líneas que buscaba con la voluptuosidad de la que renegaba. Un compromiso seductor. No debía de ser el único que admiraba su belleza: durante el resto de la fiesta tuvo ocasión de espiarla —sin ninguna discreción, él no sabía mirar de reojo—, y casi en cada ocasión la vio sometida a la latría de algún adorador distinto. Cuando sus ojos se cruzaron, dos o tres veces, ella apartó la vista, pero con un gesto parecido al odio, finalmente desapareció de la sala del brazo de un capitoste local, sin ahorrarse una última mirada a Virgan cargada de una mezcla vitriólica de desdén y despecho.

No pasaron más de dos meses estándar antes de que volviera a saber de ella. Se encontraba en el asteroide Urgat 38A, un peñasco de su propiedad que permitía unas vistas espléndidas del sistema binario de Ninurta. Estaba enfrascado en el diseño de un sensorio de encargo por el que no sentía demasiado aprecio. Cuando trabajaba así, encontraba bueno cualquier pretexto para abandonar la tarea, y en particular solía visitar Nínive, el cuarto planeta del sistema, donde enganchaba unas respetables borracheras con unos viejos conocidos. Aquel día la embriaguez les había llevado a la más plebeya depravación, una sesión en un centro de sexo virtual, y Virgan regresaba en su saltador sacudiendo la cabeza, admirado y complacido por su propia falta de gusto. Aún borracho pasó a su cámara privada, y allí recibió el aviso de mensaje grabado. Solicitada la identificación del comunicante, resultó ser Rosaura Dantres, lo cual suscitó su curiosidad. Un precioso holograma de su rostro solicitaba comunicación en vivo. Tal como se encontraba Virgan, no hubiera aceptado hablar con nadie, pero, de algún modo, Le pareció apropiado conversar con ella aún con la lengua estropajosa.

—Comunicación autorizada.

En un cubo de dos metros de lado, todo un derroche de crédito, se materializó la imagen de Rosaura, de cuerpo entero, sumergida hasta el cuello en una bañera de metacrilato. La iluminación estaba estudiada para que sus formas aparecieran difuminadas, insinuantes pero no groseramente desnudas.

—Me ha pillado usted en el baño, señor Virgan. Pero, si no le pone nervioso verme así, podemos hablar.

—La suya es una imagen muy placentera, en absoluto inquietante —respondió Virgan. Maliciosamente, supuso que ella debía llevar en el baño un buen rato esperando su llamada. A buen seguro ya tendría las yemas de los dedos arrugadas como pasas. Estuvo a punto de comentarlo pero, borracho y todo, prefirió mantenerse más irónico que impertinente.

—Tal vez se preguntará usted por qué le he llamado, a pesar de que no fue demasiado amable conmigo la última vez que nos vimos.

—Bueno, me pregunto por qué me ha llamado, sin más. Suelo preguntarme por qué me llama la gente cuando me llama. De hecho, se lo hubiera preguntado yo mismo si usted hubiera tenido un poco más de paciencia.

Se dio cuenta de que la cabeza se le estaba liando tanto como la lengua, pero era divertido. Rosaura frunció el ceño—una minúscula arruga en su lisura impoluta— y trató de mirarle con enojo.

—Pues bien, se lo diré. Esta comunicación es muy cara para perder tiempo. Quiero servirle de modelo.

—Eso me honra, señorita Dantres, pero en este momento no necesito modelos.

—No me malinterprete. A lo mejor he elegido mal las palabras: no quiero que usted me pague como modelo. Yo quiero pagarle a usted para que me haga una escultura.

Al decir esto, se movió ligeramente, de modo que Virgan pudo apreciar, aún borrosos en la bañera, sus senos. Estaba seguro de que ella tenía una pantalla en la que veía exactamente lo mismo que veía él, y de que cada movimiento estaba calculado al milímetro y destinado al observador. No obstante, sabedor de la manipulación, y a pesar de su reciente desahogo en el sexo virtual, experimentó un amago de reacción física.

—Eso ya es distinto, señorita Dantres. No tendría ningún inconveniente en venderle mis servicios como artista.

Rosaura le preguntó los honorarios y él dio una cifra abusivamente alta. La joven tardó unos segundos en contestar, y por la manera en que desvió la mirada hacia un lado dio la impresión de que estaba calculando si se podía permitir aquel gasto. Finalmente respondió que sí, sin ningún comentario sobre lo elevado de la tarifa.

—¿Cuándo empezamos?

—Cuando usted quiera, señorita Dantres.

—¿Le parece bien dentro de cuatro días? Hasta entonces tengo algún compromiso y…

—Cuánto lo siento, habrá que esperar un poco más. Digamos trece días, ¿le parece bien?

Ella asintió furiosa y cortó la comunicación. Cuando Virgan despertó, después de dormir la mona, repasó su conversación grabada, y al aumentar la imagen y aclarar las difuminaciones comprobó cuan deseable era el cuerpo de la joven y se arrepintió de haber fijado un plazo tan largo. Pero ya no era cuestión de desdecirse, y esperó paciente a que transcurrieran los trece días. Para entonces el sensorio ya estaba terminado e incluso se permitió unas breves vacaciones de tres días en Nímve.

Fue allí, precisamente al tercer día, donde se encontró con Milman Steel, el matemático. Steel era un hombre delgado y moreno, de ojos saltones que brincaban inquietos de objeto en objeto, de rostro en rostro. Manejaba su metro noventa de estatura con escaso garbo, como si fuera titiritero de sí mismo y se le enredaran los hilos. Según recordaba Virgan de la última vez que lo había visto, hacía unos quince años, bebía bastante y conforme lo hacía hablaba cada vez más despacio. Pero era uno de los pocos hombres de ciencia que conocía; al menos, de la imitación de ciencia que los Pantócratas permitían. Cuando estaba achispado solía despotricar imprudentemente contra los Señores de Todo, precisamente porque por orden de Radniakós había perdido su cátedra de matemáticas y había tenido que abandonar, e incluso destruir, sus últimos trabajos. Desde entonces se dedicaba a la informática y, por lo que parecía, a beber como un cosaco.

Pasada la quinta copa, Steel, como era previsible, empezó a hablar de los Pantócratas, iluminando a Virgan con sus teorías. ¿De dónde habían salido aquellos personajes, aparentemente divinos en su poder pero demasiado humanos en su afán de gloria? Sobre su origen y procedencia Steel encontraba que los puntos de vista más habituales eran tres: el de los que podríamos llamar «escépticos», que los consideraban taumaturgos de poderes incalculables; el de quienes fantaseaban sobre la vida en otros mundos y los creían supervivientes de alguna antiquísima cultura extraterrestre; y el de la mayoría de la humanidad, para quienes eran simplemente dioses. La teoría más racional, aunque no corroborada por ninguna prueba, era la de Steel —según aseveraba él mismo, naturalmente—. Los Pantócratas serían descendientes de los tripulantes de alguna de las naves que abandonó el Sistema Solar en tiempos de la primera colonización. Buena parte de aquellas naves se había perdido en las profundidades del espacio sin que el resto de la humanidad tuviera noticias de ellas. Algunos de esos colonizadores podrían haber topado con una civilización alienígena, o tal vez con sus restos, y de ella habrían obtenido los conocimientos de los que dimanaban sus poderes. El hecho de que unos seres que dominaban los secretos del espacio y del tiempo hubieran vuelto a sus lugares de origen para reinar entre los hombres, tan inferiores a ellos, abundaba en favor de esa teoría.

Cuando aparecieron los Pantócratas, la humanidad ya se había extendido hasta los arrabales de su Sistema Solar y tenía colonias jóvenes en otros cinco sistemas. Por aquel entonces, las naves viajaban a velocidades relativistas y para sus pasajeros no transcurría demasiado tiempo durante los largos vuelos. Pero la velocidad de la luz seguía siendo un límite insoslayable tanto para la materia como para la información. Los hilos de la red que estaba empezando a extenderse por la galaxia eran frágiles: el mensaje que partía de un mundo como noticia se había convertido para sus receptores en objeto de arqueología. Aunque los avances de la medicina y la Sociedad de Resurrección habían hecho al hombre virtualmente inmortal, no por ello habían atemperado su habitual impaciencia. Las distancias entre los sistemas lo torturaban, pero no encontraba manera de salvarlas sino aquel torturante paso de caracol que las teorías de Einstein permitían.

Y fue entonces cuando aparecieron los Pantócratas.

A Virgan no le interesaba demasiado saber de dónde habían salido. Se limitaba a reconocer su poder y sufrir con resignación los inconvenientes de su dominación. El, en particular, había tenido la buena o mala suerte de nacer en la vieja Tierra. El Sistema Solar era la satrapía de Radniakós, el autotitulado primero entre los Pantócratas. Acaso no fuese el más poderoso, pero no cabían dudas de que era quien más gustaba de hacer sentir el peso de su autoridad. Solía cerrar las fronteras de su satrapía y expulsar a los extranjeros sin motivo aparente. Inexplicable parecía su bárbaro tributo: todos sus súbditos, antes de cumplir cincuenta años, tanto hombres como mujeres, debían entregarle un hijo primogénito, concebido y alumbrado por medios naturales. Virgan, como la mayoría de los varones de la élite social, había seguido la práctica habitual de engendrar un niño con una mujer prole, pagando por ello, y, sin llegar a conocerlo, ofrecérselo a los funcionarios del Pantócrata.

Steel reconocía que, gracias a los Señores de Todo, los hombres podían viajar y comunicarse casi instantáneamente de sistema en sistema, y eran ya más de cuarenta los colonizados. Pero los Pantócratas, celosos de su poder, guardaban bajo siete llaves los secretos de su ciencia, hasta el punto de haber prohibido las investigaciones sobre física relativista y cuántica que pudieran llevar a otros a acercarse siquiera a vislumbrar cómo viajaban entre las estrellas. También en su enemistad hacia la ciencia humana Radniakós se llevaba la palma, como podía atestiguar la colonia de Titán, que había desaparecido del espacio-tiempo junto con el propio satélite debido a un experimento prohibido.

—Parecen una bendición para la humanidad, pero en realidad son una plaga, una maldición —argumentaba Steel al otro lado de su copa. Sus palabras se hacían más despaciosas por el hecho de que continuamente miraba a los lados, temeroso de que alguna persona de aquel sombrío y huméame tugurio estuviera escuchándoles.

Virgan había objetado que el dominio de los Pantócratas era benévolo si se tenía en cuenta lo que hubieran podido hacer con su poder, y que, en cualquier caso, considerando los beneficios que los hombres obtenían a cambio de su sumisión, la relación con ellos era provechosa.

(Evidentemente, Virgan no sabía que un Pantócrata le robaría a Rosaura. Por aquel entonces, ni siquiera sospechaba que no tardaría en enamorarse de ella. Si alguien se lo hubiera dicho, habría contestado con una carcajada.)

—Ni benévolo ni narices —le contestó Steel—. Hemos perdido nuestra dignidad. El hombre siempre ha luchado por conocer el universo y domarlo. Y ahora, ¿qué? Nos limitamos a aceptar que los Pantócratas, como si fueran nuestros papas, nos den toda la comida masticada. ¿En qué ha avanzado la ciencia desde que llegaron?

A Virgan no se le ocurría en qué, pero le disculpaba el no estar versado en materias científicas.

—¡Es lo mismo que le sucede a todo el mundo! Cada vez hay menos científicos. ¿Para qué, si de los Pantócratas obtenemos toda la tecnología que necesitamos? Manejamos aparatos muy complicados, sí, pero ¿tenemos la menor idea de qué principios explican su funcionamiento? ¿Sabes tú cómo funcionan las máquinas que utilizas en tus creaciones?

Virgan hizo un intento de explicar a Steel la forma en que manejaba sus servos, proyectores y amplificadores, pero el matemático le cortó con una seca carcajada. «A veces —pensó Virgan—, los gestos de Steel no acaban de concordar, como si la mitad inferior de su rostro se adelantara a la otra media.» Resultaba desconcertante y desagradable. Virgan prefería apartar la mirada para concentrarla en el espectáculo triví que se desarrollaba en la barra principal.

—¡Todo eso es mierda! Te limitas a saber qué botones tienes que apretar, pero no tienes la menor idea de en qué realidad física se basan. Si los Pantócratas desapareciesen mañana y nos quedáramos solos, descubriríamos que estamos mucho más atrasados que antes de que ellos llegaran.

Virgan nunca había sentido demasiada curiosidad por los Pantócratas, pero el interés de un borracho suele ser contagioso, de modo que acabó preguntando a Steel si sabía algo sobre los Idiokosmos, los universos privados en que habitaban.

—¿Universos privados? Conozco a algunos que los han visto, y parece que hay cosas increíbles en ellos. ¡Bah! —No era tanto una expresión de desprecio como una muletilla que soltaba cada vez que iba a dar un trago de su copa; una acción cuya frecuencia estaba disminuyendo conforme su organismo se saturaba de alcohol. Tras repostar, el matemático clavó en Virgan sus ojos saltones y prosiguió—. Nadie pensaría en atacar directamente a los Pantócratas, pero aunque a alguien se le ocurriera, no tendría cómo. Mejor dicho, no tendría dónde. Ellos viven fuera de nuestro espacio y nuestro tiempo.

—¿Vienen del pasado o del futuro? —Virgan recordaba haber escuchado algo así en un canal de divulgación.

—Nooo… He dicho fuera de nuestro tiempo. ¿No sabes de qué está hecho el universo?

Virgan estuvo a punto de contestar algo, pero decidió que, dijera lo que dijese, probablemente se ganaría una reprimenda y prefirió encogerse de hombros.

—¡Pues sobre eso estaba yo investigando cuando esos hijos de puta cerraron mi departamento!

Virgan inclinó la cabeza, conmiserativo, aunque era la décima vez que lo oía en esa noche. Pero el matemático cortó la retahíla de lamentaciones que había ensartado en otras ocasiones y se zambulló en su explicación.

—Imagínate unas cuerdas muy pequeñas, muy pequeñas, más pequeñas que cualquier cosa que puedas concebir, más pequeñas que un átomo, que un quark.

Vírgan cerró los ojos y en vez de cuerdas vio una miríada de puntos luminosos que bailaban erráticos. La cabeza se le iba y tuvo que abrirlos ojos.

—Ya me las imagino. ¿Y bien?

—Pues esas cuerdas vibran, ¿sabes? Y todo lo que existe es producto de la armonía de sus vibraciones. —Soltó una carcajada que se hubiera podido denominar «seca» si no hubiera regado a Virgan con restos de licor—. ¡Los pitagóricos sabían bien lo que hacían cuando hablaban de la armonía de la lira! La armonía de las esferas, la armonía de las cuerdas…

El matemático estaba empezando a desbarrar y Virgan tuvo que sacudirle por el hombro para devolverle a la realidad. Al hacerlo, la imagen de Steel se le desdibujó por un momento, y pensó que él también había bebido más de lo recomendable.

—Mira, todas las partículas pueden explicarse como distintas armonías de esas cuerdas primordiales. ¡Ja! Es como si el quark «arriba» fuera un do, y el quark «abajo» un re, ¿entiendes?

—Nada de nada. ¿ Qué tiene que ver eso con los Pantócratas ?

—¡Es evidente hasta para el más torpe! El espacio y el tiempo son también resultado de las vibraciones, de las ondas de las cuerdas. ¡Ni el tiempo ni el espacio son infinitamente divisibles, y sólo esa verdad se cargaría las aporías de Zenón!

Virgan apuró el resto de su copa y se dedicó a mirar a dos mujeres que acababan de entrar en el local. Iban vestidas de cuero rojo, que dejaba al descubierto sólo sus senos, nalgas y pubis, y discutían como amantes revenidas. No le resultaban deseables, pero recordó a Rosaura Dantres y sintió en los ijares la dulce tibieza de la excitación.

—Los Pantócratas, de alguna forma que daría mí alma por comprender, saben cómo dominar esas cuerdas. Son… cómo diría… los músicos que interpretan la armonía del cosmos. ¡Sí, no ha estado mal esa metáfora! —Lo celebró con un trago y continuó. Virgan decidió volver a mirarle—. Bah… Todas las cuerdas que participan de nuestro espacio vibran acordes en una dimensión, y lo mismo ocurre con el tiempo, pero en otra, ¿de acuerdo hasta ahí?

Aquello se ponía cada vez peor, y además seguro que le tocaría acompañarle hasta un taxi.

—Entonces… ¿qué hacen los malditos Pantócratas? En los lugares en que deciden refugiarse, alteran las vibraciones de las cuerdas de la forma que les place, de modo que todas esas cuerdas resuenan fuera de la armonía del resto… ¡Y todo ese lugar desaparece de nuestro universo! ¿Cómo puñetas logran comunicarse con nosotros, si prácticamente están en…. a ver cómo lo digo… otra dimensión? Te lo estarás preguntando.

—Por supuesto.

—¡Pues lo más divertido es que no tengo ni repajolera idea! Pero te diré algo: daría cualquier cosa por entrar en el Universo Privado de nuestro Pantócrata.

Lo más divertido fue cuando al sacarle del bar le vomitó en el traje nuevo.

 

Al decimotercer día llegó Rosaura, con retraso de sólo una hora, menos de lo que Virgan esperaba. Venía en un pequeño vehículo intersistema, sin el característico anillo en la cola que servía para acoplarse con las aberturas de salto enviadas por los Pantócratas. Eso quería decir que había viajado hasta el Sistema de Ninurta en un crucero y que, en buena lógica, no poseía su propio saltador. Muy cotizada, pero aún no lo suficiente: los honorarios de Virgan le habían sentado como un tiro. La ropa que traía era un sencillo peplo dórico de color blanco. Las aberturas bajo los costados bajaban hasta una altura insinuante, sin llegar al mal gusto, y parecía evidente que no llevaba nada debajo.

Virgan la recibió con lo que para él era el colmo de la amabilidad, y que incluía un amago de reverencia, una bebida ligeramente alcohólica y una gravedad de giro adecuada a la visita. Sentados en mullidos cojines de piel, pasaron pronto a discutir los detalles del trabajo: ella deslizó una insinuación sobre lo elevado de la tarifa —con el tiempo, Virgan descubriría que tendía a ser un poco tacaña, deuda sin lugar a dudas de su humilde origen—, pero no insistió —era más orgullosa que tacaña—. Virgan preguntó cómo sería el retrato y ella encogió los hombros y, por primera vez desde que la conocía, sonrió. Se le marcaban unos hoyuelos poco clásicos pero, sin duda, agradables.

—No le contrato como retratista, señor Virgan. Ya que uno de los artistas más grandes de nuestra satrapía ha accedido a que yo sea su modelo, creo que lo mejor sería que se dejara llevar por la inspiración.

Virgan contestó con otro encogimiento de hombros y un comentario algo cínico sobre la inspiración. En realidad sí creía en ella, pero ante los demás le divertía el papel de creador materialista y desencantado, escéptico de su propio arte. Como ella insistiera en que él elegiría la forma del retrato, le pidió que se pusiera en pie.

—¿Le importaría desnudarse? —preguntó sin mover ni una ceja.

—Así que esculpirá un desnudo. ¿Vamos a empezar ahora mismo?

—Aún no. En realidad, no he decidido si será un desnudo. Precisamente por eso quiero verla desnuda, ¿entiende?

Ella resopló furiosa y le preguntó si acaso dudaba de que su cuerpo era lo bastante perfecto para un desnudo.

Virgan se disculpó como solía hacer. —Según su antiguo psicoconsultor, cuando pedía excusas parecía un Pantócrata otorgando clemencia—. No tenía que ver con la perfección tal como la juzgaría cualquier otro hombre, sino con la adecuación de las formas a las capacidades de él, de Virgan. Aunque a regañadientes, Rosaura accedió, y fue la primera vez que Virgan contempló su cuerpo a placer. Y por ello lo hizo, por puro placer, puesto que para nada necesitaba de aquella exhibición. La joven se giró ante él, ofreciéndose a la vista, con el orgullo de una diosa virgen.

—¿Y bien, señor Virgan? ¿Le parece mi cuerpo merecedor del derroche de su talento?

—Mañana empezaremos. A la misma hora —fue toda la respuesta de Virgan.

Durante las jornadas siguientes, Virgan esculpió en su plastipiedra a razón de tres horas diarias. Su sistema era un tanto difícil de entender para Rosaura, puesto que la hacía posar de distintas maneras y con gestos variados, aunque la escultura sólo tendría una pose. La joven, que ignoraba cuál sería ésta, pues Virgan mantenía su trabajo tapado por un escudo difuminador, le preguntó al tercer día por qué era así.

—Usted no está pasando a la piedra, señorita. Usted está pasando a mí cabeza, y la imagen que formo en ella es la que luego fluye a este material. Cada vez necesito que pose de una manera porque he de conocer todos los movimientos y los ángulos de cada músculo y cada tendón, y la textura de cada trozo de piel.

—De modo que usted ya conoce mi cuerpo a la perfección, mejor que yo incluso. — El comentario de ella sonaba preñado de satisfacción.

—Aún no. Sólo veo su tacto. Al final lo sentiré en mis dedos… y sin haberla tocado.

Ella enarcó una ceja y respondió con un «ah» de burlesco asombro.

Lo cierto es que, durante el resto de las horas que pasaba en su asteroide, no podía apartar de su cabeza el cuerpo de Rosaura. Ella no lo sabía, pero Virgan desechaba modelos porque sentía que estaba tomando la senda equivocada, que si seguía de aquella o de la otra manera no reflejaría la verdad de lo que estaba viendo. Y se daba cuenta de que veía más de lo que podían mostrarle sus ojos.

A veces se acercaba a ella, y, aunque estaba subida en una plataforma, la examinaba desde su mayor altura. La joven subía los ojos, las miradas se cruzaban, y cada vez le aguantaba más tiempo. Posaba desnuda con naturalidad, pero voluptuosa, como bañada en un aura de tenue lascivia. Virgan aceptaba el juego. Cuando la distancia era muy corta, dilataba las ventanillas de la nariz, venteando el perfume de Rosaura de tal manera que ella lo viera y supiera que despertaba en el reacciones primarias. Lo cual era cierto. El calor en sus ijares empezaba a ser inquietante, y a veces, cuando ella ya no estaba, se descubría perdido en fantasías muy alejadas de los intereses artísticos.

La imagen de Rosaura se estaba convirtiendo en una obsesión y la obra no avanzaba. Pensó en tomarse unos días libres en Nínive y trató de localizar a Steel. Los rasgos casi grotescos del matemático y su figura desgalichada parecían el mejor antídoto. Pero ya no se encontraba en el sistema, y tampoco estaban el resto de sus conocidos. En realidad, no los buscó con demasiado interés.

Y llegó el día inevitable. Rosaura entró sofocada. Arrebolada, su rostro era aún más adorable. Llevaba un vestido negro, ajustado a sus formas como la mirada de un amante, y en la suave gravedad que había ajustado Virgan para aquel día sus senos se balanceaban en un ondular premioso, desacompasado con la agitación de sus palabras.

—¡Descargada! ¿Usted puede creerlo? Podría haberme estrellado contra este maldito asteroide si…

Virgan escuchaba sin oír, distraído en despojarla mentalmente del vestido y hacer experimentos con aquella ondulación, de modo que tuvo que pedirle que empezara de nuevo.

—¡Pues que el ordenador de la nave me dice que la unidad de energía está prácticamente descargada y que no debo moverla hasta que consiga otra unidad!

Por supuesto, la unidad de energía de aquel vehículo era incompatible con cualquier sistema de recarga de que dispusiera Virgan en su asteroide. Y, también por supuesto, la nueva unidad que había encargado Rosaura no llegaría hasta cuarenta y ocho horas después.

—Así que me temo que tendré que alojarme aquí hasta entonces.

El plan de Rosaura no era ni mucho menos perfecto: Virgan tenía su propio vehículo intersistema, que hubiera podido prestarle hasta que llegara la nueva unidad. Pero le pareció de una crueldad innecesaria frustrar tan candorosa malicia, de modo que ordenó a los servos que prepararan una estancia para la joven.

—¿Tiene alguna preferencia alimenticia?

Rosaura negó con la cabeza, mientras se despojaba del vestido como al desgaire. Por primera vez, Virgan apartó la mirada, avergonzado. Desde fuera, se observó a sí mismo y se dijo que la situación se estaba volviendo tal vez excesivamente interesante. Pero debía apurar la copa del peligro hasta los posos si quería seguir disfrutando del juego.

—¿ Empezamos ?

Ella ya estaba desnuda, con los brazos en jarras. Cada día venía más morena, con un bronceado que no parecía artificial. Virgan se la imaginó tomando el sol sin ropa, en una playa de Nínive, bajo las miradas de otros hombres, y aquel pensamiento le excitó y a la vez le molestó.

Trabajó durante un par de horas en un bloque que llevaba modelando ya cuatro días y que parecía más prometedor que los anteriores. Ya habían brotado de su interior los brazos y el arranque de los senos, y la cabeza estaba en apunte, aún vacía la mirada. Sus dedos moldeaban la plastipiedra con furia, ajenos a su voluntad, y los antebrazos empezaban a agarrotársele antes de lo acostumbrado. En un momento, su mano se cerró sobre el pecho de la escultura y apretó con avaricia, hasta clavar los dedos y estropear la forma. ‘«Mierda», susurró, y se escondió un momento detrás del campo difuminador para que Rosaura no viera su frustración. Pero ella le había oído.

—¿Hay algún problema?

—No, ninguno.

—La verdad, me gustaría que me dejara ver cómo va la obra. Creo que ya llevamos bastante tiempo como para que los avances sean visibles.

Ella estaba sentada en el suelo y apoyada en los codos, con el torso hacia atrás. Coquetamente, hundía el vientre al hablar, aunque no hubiera sido necesario, pues no había en él partícula de grasa.

—Ya le dije que ésta era mi manera de trabajar.

—No lo dudo, pero yo pago, y me gustaría comprobar que está gastando mi dinero en algo útil.

Virgan rezongó entre dientes y contuvo los deseos de tirar la estatua de una patada. Estaba sudando, aunque la temperatura que había ajustado era muy suave. Se despojó de la camiseta, se enjugó el sudor con ella y la arrojó a un rincón. La prenda cayó lentamente, como una pluma de ave en aquella gravedad. Virgan se volvió hacia Rosaura, que estaba observando su torso con gesto apreciativo. Se sintió juvenilmente halagado.

—Hay días en que las cosas no avanzan demasiado —reconoció—. ¿Quiere descansar y tomar algo? Yo estoy muerto de sed.

—Lo que tome usted.

Rosaura se cubrió con una sábana y aceptó la cerveza que le ofrecía Virgan. Bebía con sorbitos huidizos, como un pájaro en un estanque. Virgan apuró su jarra en dos tragos y se limpió la boca con el dorso de la mano. Los ojos le lagrimeaban por el picor en la garganta, y aun así pensó en otra cerveza. Pero mejor seguir sobrio, al menos por el momento.

—¿La inspiración le falla hoy?

—Tal vez. Pero, como ve, la sustituyo con transpiración.

Ella se rió, espontánea por una vez, y pareció aún más joven, casi una niña. Virgan sintió una súbita ternura que debía provenir de lo más hondo del arcón del olvido. Caminaba ya casi al borde del precipicio.

—Póngase de pie.

Ella obedeció, con gesto intrigado. Virgan se acercó despacio, se quedó a dos palmos de ella y con dedos neutrales como pinzas levantó la sábana y la dejó caer a un lado. El cuerpo de Rosaura estaba tan cerca que le llegaba su cálido olor de juventud. Los ojos de ella quedaban a la altura de su pecho, una altura muy tentadora para un abrazo casi paternal, pero se contuvo.

—Le dije un día que necesitaba sentir su tacto en mis dedos. Eso es lo que falla— comentó, mientras se arrodillaba junto a ella y acercaba las manos a sus piernas.

—¿No será un pretexto para…?

—Calle un momento.

Virgan detuvo las palmas de sus manos a un milímetro de la piel dorada de su modelo. Allí sentía su calor e intuía su suavidad. Muy despacio, siempre sin tocar, las manos empezaron a subir, bordearon las rodillas, amasaron los muslos en un masaje sin contacto, treparon por las caderas voluptuosas, midieron la angosta cintura. El vientre de Rosaura se escondía hacia dentro, pero ya no era la coquetería el motivo, sino contracciones que apenas podía controlar. A unos centímetros, los ojos de Virgan apreciaron cómo la respiración agitaba los pechos en movimientos cortos, casi espasmódicos, pero cuando sus manos formaron una copa sobre ellos los detuvieron con su extraño magnetismo, el escultor apretó un segundo los dientes, tentado de cerrar los dedos y sentir aquella piel que soñaba noche tras noche. Siguió su camino, trazó círculos sobre los hombros, con las piernas medio flexionadas se miró en los ojos de ella, por primera vez a su misma altura. En sus iris de ámbar se sintió un insecto prehistórico, a punto de quedar atrapado durante eras, y se dio la vuelta y se alejó de ella para poder apartar la mirada sin que lo notara.

A pesar de que no había visto en sus ojos otra cosa que no fuera muda adoración. O tal vez, precisamente por ello.

A su espalda, oyó un profundo suspiro. La mano de Rosaura se posó en su espalda, con suavidad de pluma, pero ese primer contacto entre ellos le sobresaltó. Se volvió y de nuevo la miró a los ojos, pero ahora había recuperado su estatura, un torreón de seguridad. Ella estaba muy tensa, casi temblaba, y de mala gana retenía su mano para no tocarle más.

—¿Eso es todo?

Virgan encogió sus hombros rocosos. Pero la indiferencia se acababa en el gesto. No podía apartar la vista de los labios de Rosaura, que se entreabrían sin poder creer que sus deseos fueran a quedar frustrados. Su perfume le llegaba más intenso que nunca, y desde la nariz se filtraba directamente a las zonas más animales de su cuerpo.

—Creo que… he captado el volumen.

—¡Maldito hijo de puta! —restalló ella, y le dio un bofetón. La expresión había cambiado: en pocas mujeres había visto Virgan un odio tan genuino, y no pudo evitar sentirse halagado.

—Me temo que no comprendo nada, señorita Dantres.

—¡Lo comprendes perfectamente, y deja de llamarme así!

—Tal vez tenga alguna… vaga idea. Pero si me hablara claro, sabría qué es lo que se espera de mí.

—¡Maldita sea, jamás un hombre me había excitado tanto! ¡Termina lo que has empezado!

Virgan renunció a la comedia, y ambos hicieron lo que desde aquella primera vez en la fiesta habían deseado hacer.

La unidad de energía no tuvo que llegar de Nínive, puesto que nunca se había descargado. Pero Rosaura permaneció en Urgat no cuarenta y ocho horas, sino cuatro semanas, durante las cuales Virgan se dedicó fundamentalmente a la escultura, el sexo y el reposo. Fue durante estos momentos de descanso, abrazados y desnudos los dos, brazos y piernas entrelazados, cuando aprendió a conocer a Rosaura. Ella le confesó que se había enamorado a los trece años, leyendo el libro que había escrito Ulma Stcrrit sobre él y su obra. «¿Por qué?», preguntaba Virgan (como todos los amantes, solía repetir esa pregunta aunque ya sabía la contestación), y ella le contestaba: «Porque parecías tan fuerte y tan seguro como una montaña, como si el resto del mundo pudiera desaparecer y tú en cambio permanecer inmutable.» Virgan cosquilleaba sus pechos, o pasaba el dedo por las aletas de su nariz, por aquellos cartílagos que le fascinaban. «¿Y qué opinas ahora?» Ella sonreía pícaramente. «No has sido tan fuerte como esperaba. Te has rendido a mí. Porque tú me quieres, ¿verdad?» Virgan contestaba con toda seriedad: «No contestaré a esa pregunta sí no es delante de mi abogado.» No podía decir si estaba enamorado, al menos no con la pasión que demostraba ella, pero a veces cuando se besaban sentía que un calor muy peligroso crecía en ondas desde su vientre y derretía sus articulaciones.

Descubrió en Rosaura a una mujer calculadora y racional que se fijaba las metas y las perseguía con tenacidad, sabedora de los medios para alcanzarlas. Conocía bien sus virtudes y sus defectos, y en sociedad explotaba aquéllas y disfrazaba éstos. Sabía frenar casi siempre su temperamento, brioso como el de un potro, pero en la intimidad no tenía demasiados reparos en soltarlo. Virgan no tomaba sus enfados demasiado en serio, y esto aún la irritaba más. Era muy orgullosa, pero ante él se había rendido con armas y bagajes. No soportaba perder a ningún juego. Era muy rápida en el ajedrez: habitualmente barría a Virgan del tablero antes de que él pudiera disponer sus defensas. Pero algunas veces se equivocaba y perdía, y entonces era capaz de retirarle la palabra durante horas. Luego aparecía detrás de él, mientras estaba trabajando, le masajeaba los hombros y le besaba en el cuello, señal de que la tempestad había pasado. Virgan nunca se enfadaba con ella. Era tan joven que la veía casi como una niña, y le encantaban su ardor, sus ganas de vivir, su falta de cinismo.

En el sexo era espontánea y apasionada. Disfrutaba de su cuerpo y ayudaba a Virgan a aprender las caricias que podían brindarle placer. También deseaba físicamente a su amante con una sinceridad que Virgan nunca había visto en ninguna de sus parejas. Ante Rosaura se sintió joven y fuerte de nuevo, libre del peso de trescientos años.

En una ocasión en que hicieron el amor con particular violencia, ella se quedó dormida con la cabeza sobre el antebrazo de él. Virgan estaba incómodo, pero el sueño de Rosaura era tan plácido que no osó despertarla y aguantó durante más de una hora simplemente mirando su rostro. Al hacerlo descubrió algo dentro de sí que le asustó. No era una sensación olvidada: era una que jamás había conocido. Se había enamorado de ella.

Por supuesto, no pensaba decírselo. No quería que una mujer tuviese tanto poder sobre él.

Pero ella lo descubrió en cuanto abrió los ojos y capturó los de él. Y Virgan el artista no tuvo otro remedio que confesar.

La poetisa Vilyana Urumam había escrito en una de sus odas que, por larga que fuese la vida de un hombre, forzosamente habría de llegar a un punto culminante tras el cual todo fueran experiencias inferiores y un prolongado declive hacia la mediocridad. (Como para corroborar su afirmación, había dejado de componer versos cincuenta años atrás y ahora se dedicaba a explotar su red de restaurantes en el sistema de Centauro.) De ser cierto, Vírgan podía localizar con precisión el momento de su akmé: la exposición en Sotería, el centro de recreo más caro y aristocrático del Sistema Solar.

Sotería era un cometa cuyo corazón había sido perforado para hacerlo habitable y, sin ninguna peculiaridad digna de mención, se limitaba a continuar su viaje alrededor del Sol en una órbita más bien aburrida y sin vistas espectaculares. Pero por alguna de esas impenetrables razones que guían el comportamiento humano, se había convertido unos seis años atrás en el lugar de moda y seguía siéndolo. Sólo poner el pie en él costaba el equivalente en dinero a una pequeña planta de fusión nuclear; tal vez ése fuera su mayor atractivo. La firma que lo explotaba había decidido organizar en él una exposición de toda la obra de Virgan, a pesar del enorme coste que suponía transportar sus creaciones desde otros sistemas solares y pagar los correspondientes alquileres y fianzas a sus respectivos dueños. Virgan aceptó, sin sospechar que tras los sonrientes propietarios de Sotena estaba la alargada mano del Pantócrata, que era el propio Radniakós quien había ordenado que se celebrara la exposición para tenderle una trampa.

Recordaba aquellos días como una mezcla imposible de lucidez y sueño. Se había encontrado de nuevo ante obras suyas que no veía desde siglos antes y descubrió que le parecían salidas de las manos de otro artista. El mismo número de sus creaciones, cuyo catálogo jamás se había molestado en revisar, le sorprendió. Algunas obras no las recordaba siquiera; no era de extrañar, puesto que Malina le señaló que parte de ellas eran hábiles imitaciones de otros artistas. «Y tan hábiles —comentó Virgan— me podrías haber convencido de que eran mías.» «Creo que deberías hacer que te reforzaran la memoria», le aconsejó su agente.

No había quedado VIP en ningún sistema, por alejado que estuviese, sin visitar la exposición. Los comentarios de todos los críticos habían sido elogiosos, incluso los de los pocos que entendían algo de arte. Y, para que su felicidad fuese absoluta, Rosaura estaba con él.

El penúltimo día de exposición se anunció un honor inesperado, del que sólo Adela Regno, compositora de la ópera La Re-Creación, podía alardear: al día siguiente acudiría a contemplar las obras de Vírgan el mismísimo Pantócrata del Sistema Solar, Radniakós. Como si Dios Padre en persona hubiera bajado a admirar los frescos de la capilla Sixtina.

Por supuesto, Dios Padre no hubiera descendido en toda su infinita e intangible majestad pudiendo servirse como vehículo del cuerpo de algún mortal. De la misma forma, en el espectacular séquito no viajaba el propio Radniakós, sino la encarnación que había elegido en aquellos últimos tiempos. A Virgan le satisfizo el gusto dramático de Radniakós. El Pantócrata había elegido a un niño de unos ocho años que se desplazaba en un palanquín transportado por ocho gigantescos marcianos. (Porteadores absolutamente innecesarios en aquella gravedad casi nula.) El atuendo multicolor de ellos contrastaba con la desnudez del niño, que permanecía sentado en la posición del loto, vestido de cielo como un santón de la antigua India. Sus párpados estaban innaturalmente cerrados y su expresión tenía el hieratismo de una máscara funeraria. En medio de la frente le había sido injertado un ojo ciclópeo, gelatinoso, que bailaba de aquí para allá con movimientos nerviosos, absorbiendo la información que sin duda viajaba en un haz taquióníco hacia el universo privado del Pantócrata.

Junto a la litera venían cuatro Consagrados, dos armados con alabardas y los otros dos con ballestas láser, enormes en sus negras armaduras, y, al frente de ellos, el mortal más poderoso del Sistema Solar: Glota, la Voz del Pantócrata. Andaba con paso solemne, arrastrando una capa de púrpura oscura y reforzadas su natural estatura y corpulencia por el impresionante servotraje negro. Pero los ojillos pequeños y mezquinos traicionaban la impresión de majestad que quería transmitir. Glota sólo era poderoso porque Radniakós lo había elegido así, y si el Pantócrata cambiaba de opinión, lo aplastaría como a una polilla, del mismo modo que había hecho con otros favoritos.

La imponente comitiva se fue deteniendo frente a varias de las obras de Virgan, y la Voz del Pantócrata comentó elogiosamente algunas de ellas, expresando unas veces sus propias opiniones y otras las de su señor.

Cuando llegaron ante Bisagaistha, el ojo-sensor instalado en la frente del niño dejó de bailar y se detuvo con interés. Virgan se apartó para que pudiera apreciar mejor la obra, y al hacerlo casi tropezó con Rosaura. Ella le animó con una caricia furtiva en el antebrazo.

—Mi señor quiere saber si esta obra tiene ya propietario.

Cuando Glota hablaba por su señor no podía evitar engolar la voz. Vírgan lo encontraba divertido, aunque se abstuvo de demostrarlo.

—No… En realidad sí. Pertenece a mi propia colección.

Por primera vez, la cabeza del niño giró y el ojo se centró en Rosaura. Virgan sintió una difusa inquietud e interpuso el cuerpo para cubrir a su amante.

—¿No está en venta, entonces?

—Me es una obra muy querida. Querría guardarla para mí mismo —contestó con cautela. Obviamente, si el Pantócrata se interesaba en adquirir Bisagaistha, o en que se la regalara, no tendría más remedio que acceder.

No había expresión ni en el rostro del niño ni en el ojo-sensor, pero a Virgan le parecía distinguir la línea de su mirada, como un haz apenas visible de avariciosa luz.

—Mi señor te podría pagar muy bien.

—No lo ignoro. —Virgan amagó una inclinación, que ni él mismo sabía si venía al caso—. En realidad, para mí sería suficiente honor el saber que una de mis piezas pertenece al magnífico señor Radniakós. Si desea cualquier otra obra que esté en mi mano regalarle…

Glota, la Voz del Pantócrata, sonrió con crueldad, un gesto muy humano que obedecía a su propia voluntad, y se acercó a Virgan un par de pasos, tratando de impresionarle con su tamaño. Pero el artista, que no era precisamente hombre de pequeña estatura, le miró fijamente a los ojos durante unos segundos más de los que admitía el protocolo.

—No obstante, a mi señor le gusta más esta obra. ¿Cuál es su título?

—Bisagaistha.

—¿Algún significado?

—Me gustó la combinación de sonidos. Nada más.

El niño seguía inmóvil en su palidez de cera, pero algún pensamiento debió llegar a Glota, porque se volvió hacia él y luego de nuevo a Virgan.

—La mujer que te acompaña… ¿es la que ha posado para esta estatua?

Virgan trató de interponerse aún más entre el séquito del Pantócrata y Rosaura, pero ella, fiel a su vanidad de modelo, dio un paso a la izquierda para mostrarse a los ojos de Glota y al gelatinoso visor encastrado en la frente del niño.

—Exactamente.

—Mi señor opina que ni la obra desmerece a la modelo ni la modelo a la obra.

—Haz el favor de transmitirle el mayor de los agradecimientos. Me siento muy honrado.

Glota acercó su rostro al de Virgan y con voz serpentina silabeó para que sólo el artista pudiera escucharle.

—Y yo opino que eres un cretino arrogante, mi querido tallador de piedras. Tal vez acabarás mejorando tus modales.

Virgan apretó los dientes y deseó la oportunidad de encontrárselo sin el servotraje.

La Voz hizo un gesto con la mano y los porteadores se encaminaron hacia la salida de la exposición, deteniéndose un par de veces para que su señor recibiera el homenaje de algún alto funcionario. Vírgan suspiró, con la sensación de que de nuevo había más aire en el asteroide.

—¿Qué tontería se te ha ocurrido ahora? —le recriminó Rosaura, en un tono algo más alto de lo que demandaba la prudencia—. Te has comportado como un estúpido. Deberías haberle regalado la obra en cuanto te lo insinuó, y en vez de eso has tenido que pavonear tu orgullo masculino como un…

—Otras veces elogias ese orgullo masculino, mi niña.

—¡Estamos hablando de un Pantócrata, Virgan! ¿Es que no lo comprendes? Virgan levantó un dedo, conminando a Rosaura para que se callara. Se le había erizado el vello de la nuca, y eso significaba que algo malo iba a suceder. Muy despacio, se volvió hacia la puerta principal, y vio que la comitiva del Pantócrata se había detenido antes de salir y que Glota les miraba con una sonrisa cruel.

—Creo que es mejor que salgas por la puerta de servicio —susurró al oído de Rosaura.

Ella arrugó el ceño y frunció los labios en un gesto que, si otras veces encontraba adorable, en esta ocasión le irritó.

—Me gustaría saber qué demonios te pasa.

—Calla y sal. ¡Rápido!

Rosaura vio la gravedad en la expresión de Virgan y se volvió hacia una galería lateral que conducía a la salida de servicio. Su movimiento quedó congelado cuando una voz retumbó por toda la sala de exposiciones:

—ROSAURA DANTRES…

Si durante la visita de la comitiva divina el nivel de ruidos había descendido a un respetuoso murmullo, ahora se hizo un silencio absoluto. La voz había salido del niño desnudo, y el ojo gelatinoso había adquirido un vivo color rojo y de él empezaba a brotar un zarcillo luminoso que, decidido, recorría la sala como un tentáculo, buscando a una persona determinada. Los Consagrados encendieron sus deslizadores de bota y, como una sola exhalación negra, cruzaron silbando la sala para formar un círculo amenazador alrededor de Virgan y la joven modelo.

—TU BELLEZA HA ENCONTRADO GRACIA ANTE TU SEÑOR.

—Hijo de puta —masculló Virgan, temiéndose lo que iba a suceder. Los porteadores volvieron con el palanquín, a paso más ligero, y a su lado, ondeando satisfecho la capa con los microventiladores del traje que sustituían al inexistente viento, la Voz del Pantócrata.

—Creo, mi querido amigo, que mi Señor ha cambiado de opinión. Ya no está interesado en adquirir esa obra tuya.

—Una lástima. Había pensado en ofrecérsela como presente. —Virgan intentó que su voz sonara sincera, pero no pudo evitar que pareciera una burla desafiante.

—En ese caso, supongo que te sentirás aún más honrado al saber qué presente quiere ahora.

Virgan volvió la mirada a Rosaura. Había pavor en los ojos de la joven. Virgan no necesitaba de espejo para ver la desesperación en los suyos. Nunca había sentido ese gélido puñal en las entrañas, pero lo reconocía como pánico.

Glota sonrió, y las comisuras de su boca destilaron oscuras gotas de sangre. Escenografía, como todo lo que rodeaba a los Pantócratas, pero, puesto que estaba apoyada por una amenaza de poder real, muy eficaz.

El niño desnudo extendió torpemente una mano, tendiéndola hacia Rosaura. Virgan estrechó a la joven en sus brazos y trató de apartarla, pero un fortísimo golpe en las corvas le hizo perder el equilibrio. Antes de que pudiera levantarse, la bota reforzada de un Consagrado se clavó en su estómago. Mientras boqueaba desesperado, vio cómo Glota tomaba a su amante por el brazo y la acercaba gentilmente a la litera.

No había testigos. La sala había quedado desierta. Probablemente la mitad de los invitados había abandonado ya el cometa, muertos de terror.

Virgan hizo un esfuerzo sobrehumano y se levantó pese a que apenas podía respirar. Los Consagrados parecían dispuestos a jugar con él. Uno le había golpeado con la alabarda y otro con la bota, y un tercero levantaba parsimoniosamente el puño, dispuesto a descargarlo sobre él. Virgan fingió un momento de estupor, como la presa sacrificial a punto de recibir la segur, y cuando el Consagrado lanzó el golpe, se deslizó bajo su brazo, lo levantó en vilo y lo arrojó contra sus compañeros. En aquella gravedad casi nula, dos de ellos cayeron como bolos. Pero el propio Virgan se tambaleó, incapaz de evitar el principio de acción y reacción, y no pudo esquivar el golpe que le dio el cuarto Consagrado bajo las costillas.

Esta vez no llegó a levantarse. Cuando aún estaba de rodillas, una tenaza se cerró sobre su mano derecha y le hizo aullar de dolor. Era el servoguante de Glota, retorciendo despiadadamente sus dedos. Virgan le miró a los ojos con todo el odio que pudo concebir, pero a cambio sólo obtuvo más dolor.

—Estúpido mortal —le escupió la Voz—. Ahora mismo podrías ser desintegrado protón a protón por el poder de mi Señor. Tus obras y hasta tú mismo recuerdo desaparecerían de este universo y de todos los posibles.

Su mano estaba a punto de romperse, pero Virgan se mordió los labios. Retenida junto al palanquín por alguna fuerza inexorable, Rosaura observaba la escena como si se hallase a años luz de ella.

—Ahora te quedarás aquí, de rodillas, y nos verás salir con ella —prosiguió Glota—. Y darás gracias por la clemencia de tu señor Radniakós, que ha elegido a esta mujer para él y que sin embargo no te aniquila por haber puesto alguna vez tus indignas manos sobre ella.

—Pero —añadió—, esas indignas manos han de recibir su castigo.

Hubo un espantoso crujido y Virgan supo, antes de sentirlo, que no había quedado en sus dedos un hueso intacto. Luego vino el dolor, un fogonazo que restalló por todos los nervios de su cuerpo, y se derrumbó en el suelo de aquella sala del cometa Sotcría. Y lo último que vio antes de perder el conocimiento entre sus propios gritos fue el palanquín que se alejaba, y la espalda de Rosaura, que no pudo o no quiso dirigirle una última mirada.

Durante veinticuatro horas, las mismas que tardó su mano en curarse dentro de la medicaja, Virgan repasó las posibilidades que tenía de recobrar a Rosaura enfrentándose con el más poderoso de los Pantócratas. La cifra se aproximaba lastimosamente a cero. En su larga vida había hecho muchos contactos y había atesorado el derecho a favores devueltos, pero por altas que fueran sus influencias sabía que nadie se atrevería ni tan siquiera a interceder por él. Sólo tenía que recordar el vacío que le habían hecho en Sotería después del incidente. Nadie había hablado con él, excepto las autoridades del puerto para dar salida rápida a su saltador privado.

¿Hacia dónde dirigir su nave, pues? Cualquiera de sus domicilios habituales le recordaría a Rosaura, y no tenía intención de retirarse a lamer sus heridas. «En cuanto pueda sacar la mano de la caja…» Con cierta admiración volvió a examinar el cubo gris de ultrametal que ocultaba su mano. Dentro de él, una serie de conexiones eléctricas y químicas rehabilitaban sus dedos rotos, nada que no hubiera podido crear la tecnología humana. Lo milagroso era que en el pequeño dominio de la caja el tiempo transcurría cincuenta veces más rápido que en el exterior, con el fin de acelerar el proceso de curación. Un regalo de la ciencia de los Pantócratas para el uso de los humanos, pero no para su conocimiento.

Alguien solía quejarse, indignado, de que los Pantócratas acapararan la ciencia del tiempo y del espacio. ¿Quién era? Virgan entrecerró los ojos y recordó. Una persona que sufría de una particular pantocratofobia, que parecía lo bastante excéntrica para intentar cualquier cosa y que además le había dicho en una ocasión: «Daría cualquier cosa por entrar en el Universo Privado de un Pantócrata.» Milman Steel, el matemático frustrado, ahora programador. «Un programador de verdad siempre puede ser útil», añadió para sí, cebando sus raquíticas esperanzas mientras se dirigía al comunicador y solicitaba un número en el banco de información.

Se encontraron en la Pinacoteca de Ulmatar, un sistema muy alejado de la satrapía de Radniakós. Virgan confiaba en que nadie le seguiría. (¿Quién habría tan loco para concebir la idea de que él planeara oponerse en algo a un dios?) Con todo, por no llamar la atención en aquel lugar, había caído en la indignidad de ponerse una peluca, unas lentillas azules y una perilla que hacía juego con su bigote. La idea de afeitarse éste se le había pasado por la cabeza, pero no durante más de un segundo. ¡No había bigote más fiero en cincuenta sistemas solares!

Steel se estaba columpiando perezosamente en un campo suspensor que formaba parte de la misma obra que estaba admirando. Virgan se acercó a él sin prestar atención a aquel trabajo, que pertenecía a un colega por quien no sentía demasiado aprecio.

—Steel, me alegro de verte.

El matemático bajó desgarbadamente de su inmaterial asiento y le estrechó la mano. Solía excederse en el apretón, más por torpeza que por energía; pero la mano de Virgan había recobrado su fuerza habitual y apenas lo sintió.

—Has cambiado bastante tu imagen, Virgan.

—Pues tú no, la verdad.

—Se ve que soy una persona reacia a las modas. Pensé que a ti te sucedía lo mismo.

Virgan se quedó un segundo extasiado con las subidas y las bajadas de la nuez de Steel. Seguía pensando que en él, en toda su persona, había ritmos y formas que no cuadraban. Si alguna vez tenía tiempo, sería un modelo interesante para una escultura de Huido.

—Siempre nos hemos encontrado por casualidad. Es la primera vez que me llamas adrede. Ese interés por verme ahora, en persona, viajando más de quinientos años luz, ¿a qué obedece?

—Dime… ¿Sigues sintiendo el mismo cariño por los Pantócratas que cuando te defenestraron?

Steel tragó saliva y miró nervioso a los lados. No había demasiados turistas en la exposición y, en cualquier caso, nadie parecía interesado en ellos.

—Sólo esa frase explica por qué no has querido hablar por el teletac… y esa horrible perilla. Contestaré a tu pregunta: cada vez les tengo más cariño. Pero no añadiré nada hasta que me cuentes para qué has venido a verme.

Mientras desfilaban con paso maquinal ante los cuadros, los sensorios y los kinotclares, Virgan le habló de la exposición en Sotería, la visita del Pantócrata y el rapto de Rosaura. Steel escuchaba asintiendo con exagerados movimientos, tan atento a las palabras de Virgan que casi se empotró con una de las palmeras que decoraban la sala.

—De modo que ahora los todopoderosos dioses se dedican a raptar a las mujeres mortales. ¡Lo que les faltaba! Y todavía, a pesar de que todas las evidencias están en contra, hay quienes intentan convencernos de que son más que humanos. ¿Te imaginas a una inteligencia pura secuestrando doncellitas para el fornicio?… Perdón, no quería decir eso.

Puesto que era casi la hora de la comida, Steel propuso ir a un figón bastante escondido en el que solían almorzar transportistas y mineros del sistema. Llegados allí, mientras daban cuenta del primer plato, semiocultos en un rincón oscuro y cubierta su conversación por las ruidosas voces de los clientes habituales, el matemático interrogó al artista sobre sus intenciones.

—Quiero llegar hasta el Pantócrata y recuperar a Rosaura. Steel silbó entre dientes.

—Tus pretensiones parecen un tanto desmedidas. Llegar hasta un Pantócrata es imposible a menos que él quiera… Quitarle algo que está en su poder, aún peor.

—Yo estoy dispuesto a perder lo que sea.

—«Lo que sea» suele significar «la vida».

—La vida, si hace falta. Me parece patético aferrarse a ella cuando hay cosas más importantes.

—Que por desgracia no se pueden disfrutar sí no se cumple el requisito de estar vivo.

El matemático sacudió la cabeza, bajó la mirada y se concentró en su plato, una especie de langosta alienígena en salsa negra de aspecto poco prometedor. Virgan, algo adormilado por la botella de vino que se había trasegado casi entera y la monótona música shan que sonaba en el restaurante, empezaba a pensar que se había equivocado de hombre. Pero de súbito Steel levantó un dedo, al que siguió, un segundo desacompasada, la mirada.

—Si quieres subir al Olimpo en busca de tu Rosaura, tendrás que encontrar la puerta. ¿Sabes ya dónde está?

—Para eso he recurrido a ti. Tú eres el matemático.

—¡Pero no el mago! ¿Cómo podemos encontrar un lugar que está fuera de todo lugar?

Virgan se encogió de hombros. Sabía que le esperaba una perorata sobre física y se aprestó a resistirla pidiendo otra botella de vino a una camarera que tenía tres brazos. «Qué falta de gusto —pensó—. Tres pechos habrían sido más discretos.»

—El problema es que no hay puerta que encontrar, porque cada lugar es tan bueno o tan malo como cualquier otro para entrar en el Universo Privado de un Pantócrata. Es como hallar el País de las Hadas: siempre está justo más allá del horizonte, pero no hay manera de llegar a él porque por definición no se puede alcanzar el horizonte,

—¿Te he hablado alguna vez de las cuerdas?

Virgan asintió. No añadió que durante esa conversación el estado de ambos era lamentable. Para recrear mejor el ambiente de aquella noche, rellenó las copas de ambos.

—La verdad es que desde antes de los Pantócratas ya se sabía que la base de todo eran unas entidades irreductibles a las que se llamó «supercuerdas», porque el de una cuerda parecía el modelo más apropiado para ellas. Todas las partículas conocidas se podían explicar cómo distintas vibraciones y oscilaciones de estas cuerdas. ¡Por fin la arkhé de todo!

»Pero nadie sabía manejar una cuerda. ¿Qué es lo que les imprime sus vibraciones, lo que determina, por decirlo así, en qué nota suenan? De alguna manera, cuando nosotros bombardeamos una partícula con otra estamos alterando las vibraciones de las cuerdas, pero es como tocar un piano a martillazos. ¿Me sigues?

—Más o menos.

Mientras daba cuenta del segundo plato, un asado que parecía desaparecer entre sus fauces como por arte de magia, Steel añadió que los Pantócratas dominaban el secreto de hacer oscilar las cuerdas en tal número que introducían no ya cambios subatómicos, sino alteraciones en la misma textura del espacio-tiempo. De ese modo podían abrir grietas en él por las que viajar de una estrella a otra casi instantáneamente. Y, aún más sorprendente, eran capaces de crear, a partir de esas grietas, enormes burbujas que no ocupaban sitio material en el universo exterior, pero que por dentro podían crecer hasta magnitudes tal vez ilimitadas.

—Aquellas dimensiones que quedaron enrolladas sobre sí mismas en el Big Bang, ellos parecen capaces de estirarlas a su conveniencia. Eso los convierte en dioses de sus propios universos.

—¿Entonces qué interés pueden tener en seguir en contacto con nosotros?

—¿Tal vez sentirse superiores a los mortales y raptar lindas mujeres, como hacían los dioses olímpicos? —Steel meneó la cabeza—. Sospecho que sus burbujas deben permanecer abiertas de alguna manera porque cerradas serían muy inestables, aunque parezca paradójico. De todas formas, en realidad no tengo ni idea. Cuando me cerraron el departamento estaba empezando a acercarme a un modelo de burbujas inestables… ¡Y desde arriba acabaron con todo! No me dejaron conservar ni mis notas, y ahora mismo no dispongo de suficiente potencia informática para repetir aquellos cálculos.

—¿Cómo dices? ¿No trabajas de programador?

—Pero estoy muy vigilado. He cometido todos los desmanes y tropelías posibles en un ordenador, incluyendo borrar registros de más de uno. Asesinato puro, vamos. —Virgan se estremeció, pero Steel pasó por encima de su propio comentario como si se tratara de un cálculo sin importancia—. Pero sé que si tratara de introducir la más mínima ecuación… — Hizo un gesto expresivo a la altura de su prominente nuez.

Virgan sintió una repentina melancolía y apartó el plato. Aquel lugar, aquella comida, le trajeron recuerdos de ocasiones similares que había compartido con Rosaura; la convicción de que jamás volvería a sentarse frente a ella y quedarse embelesado mirándola a los ojos había prendido un garfio en su estómago.

—Entonces no hay manera de llegar a ella… —murmuró para sí. Pero Steel sacudió la cabeza vigorosamente.

—Por mi experiencia, sé que casi siempre existe una manera posible de hacer las cosas. Lo único que hay que hacer es descubrir cuál es —consultó su reloj—. Creo que es un buen momento para irme. Pensaré en tu problema, Virgan, y si encuentro alguna solución, mañana a esta hora me podrás ver aquí mismo.

Sin esperar el asentimiento del artista, se levantó y salió del restaurante con sus zancadas largas y nerviosas. Virgan se preguntó si al día siguiente lo volvería a ver. Aunque sólo fuera para que esta vez pagara él.

No pudo dormir en toda la noche. Los viajes a otros planetas solían desvelarle. No dejó de dar vueltas en la cama conjurando la imagen de Rosaura, cuyo recuerdo empezaba a convertirse en el sueño de algo que tal vez nunca había sucedido. Alumbró mil planes descabellados para recuperarla, hasta que el menor de los soles de aquel sistema doble asomó por el horizonte. La luz del día, ligero alivio, ofrecía al menos la posibilidad de levantarse y salir a pascar. Ulmatar era un planeta frío, habitualmente barrido por vientos que invitaban a refugiarse en las casas; pero Virgan se arrebujó en su capa y recorrió las intrincadas callejuelas de la ciudad sin rumbo fijo, esperando durante una mañana interminable a que llegara la hora de comer.

Abstraído, entró sin darse cuenta en una zona de proles. Cuando la miseria del lugar, la suciedad de las calles y el desaliño de las casas le llamaron la atención, ya no sabía ni por dónde retroceder. Durante una media hora disfrutó del paseo, complacido en la belleza de la fealdad y el abandono, tanto en los edificios como en las personas que se cruzaban con él y le miraban hostiles y sorprendidas. El barrio no era demasiado distinto de otros similares en la Tierra, en Rezbo, en Arquías. «Los Pantócratas podrían acabar fácilmente con esto», se dijo. ¿Por qué no lo harían? Tal vez era un favor que hacían a las elites humanas, para que pudieran seguir sintiéndose elites.

—¿Tienes fuego?

Una mano enguantada y claveteada se había cerrado en el borde de su capa. Virgan bajó la mirada y se encontró con tres jovenzuelos de aspecto pretenciosamente amenazador.

—Nunca he fumado.

—No te he preguntado si fumas. Te he dicho si tienes fuego —silabeó su interlocutor, arrastrando las sílabas de una forma que parecía universal en los proles.

Virgan apretó la mano del muchacho, hasta que comprobó por su gesto que estaba a punto de romperle los huesos, y le apartó con facilidad.

—Lo siento. No había entendido tu pregunta. Tampoco tengo fuego.

Siguió su camino sin mirar atrás. Por los rostros de los dos compañeros, sabía que no pasarían a la acción sin orden de su cabecilla; y éste se encontraba demasiado ocupado masajeando su mano dolorida para pensar en otra cosa.

Gracias a las indicaciones de un par de guardias, logró salir de aquel barrio, pero para entonces se había alejado demasiado del restaurante. Tomó un taxi y llegó al figón con veinte minutos de antelación. No ver allí al matemático le desanimó, y tuvo que recordarse que Steel no debía sentirse tan ansioso por aquel asunto como para acudir a la cita antes de tiempo. Salió del restaurante y a los pocos minutos volvió a entrar, y repitió esta operación dos o tres veces hasta que por fin encontró a Steel tomándose una cerveza en la barra.

—Aquí estoy.

Fue todo lo que se le ocurrió decir. El matemático le miró a los ojos, y debió ver en ellos tanta necesidad que buscó tranquilizarle sonriendo con un calor desacostumbrado en él.

—He pensado en cómo entrar en el Idiokosmos y sólo encuentro una posibilidad. Algo desesperada, me temo. ¿La discutimos comiendo?

Virgan pidió lo mismo que el día anterior por no molestarse en elegir. El matemático sirvió el vino para ambos y se explicó.

—Desde luego, no tengo soluciones matemáticas mágicas. Aunque conociera la teoría de cómo entrar en la burbuja privada de nuestro Pantócrata, nos faltarían las técnicas y los medios para llevarla a la práctica. Pero creo que hay una forma de encontrar la puerta del cielo… o mejor diría del infierno. Porque debes recordar que quien entra allí abandona toda esperanza —añadió con una sonrisa burlona.

—Ya te dije que estaba dispuesto a perderlo todo.

Steel entrecerró sus ojos de batracio con un gesto muy peculiar y cabeceó lentamente. Virgan siempre había dudado de que aquel hombre estuviera en sus cabales, pero por alguna extraña razón su asomo de locura le infundía seguridad.

—Cuando uno está dispuesto a apostarlo todo, se puede ganar. Al menos durante un tiempo muy corto. Además… tú tienes mucho dinero, ¿no?

Virgan asintió. Era el artista más cotizado en vida de todos los sistemas humanos, y tendía a ser ahorrador; sobre todo, desde que vivía con Rosaura.

—En ese caso podremos pagar armas, sobornos, engaños… Mucho tendremos que engañar para encontrar quien nos ayude.

—Digamos que para entrar al Hades… vamos a secuestrar al mismísimo barquero de los Infiernos.

Glota, la Voz del Pantócrata, había llegado con el tiempo a olvidar que su inmenso poder era vicario del de su señor y que algunos de sus antecesores, caídos en desgracia, habían sido ejecutados, públicamente o en privado. Como a tantos otros antes y después que él, el poder no le había dado ni más agudeza mental, ni más amplitud de miras, ni gustos más exquisitos. Sus diversiones en Mesapia, su ciudad flotante, que ahora había posado sus gigantescas patas de trípode en las arenas de Omán, eran tan similares a las del resentido Tiberio en Capri que hubieran inspirado desazonadores comentarios sobre la inutilidad del progreso humano.

En el corazón de la gran esfera que era Mesapia se escondían los aposentos privados de Glota, un pequeño palacio de estructuras interiores. El lujo que no podía mostrarse en las fachadas lo ostentaban las paredes, los techos y los suelos, muestrario de las más exóticas riquezas y las más extravagantes e inútiles creaciones de la ciencia. Al fin y al cabo, no había sido elegido Voz del Pantócrata por su gusto, ni tan siquiera por una inteligencia fuera de lo común o alguna otra cualidad que no fueran la falta de escrúpulos y la astucia para aprovechar sus ocasiones.

Despojado de su uniforme oficial, la panoplia de pequeños efectos destinados a acrecentar su majestuosidad, Glota cenaba en su comedor privado, sentado a una larga mesa tallada en un diamante que había cristalizado en el corazón de una estrella. La vajilla y los cubiertos eran de oro, y los vasos de cuarzo. Las luces de la sala, en sus erráticos giros, arrancaban molestos destellos de la mesa y la cubertería, pero a la Voz del Pantócrata no parecía importarle mientras, envuelto en su bata de seda verde jade, picoteaba de un plato y otro bajo la muda mirada de dos sirvientes.

Hubo una especie de chasquido dentro de su cabeza, el disparo de las neuronas que estaban directamente conectadas al receptor interno, y se levantó maldiciendo entre dientes, jamás interrumpía una comida, excepto cuando era su señor quien lo reclamaba.

En la Sala Negra, en una burbuja de semíestasis, flotaba el niño en la posición del loto. Clavado en su frente, el ojo gelatinoso de Radniakós briscó al recién llegado. No podía haber expresión en aquel órgano, ya que no lo rodeaba ningún rasgo que pudiera alterar su forma o su tamaño, pero Glota sintió que se le secaba la garganta mientras avanzaba bajo su mirada. Sólo cuando estaba a menos de diez metros del niño funcionaba directamente la interfaz entre el Pantócrata y su Voz. Hubiera podido ser de cualquier otra forma, pero ésa era la que deseaba Radniakós.

¿Te han traído ya al rebelde? La voz sonaba directamente en su cabeza. La conexión no era perfecta: despertaba continuamente sinapsis vecinas, produciendo un flujo de chasquidos y chispazos interiores que acababan por levantarle migraña. Pero ése era su problema, no el del Pantócrata.

—No, mi Señor —contestó de viva voz, mirando de frente al ojo inexpresivo.

Infórmame del motivo.

—No hemos recibido otra comunicación más que un mensaje de desastre de la Vara de justicia, la nave que enviamos para capturarlo. Debe haber quedado destruida, aunque ignoramos por qué.

¿Qué hay de los hombres que viajaban (¡chask! ) a bordo?

—Los clones de los cuatro policías se han activado automáticamente. Pero no ha ocurrido lo mismo con los del senador Rodan y el Consagrado Zurk-56.

Están vivos. ¿Cómo puede ser si la nave ha sido destruida?

Glota volvió a tragar saliva. Radniakós, como siempre sucedía, conocía perfectamente todo lo que había sucedido. No buscaba información, sino examinar a su siervo.

—No lo sabemos, mi Señor. Lo cierto es que la Vara de Justicia comunicó su llegada al planeta donde se encontraba el rebelde, pero no volvimos a recibir más señal que la de la baliza de desastre.

Sí, Radniakós, dios casi omnisciente, sabía que la Vara de Justicia estaba en poder de Virgan y de su nuevo aliado, el hombre llamado Steel, que habían dejado en Klumte al senador Rodan —factor despreciable— y que tenían en su poder al Consagrado Zurk-56. Que se dirigían a la Tierra, directos a Mesapia, y que pretendían usar al Consagrado como llave para llegar hasta Glota. Y que Glota sería la llave para llegar hasta él.

Su voz ni siquiera lo sospechaba, pero Radniakós lo disculpaba en cierta medida. ¿Quién podía haber tan loco de dirigirse al corazón de su poder, en vez de huir despavorido hacia el confín de la Galaxia? Sólo ese lunático de Virgan.

En cualquier instante podía cortar el flujo de los acontecimientos, pero no lo haría aún. Tal vez no sería mala idea que Virgan volviera a ver a su antigua amante, y comprobara cómo habían cambiado las cosas. Tendría que olvidar la mirada de posesión del vídeo, aquella que tanto había irritado a Radniakós:

No creo que la Vara de Justicia haya sido destruida.. No sería extraño que el rebelde intentara huir con ella a alguna otra satrapía. Manda un comunicado de mi parte a todas las Voces de los Pantócratas. Si (zumbido) Virgan, o a la nave Vara de Justicia, que lo capturen y nos lo hagan saber de inmediato. Por supuesto… pídelo con la debida corrección.

—Así se hará, mí Señor. El rebelde no se nos escapará.

Extrema las precauciones, Voz. Nunca se sabe lo que puede pasar.

«Excepto cuando se es un Pantócrata», añadió Radniakós para sí, y dio por terminada la conversación.

Glota había perdido el apetito, así que ordenó que retiraran la mesa y, como siempre, que arrojaran la vajilla de oro al aniquilador de materia. (Treinta y seis servicios enteros, cenara solo o acompañado.) La mesa se salvó: sería difícil encontrar otra. Después despachó holográficamente con el próxeno del Sistema Rigel y encargó a su faraute que redactara el mensaje encargado por Radniakós. Para cuando hubo terminado eran ya las doce de la noche, hora local. A las doce y cinco inhaló una dosis de Cupido, y sintió que el deseo, estragado ya por los excesos, se reavivaba con la droga. A las doce treinta y tres había terminado de satisfacerse con la prole que le habían traído aquella mañana de la ciudad, una púber de trece años. A las doce treinta y nueve, después de mandar que arrojaran a la muchacha al aniquilador (todo era de usar y tirar en Mesapia), ya descansado del esfuerzo, se dirigió perezosamente a los baños.

Según entraba fue desatándose la bata, en la que observó que habían quedado algunas manchitas de sangre. El agua del yakuzi humeaba perfumada, pero junto a él no estaba su bañista habitual, Galo, sino un hombre alto y delgado, de largo pelo negro y ojos saltones. Era inquiétame una presencia desconocida en sus aposentos, pero le preocupó mucho más la negra boca del subfusil que le apuntaba directamente al estómago.

—Ni un movimiento que yo no autorice.

La voz del desconocido era clara y terminante. Muy despacio, por reflejo, Glota levantó las manos y las colocó sobre su cabeza.

—¿Quién eres? ¿No sabes que esto te puede costar muy caro?

—¿Cómo de caro?

—Mucho más de lo que te imaginas. —Glota echó mano de su mejor impostación para impresionar al intruso.

—Lo peor que me puede ocurrir es que muera —contestó el desconocido, casi con alegría—. Sí está pensando en torturar a mis clones eternamente… adelante. Tendrá que hacerlo con los recuerdos de otro, porque ya me he cuidado de que los míos queden perfectamente borrados.

Glota no tenía intenciones de arriesgar su actual cuerpo innecesariamente, pero no pudo evitar sonreír. Sí hubiese tenido su traje oficial, se habría permitido el lujo de gotear sangre por las comisuras.

—Por el contrario, los míos están perfectamente archivados. Precisamente, desde esta misma tarde —subrayó sarcástico. Pero el intruso no pareció demasiado afectado. Con un gesto que, por alguna extraña razón, se le hizo borroso a Glota, manifestó su desdén.

—Tiene usted razón. Amenazarle con la muerte no tiene sentido.

Calmoso, y ante la incredulidad de Glota, depositó el subfusil al borde de la bañera. Pero antes de que la Voz pudiera reaccionar, sacó de su cinturón un arma minúscula que disparó contra él. Glota sintió un sordo impacto en el hombro, y después nada.

—A veces se responde mejor ante el dolor.

—¿Qué quieres decir? —se alarmó la Voz del Pantócrata.

De pronto una agonía de muerte recorrió todos sus nervios, del primero al último. Sus músculos se convirtieron en gelatina y Glota se derrumbó sobre las plaquetas del baño, preso de convulsiones. Después, un segundo en blanco, y el dolor se esfumó.

—Un nanochip —le informó el desconocido, con aire profesoral, mientras le ayudaba a incorporarse—. No ha tardado en infiltrarse en su sangre y subir al encéfalo, buscando los centros de dolor. No sabría decirle dónde exactamente, porque no soy anatomista. Me he limitado a comprar este cacharrito porque me aseguraron que producía unos dolores del diablo. ¿Qué le han parecido? ¿Debo reclamar que me devuelvan el dinero?

—Hijo de puta… —masculló Glota, apoyándose en la pared para tomar aliento. Era difícil respirar en la sala de baños, saturada por la humedad y el perfume de las sales. El desconocido se apartó tres pasos y abrió la mano izquierda. En la palma tenía un botón ominosamente negro.

—Es mejor que tenga esta mano abierta. ¿Adivina lo que pasa si la cierro y el botón se aprieta? ¿Quiere que hagamos una prueba?

—No, por favor. Dígame lo que quiere de mí y váyase de aquí.

—Eso ya me va gustando más. Son mejores modales para un huésped. De momento, salgamos de aquí. Es un lugar un poco sofocante. Por cierto, la descarga que ha sufrido usted ha sido instantánea. Digamos que una décima de segundo. Imagínese que hace algo Inconveniente, como avisar a sus Consagrados… Resulta que, sí mi corazón deja de latir, el nanochip se activa. Antes de que puedan extraérselo, le garantizo al menos media hora de dolor. Creo, según me han dicho, que tendría que cambiar de cuerpo. Este le iba a quedar inservible.

—Puede ahorrarse sus ironías. Le entiendo perfectamente.

Salieron del baño y se dirigieron al despacho oficial. Glota sentía la presencia del desconocido detrás, pero sus pasos eran tan flexibles que no los oía. Pasó la mano por la cerradura y esperó a que la puerta se expandiera. Cuál no sería su sorpresa al ver a su secuestrador dentro del despacho, esperándole con la mano izquierda en alto y abierta.

—Mis saludos.

Glota se volvió, pero nadie le seguía.

—¿Tiene la bondad de pasar a su despacho? Muy amable. Siéntese, como en su casa.

Glota disponía de unos cuantos botones para avisar a sus diversos servicios, pero lo que acababa de hacer su ubicuo interlocutor le había asustado tanto que se abstuvo incluso de pensar en ellos.

El intruso se sentó frente a él y cruzó las piernas haciendo casi un nudo. Después levantó la mano izquierda, en ademán de darse una palmada en el muslo, pero la detuvo a poco más de un dedo, con una sonrisa traviesa.

—Vaya, casi se me olvidaba. Hay que tener cuidado con estas cosas.

La temperatura de su despacho era agradable, pero Glota sentía la seda de la bata pegada al cuerpo.

—No quisiera provocarle, señor…

—Steel. Perdone que no me haya presentado antes.

—Señor Steel, comprenderá que me extrañe esto. —Glota trató de mostrarse a la altura de su antagonista—. No es normal que un huésped se presente sin invitación ante la Voz de Radniakós, nuestro…

—… todopoderoso Pantócrata. Sí, ya conozco el consabido pleonasmo. Mire, ya le iré explicando lo que se pretende de usted. De momento, conecte con el nivel 34-D, exclusivamente con ese nivel, y dé orden de que dejen pasar hasta aquí al Consagrado Zurk-56.

—¿A ése? Pero si… —Ante la callada amenaza de la palma abierta, Glota accedió al instante—. De acuerdo, de acuerdo.

Hubo diez minutos de espera, infinitamente tensos para la Voz del Pantócrata, y al parecer de relajo para Steel, que, sin dejar de vigilar con sus ojos saltones, se dedicó a toquetear —siempre con su mano derecha— algunos objetos del escritorio. Para mortificación de Glota, no se abstenía de comentarios mordaces relativos a la estética y el buen gusto.

La puerta volvió a expandirse y por ella pasó el Consagrado, no se sintió demasiado sorprendido cuando se despojó del casco y dejó al descubierto una glabra cabeza que no cumplía con el corte de pelo reglamentario. Los ojos de Virgan centelleaban con un odio expresivo y directo, bien distinto de la burla que se leía en los de Steel.

—Volvemos a encontrarnos, Excelencia —silabeó Virgan, dejando el casco sobre el escritorio.

—Ya entiendo. Quieres venganza, ¿no?—Glota se puso en pie, sólo para comprobar que, sin las alzas, Virgan le aventajaba en medio palmo de estatura. Pero no se arredró—. Mira, estúpido, no tienes idea del lío en que te has metido. Pero si sales de aquí ahora mismo te puedo dar garan…

Virgan le agarró por la pechera y le dio tal empujón que lo dejó sentado, y aun el sillón rodó hasta chocar contra la pared.

—Cállate y escucha.

Steel se apartó un poco, dejando a Virgan el control de la situación, aunque de vez en cuando se permitía exhibir la palma abierta como recordatorio. El escultor se despojó de los servo-guantes y la coraza y los dejó caer junto al casco. Avanzó amenazador hacia Glota, que ya estaba pegado a la pared y no podía retroceder más. Ante él blandió su mano derecha abierta, tan grande como un mundo.

—Te acuerdas, ¿no? Es muy fácil romper huesos con un servo… —Su mano partió como una serpiente y se cerró sobre la de Glota—. Pero no todo el mundo puede hacerlo con los dedos desnudos… así. —Apretó salvajemente y la Voz chilló de dolor.

—Virgan, Virgan —chasqueo reprobador Steel—. Creo que no deberíamos perder el tiempo en venganzas personales.

—Lo siento. Soy rencoroso como un elefante. ¡De rodillas!

No hubiera sido necesario decirlo, pues Glota ya se arrastraba por el suelo, aferrando con su mano libre la muñeca de Virgan y tratando en vano de que soltara su presa. La bata se había abierto y dejaba ver una panza fláccida y blancuzca como la tripa de un pez muerto. Virgan apartó la mano, asqueado. Glota quedó unos momentos arrodillado, mirando al suelo y lloriqueando de dolor.

—Esto ha sido una propina que me he permitido —dijo Virgan—. Pero ahora vamos a hablar en serio. Nos vas a llevar ante tu amo.

Glota levantó la cabeza y se quedó mirando al escultor de hito en hito.

—¿Qué estás diciendo? Os habéis vuelto locos, sin duda.

—Por eso mismo somos más peligrosos. Levántate y explícanos qué tenemos que hacer.

—No entiendo lo que quieres. Jamás lograrás convencer a mi Señor. Y además, si te llevo a la Sala Negra, me convertirá en humo de protones.

Steel se acercó a él y, con cierta gentileza, le ayudó a levantarse. Glota se encontraba ahora arrinconado por los dos hombres, y no sabía adónde era peor mirar: si a los ojos al rojo vivo de Virgan o a los extraviados del matemático.

—No vamos a ir a la Sala Negra —dijo Steel—. Nuestro propósito es algo más ambicioso. Queremos… hacer algo de turismo por el diokosmos de tu señor.

—¡Es imposible! No hay forma de entrar.

—La hay. ¿Por dónde entra usted cuando el Pantócrata le recibe en persona? ¿Por dónde entran los famosos primogénitos que Radniakós reclama con tanta insistencia? ¿Por dónde sale el haz por el que se comunica con usted? Lo que pasa es que a lo mejor no se acuerda bien. ¿Una ayuda para la memoria?

Steel empezó a cerrar la mano izquierda y sonrió con sevicia. Las rodillas de Glota flaquearon, anticipando el dolor. No tenía ninguna intención de volverlo a sentir. Pero tampoco albergaba esperanzas de que el Pantócrata fuera comprensivo con él si permitía a los intrusos penetrar en el Idiokosmos.

Radniakós no llegaba al grado de leer los pensamientos, pero la escena que observaba, con todo el flujo de datos que sus macro-sentidos podían captar e interpretar, era elocuente. Ante el dilema en que se hallaba su siervo sentía algo parecido a la compasión. No había esperanza para Glota, de una manera o de otra.

«Pero deja que entren, deja que entren.» Tal vez pensaban que él era más vulnerable dentro de su Idiokosmos. Un tremendo error del que no tardaría en sacarles.

 

Las aberturas de salto que los Pantócratas enviaban a las naves para que se movieran por el hiperespacio eran algo bien conocido, aunque no del todo entendido. En relación con ellas se presumían algunos principios generales, como que debían abrirse lejos de grandes campos gravitatorios que pudieran perturbarlas, y que, ante la amenaza de partículas exóticas de alta energía fuera de control, había que proteger las naves con cascos anti radiación.

Todo ello perdió su validez cuando Glota los condujo a través de una abertura situada en sus mismos aposentos. Se trataba de una puerta de esfínter, de aspecto convencional; pero, una vez abierta, mostraba al otro lado una vista que no podía pertenecer al interior de la ciudad volante, por grande que fuese. Se abría ante ellos una amplia llanura de hierba azulada, bajo un cielo de tonalidad violeta y un sol más luminoso que el de la Tierra. Aquí y allá se veían grupos de arbolillos desperdigados y, sobre una loma, tal vez a unos quinientos metros, un pequeño edificio de piedra.

—¿Éste es el Universo Privado de nuestro Pantócrata? —se extrañó Virgan—. Me esperaba algo más… diferente.

Glota sacudió la cabeza.

—No. Es un lugar de paso, nada más. Aún hay que atravesar dos portales más, después de éste. Vamos. —Se dispuso a cruzar la puerta, pero Virgan le agarró por el hombro.

—Un momento. ¿Qué planeta es ése? No quiero pisar un lugar con atmósfera venenosa, o un suelo de antimateria.

—No sé de qué planeta se trata. Los portales cambian de sitio cada poco tiempo. Pero puedes fiarte: yo pasaré el primero.

—Podría ser una trampa —insistió Virgan, retorciéndose una punta del bigote. Se le ocurrían mil posibilidades para el engaño. La menor no sería que Glota se escapase de ellos y que quedaran abandonados en ese planeta, acaso en el confín de la Galaxia, sin medios para salir de él.

—No lo va a ser —intervino Steel—. Míreme, Excelencia.

Glota hizo como se le pedía. Los ojos del matemático parecían más saltones que nunca, y el marrón del iris tan oscuro que apenas se diferenciaba de las pupilas. Sin que fuera posible explicar cómo, su forma parecía borrosa, cambiante. Al principio, Glota sintió una vaga náusea, pero no tardó en aparecer una sensación mucho más concreta, aunque difícilmente descriptible. Fue como si una mano se hubiera materializado dentro de sus entrañas y, apretando los intestinos contra el estómago, creara un agujero de frío en su interior. La Voz del Pantócrata cayó de rodillas y empezó a temblar, mientras la mano invisible seguía oprimiendo por dentro. Un chorro de vómito vino a su boca, y lo arrojó junto a los pies de Steel, quien no se molestó en apartarse.

—Espero que juegue limpio… al menos con más limpieza de la que está demostrando

ahora.

La extraña sensación desapareció. A duras penas, Glota se puso en pie, pero ya no se atrevió a mirar cara a cara al matemático. Por comparación con aquel hombre horrible, casi empezaba a sentir simpatía por Virgan.

—No habrá trampas, ¿verdad, Excelencia?

Glota asintió débilmente y se limpió los labios con el dorso de la mano. La boca le sabía a vómitos, la garganta le quemaba y se sentía pequeño y miserable. «Espero que mí amo os torture por el resto de la eternidad», deseó fervientemente.

—Entonces, adelante.

No hubo ninguna sensación extraña en el tránsito por el portal, pero al poner el pie sobre la hierba del prado se produjeron una serie de cambios invisibles que desorientaron a Virgan. Nada que no hubiera experimentado ya al visitar otros planetas, pero ahora sucedía de golpe. La gravedad era apreciablemente inferior a la terrestre, la temperatura más alta que en los aposentos de Glota, el aire olía a ozono. «Sólo es un lugar de paso», se dijo, y avanzó decidido hacia el edificio de piedra.

Una vez llegados a él, la Voz del Pantócrata puso su mano sobre una cerradura de palma que resultaba incongruente en aquella puerta de madera. Las hojas se separaron lentamente y al otro lado apareció un paisaje nocturno, bañado en una luz verdosa, espectral. Mientras la puerta se abría, Virgan aprovechó para preguntar a Steel en susurros:

—¿Qué es lo que le has hecho antes?

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, cuando has hecho que… —Intercaló un gruñido de asco y prosiguió— vomite.

—Nada especial. Otra de las posibilidades del nanochip de dolor. Así no se nos descontrolará.

Virgan pensó que mentía, pero no se atrevió a decir nada. Su compañero empezaba a inquietarle. Mientras atravesaban un frío páramo, bajo dos lunas gemelas y verdes, ojos de un gigantesco gato celeste, pensó en Steel. ¿Qué impulso le movía a aquella aventura suicida? En apariencia, su principal motivo era la curiosidad. Por lo que Vírgan sabía de los científicos, en algunos de ellos el afán de saber, de adentrarse en lo desconocido, pasaba del terreno de lo racional y se adentraba en el de las pasiones más viscerales. Pudiera ser el caso de Steel, pero la impresión que Virgan tenía de él era más bien la de que actuaba por un designio propio, tan directo como el imán de una brújula.

Él mismo estaba allí porque no podía hacer otra cosa, porque no le era posible prescindir de Rosaura y tenía que acudir a donde ella estuviese, aunque fuese el rincón más oculto del universo. Pero no albergaba esperanzas de recuperarla; todo lo más, de mirarse por última vez en sus ojos de ámbar. En cambio, Steel caminaba con la ligereza de quien sabe seguro adónde va. «Tal vez la venganza», pensó. ¿Creía el matemático que podría vindicar sus ofensas ante un dios?

Era mejor no pensar. Seguir adelante. Recobrar lo que era suyo… no veía cómo podría ser.

¿Por qué Rosaura no había mirado atrás cuando Radniakós se la arrebató?

 

El tiempo en aquel lugar obedecía al cambiante compás de sus deseos, aun de los que apenas rebasaban la línea de flotación de su conciencia. Rosaura sentía sueño, y el sol se ponía por la ojiva de la ventana oeste. Si despertaba, la saludaban los grisáceos velos de la aurora. Se sentía melancólica, y en el firmamento aparecía para alegrarla una refulgente guirnalda de estrellas, o una aurora boreal, o un imposible arco iris nocturno. Si se sentía perezosa y con ganas de tenderse al sol, éste caía de plano sobre la terraza del gran torreón. Las nubes se descargaban sólo con que se acordara de algún romántico día de lluvia, la brisa se colaba por las ventanas si suspiraba de calor.

Vivía en un castillo de cuento al borde del mundo. Desde el balcón de su torre, al oeste, veía la pared de granito cayendo a pico, mezclándose con el acantilado que se perdía hacía abajo en una bruma acuarelada, irreal, sin límites. Pero sí paseaba por las almenas del patio de armas podía rodear la construcción, y en cualquier otra dirección en que mirase había construcciones fantásticas, de una belleza indescriptible e inquietante; una ciudad cuyos límites se perdían en una distancia infinita; una urbe inconcebible que sólo podía haber soñado un dios loco.

El castillo era pequeño en su exterior, casi una mansión de muñecas, pero por dentro se extendía en salas inacabables. Rosaura caminaba por ellas como en un ensueño, en el estado crepuscular en que se hallaba su conciencia desde que abandonara el cometa Sotería. Sus necesidades eran atendidas por una cohorte de servidores fantasmales, de voces que susurraban a sus costados, imágenes que pasaban fugaces, como rastros de movimiento en una fotografía de exposición lenta.

Algunas noches la visitaba un amante invisible. Se posaba sobre ella como una niebla de plata, y cuando la abandonaba, a Rosaura le quedaba una difusa huella de posesión.

Una noche Rosaura despertó y encontró que su conciencia volvía a ser clara, limpia como la lejanía después de la lluvia. La niebla de plata huía, filtrándose bajo la puerta de su alcoba.

—¿Quién eres?

¿ Quién quieres que sea?

Rosaura se incorporó en el lecho, confusa. La sábana de raso resbaló por sus pechos desnudos en una cosquilleante caricia. Se tapó, pudorosa ante lo desconocido. No recordaba haberse acostado sin ropa, pero todas sus memorias eran vagas,

—No entiendo. Sólo quiero saber quién eres.

Soy tu más rendido admirador.

La voz era un susurro de viento en las cortinas. Rosaura se envolvió en la colcha, se levantó de la cama y salió al balcón. En la noche sólo brillaba una luna blanca, familiar.

—¿Eres… eres el Pantócrata? —preguntó con voz vacilante.

No debes tenerme miedo. No me importa que me teman todas las criaturas del universo. Pero tú no, por favor.

—¿Por qué me has traído? ¿Qué quieres de mí?

Pero el murmullo del viento se apagó.

Pocos días después, mientras cenaba en una larga mesa iluminada por candelabros de bronce, volvió a escuchar a Radniakós. Era una voz de barítono que sonaba real, a su espalda, y ella quiso volverse para verle.

—¡No lo hagas!

—¿Por qué?

—No debes verme aún. No… no he decidido cómo quiero que me veas.

Había una leve vacilación en la voz, algo que no hubiera esperado en un Pantócrata. Rosaura desconfió: tenía que ser una treta, pero, ¿para qué? ¿Qué necesidad tenía un ser todopoderoso del engaño?

«¿Me estás engañando?», pensó, casi en voz alta. Mas no hubo contestación. Repitió la pregunta y volvió a recibir silencio por respuesta. Por lo que parecía, aquel dios no podía leer los pensamientos. En ese caso, ¿por qué en el castillo se obedecían sus mudos deseos? «Lee indicios, intuye lo que pienso, pero no puede entrar en mi cabeza.» Era más una esperanza que una certeza, pero Rosaura se prendió a ella.

—¿Es que hay muchas maneras de verte? —Con el rabillo del ojo sintió una sombra que se movía a sus espaldas. Aunque se le erizó el vello de la nuca, no se atrevió a volverse.

—Más de una, y todas verdaderas. Sólo debo elegir la más apropiada para ti. Por favor, sigue comiendo, ¿o es que no te gusta la cena? La he elegido personalmente.

—No, es… exquisita. Pero es que estoy un poco asustada.

Aunque se tratara del poderoso Pantócrata, Rosaura no podía dejar de pensar que lo que tenía a su espalda era un hombre, con impulsos y flaquezas masculinas. Explotar su aparente debilidad de mujer acaso daría resultados.

—Ya te he dicho que no debes temerme, adorada. No te haría nada malo. —¿Qué quieres de mí? Sólo soy una mujer.

—Y espero que tú no seas más que un hombre, por muchos poderes que te adornen.»

—Eres la mujer más bella que he visto nunca. Hay algo dentro de ti que incluso a mí se me escapa. Puedo conocerlo todo, pero en tus ojos late un misterio más allá de mi comprensión.

A su pesar, Rosaura se sintió halagada. El Pantócrata sabía manejar la típica labia masculina que tan buen resultado da embaucando a las mujeres. Se permitió una sonrisa pensando que, en realidad, era el amante perfecto en que se pudiera soñar. ¿Quién satisfaría mejor cualquier deseo que un ser omnipotente? ¿Podía haber un ambiente más romántico que aquel comedor de luces desvaídas, imposibles pero eficaces, o un admirador más lleno de misterios que Radniakós?

—Es muy amable por tu parte, mi Señor.

—No me llames así. Tú eres mi señora.

—¿Cómo debo dirigirme a ti entonces?

—Sólo tú puedes utilizar mi nombre, y nada más que mi nombre. Para ti soy Radniakós.

—Pues es muy amable por tu parte… Radniakós.

Sería el vino, o sería la impresión de estar tuteando al amo de siete sistemas solares, pero Rosaura empezaba a sentirse embriagada. Una euforia deliciosamente inquietante subía desde su estómago y calentaba sus mejillas. No le importó: sabía que arreboladas hacían más hermoso su rostro. Respiró hondo y se llenó del perfume dulzón de las velas.

—¿Te importaría servirme vino?

Rosaura asintió. Siguiendo el juego del Pantócrata, sin volverse le tendió la copa llena por encima del hombro izquierdo. No sintió ningún contacto: la copa, simplemente, desapareció de su mano.

—Brindemos —sugirió el Pantócrata.

—¿Por qué?

—Por el misterio de tu mirada. Para que por siempre permanezca escondido.

Rosaura sonrió y extendió la copa al frente, hacia el vacío. Hubo un tintineo y el leve contacto de cristal contra cristal, aunque la copa de Radniakós tenía que estar detrás de ella. Bebió y se dio cuenta de que el sabor del vino había cambiado. No era una experta catadora, pero supo que ninguna cosecha de ningún planeta podía haber dado un caldo mejor.

—Pero, ¿de verdad algo puede quedar oculto para un Pantócrata? —preguntó, casi traviesa.

—Puedo conocer todo lo que quiera, pero tu interior me está vetado por mi propia decisión. Y te prometo que esta decisión jamás cambiará.

—No lo entiendo. El conocimiento es una forma de posesión, y tú me has convertido en una propiedad tuya. ¿Por qué no poseerme del todo?

«Espero no estar pasándome de la raya», se dijo. El vino soltaba su lengua, como solía ocurrirle cuando cenaba con Virgan.

El recuerdo de Virgan pasó ante olla como un soplo. Quiso agarrarlo, pero se escapó de sus dedos; trató de formar su rostro, y siempre algún rasgo se borraba. En el aire empezaba a formarse la familiar cabeza rasurada, cuando la voz de Radniakós aventó la imagen.

—No puede existir el amor donde hay completa posesión. —«Es cierto», se dijo Rosaura, y por eso amaba ella a Virgan, porque siempre quedaba algo en él fuera de su alcance y de su dominación—. Aquí en mi mundo soy soberano absoluto y puedo crear de la nada conforme a mis propias reglas.

Una mano se posó sobre su hombro. Rosaura cerró los ojos y sintió cómo un campo magnético erizaba toda su piel, de la cabeza a los pies. Era embriaguez, era temor… y era excitación.

—A veces he creado compañeras a las que adornaba con todo tipo de perfecciones, las criaturas más hermosas que se podrían soñar. Mira, delante de ti.

Rosaura obedeció, y vio ante ella, flotando en la puerta del comedor, una visión que la estremeció, la imagen de una mujer tan bella y delicada como un hada de los bosques vestida en un rayo de luna.

—Se esfuma como la niebla, pero podría darle carne real, mente, voluntad, conciencia … Podría hacer que, por su propia naturaleza, tendiera a amarme apasionadamente. Podría, en fin, crear un remedo perfecto del amor. Pero sería sólo un remedo.

—¿Por qué, si ella sería real? —La imagen ya había desaparecido, pero Rosaura aún tenía el corazón encogido por la impresión.

—Real sí, pero creación mía. Una parte de mí amputada, independizada, pero originada en mí al fin y al cabo. No deseo el amor solipsista. Tú, Rosaura, mi señora, no tienes nada que ver conmigo. Me eres ajena y deseo que lo sigas siendo para siempre. Lo único que quiero es que aprendas a amarme.

Rosaura volvió a beber para disimular su turbación. En algún momento la mano se había levantado de su hombro sin que ella lo notara. ¿Podría aprender a amar a un ser al que temía? ¿Tenía verdadera elección? Por más razonable que sonara la voz, no lo creía. El Pantócrata no admitiría de buen grado que sus deseos no se cumplieran.

Y, curiosamente, eso mismo la atraía. La llamada del poder era como la fascinación de los abismos. Un poder que se rendía y arrodillaba ante ella, pero que podría estallar en cualquier momento y fulminarla, borrarla de la existencia.

Empezaba a encontrar que esa criatura solitaria, acaso patética, era fascinante.

Ni abajo, ni arriba, ni a izquierda, ni a derecha: en ningún lugar había un punto de referencia dominante en el que sustentarse. A Virgan, como artista plástico, no le eran desconocidos los espacios y las formas complejas, pero una cosa era moverse en simulaciones holográficas o ciberinducidas y otra bien distinta saber que sus pies estaban realmente pisando en el aberrante Idiokosmos de Radniakós.

Habían aparecido sobre una plataforma arenosa, razonablemente lisa, que a pocos metros de ellos terminaba en un brusco corte. Abajo, a unos trescientos metros, había otra de forma anárquica, sembrada de una extravagante vegetación. Al menos era paralela a la primera: no podía decirse lo mismo de la que se veía aún más abajo y a la izquierda, girada unos cuarenta grados con respecto a la suya. Sin embargo, los diversos seres —desde allí no alcanzaba a ver si eran hombres o humanoides— que pululaban por ella no resbalaban hasta precipitarse por su borde, como hubiera exigido la lógica, sino que se adherían a su suelo con toda facilidad. En todas las direcciones había plataformas —Vírgan decidió utilizar tal nombre para aquellas entidades, aunque algunas tenían formas tan extrañas que tal vez hubiera sido más apropiado el de «pegotes» o «excrecencias espaciales»—, y cada una parecía gozar de su propio campo de gravedad, orientado con independencia de los demás. Senderos flotantes y, en ocasiones, fluctuantes, como si estuvieran formados de carnes fofas o de temblorosas gelatinas, unían las diversas plataformas con diseños de complejidad neuronal.

—¿Y éste es el universo privado de nuestro gran Pantócrata Radniakós? Parece lamentable que alguien malgaste tan infinitos poderes en crear un absurdo semejante —se quejó Steel.

Virgan no podía estar de acuerdo con él. El lugar le parecía fascinante. Pero eso no podía hacerle olvidar para qué había venido.

—Imaginaba que apareceríamos más cerca del Pantócrata. Este lugar no parece muy prometedor —comentó.

—Tal vez sea mejor que no nos hayamos materializado demasiado cerca de él para que no repare en nosotros. No me hubiese gustado un recibimiento con rayos de vacío, o alguna lindeza similar— repuso Steel, sentándose un momento en el suelo.

Glota, incoherente y ridículo con su bata jade, soltó una seca carcajada. Se volvieron hacia él, sorprendidos.

—Mi Señor sabe perfectamente que estamos aquí desde el mismo momento en que hemos entrado, y desde antes de que entráramos. Conoce todos vuestros movimientos.

—¿A qué viene eso? —preguntó Virgan—. Eres demasiado cercano a él para creer en esa patraña de que es un dios.

—Precisamente porque soy cercano a él sé que es un dios. Si ahora quisiera, nos aniquilaría.

—Pues nos aprovecharemos de que por el momento no quiera para hacer turismo por aquí— dijo Steel en un tono forzadamente alegre. En realidad, observó Virgan, parecía muy cansado, como si de golpe se le hubiera agotado la batería que lo movía. Hasta el rostro se le veía ceniciento—.Me imagino que el Pantócrata no será un dios omnipresente como el de los cristianos. Tendrá un Olimpo, tal vez un trono. Llévanos a él. —Se dirigió a Glota con sequedad, omitiendo el tratamiento que hasta entonces había utilizado con respeto socarrón.

—No puedo hacerlo.

—¿Cómo qué no? ¿No es cierto que existe ese lugar, una casa, un palacio, lo que sea? ¿No has estado allí?

—Sí, pero no puedo deciros dónde se encuentra. Este lugar no tiene una geografía estable. Mi señor mueve y cambia estos islotes a voluntad, y a veces los destruye. Cada vez que utilizo la puerta, aparezco en un lugar distinto. Es mi señor quien envía un vehículo para buscarme y llevarme a su presencia.

Virgan miró en todas direcciones, desorientado. Allí no existían cielo ni suelo: los ojos siempre acababan topando con una plataforma. Era como una telaraña tridimensional que se extendiese sin límites, con un islote de tierra en cada uno de sus nudos. En aquel laberinto infinito, sintió que Rosaura estaba más lejos de él que nunca.

—Tendremos que conseguir uno de esos vehículos —dijo Steel—. Llévanos adonde haya uno.

—Tampoco sé dónde podría…

—Entonces ya no nos vales para nada.

—¡Mátame de una vez, si es lo que quieres! —exclamó Glota con una voz más chillona de lo que seguramente hubiera deseado. Virgan casi sintió pena por él, recordando cuan imponente parecía con su uniforme oficial en Sotería, mientras que ahora se asemejaba cada vez más a un patético eunuco de harén.

—Sería tranquilizador que te resucitasen fuera de aquí, ¿verdad? No, no te daré ese placer —susurró Steel, con voz cansada, y dejó de prestarle atención.

Virgan pensó que Glota, por más que ahora pareciese lastimosamente asustado, no habría llegado a Voz del Pantócrata siendo una persona fácil de manejar. «Tiene que saber algo más.» Pero Steel, que le hubiera podido sacar la información con el nanochip, tenía los ojos entrecerrados y respiraba muy despacio, como si estuviera tomando fuerzas de alguna reserva interior. El matemático había tomado la iniciativa desde el principio, pero ahora no parecía momento de contar con él.

Virgan se encogió de hombros. No le producía ningún reparo tomar el control, ni ningún escrúpulo recurrir a la violencia para obtener información. Sin previo aviso, derribó a Glota barriéndole con la pierna y le puso la bota encima del cuello, apoyando inmisericorde su peso en él.

—Si no quieres que te aplaste la tráquea contra el suelo, encuentra una solución.

—¡Yo tampoco sé orientarme aquí! —chilló la Voz.

—Aprende. —El pie de Virgan presionó más.

—¡Un momento! Tal vez haya alguna posibilidad. —Virgan aflojó, interesado—. Si recorremos varios islotes es posible que encontremos algún vehículo. Los sirvientes de mi Señor a veces recorren las plataformas, de cacería.

—¿De cacería? —preguntó Virgan—. ¿Y qué es lo que cazan?

—De todo… Mi Señor ha creado muchas criaturas para su universo. Algunas son bastante peligrosas. Tendríamos que andar con cuidado.

Virgan consideró la idea de seguir apretando las clavijas a Glota, pero tenía la impresión de que estaba diciendo la verdad. Resultaba difícil creer que un ser humano fuera capaz de orientarse en aquel galimatías tridimensional. Levantó el pie y dejó que la voz se levantara.

—Deberías habernos avisado de que la excursión podía ser larga —le recriminó—. No tenemos provisiones.

—Sinceramente no se me ocurrió —repuso Glota, masajeándose el cuello con gesto rencoroso—. No suelo hacer este tipo de cosas. Sí me hubierais…

Virgan se acercó a Steel, haciendo caso omiso de la Voz del Pantócrata. El matemático abrió los ojos y le miró, alzando una ceja interrogante. Virgan señaló al subfusil y le preguntó si sería capaz de cazar algún animal con él.

—Puede que sí —contestó Steel, al tiempo que se incorporaba. Parecía recuperado de aquel cansancio instantáneo, pero sin embargo, de alguna manera que Virgan no podía precisar, su aspecto ya no era el mismo—. Lo que veo más complicado es cocinarlo, a no ser que este arma incluya un hornillo.

Virgan respondió con un gruñido. Habían trazado su plan hasta la entrada al Idiokosmos, como si luego, de alguna manera milagrosa, todo se fuese a resolver. No había imaginado que cosas tan prosaicas como el hambre y la sed pudieran convertirse en un problema serio. Miró hacía abajo, a la izquierda, a la plataforma inclinada. Aunque no podía distinguir bien a tanta distancia, había movimiento en ella.

—Me imagino que hay gente en muchas de esas plataformas —dijo, dirigiéndose a Glota—. En algún sitio tienen que estar los primogénitos que le ofrendamos a tu señor.

La Voz del Pantócrata asintió.

—Entonces conseguiremos que nos den comida, por las buenas o por las malas. ¿Preparado para ponerte en marcha, Steel?

—Preparado.

—¿Hacia dónde?

—No tengo la menor idea —confesó el matemático, encogiéndose de hombros—. Supongo que tan malo será un camino como otro, así que yo iría por… aquél.

Sin más comentarios, se dirigió hacia uno de los bordes de la plataforma, de donde partía uno de aquellos extraños caminos que unían unos islotes con otros. Parecía que alguien con unas tijeras gigantes hubiera recortado un sendero de tierra y lo hubiera tendido como una cuerda en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Virgan se preguntaba cómo podrían trepar por una cuesta tan empinada cuando Steel pisó el camino y empezó a ascender sin ningún problema, con su cuerpo en perpendicular al suelo que pisaba.

—¿Cómo puedes hacer eso?

Steel se volvió y le animó a seguirle. Virgan se apartó un paso, convencido de que de un momento a otro el matemático iba a resbalar y caer encima de él.

—Aquí cada punto parece tener sus propias coordenadas de gravedad —explicó Steel en su mejor tono profesoral, que hacía un cómico contraste con su absurda posición—. ¿No te das cuenta de que no hay ninguna gran masa central a la vista, y sin embargo el peso que sentimos es más o menos como si estuviéramos en Marte? Vamos, sígueme.

Virgan hizo una seña a Glota para que pasara delante. No bien la Voz pisó el sendero, su cuerpo adquirió la misma inclinación imposible que el de Steel. Virgan le siguió con cierta aprensión. Cuando plantó los pies en la estrecha cuesta, algo se revolvió en su estómago y su cabeza, y de pronto todas las direcciones cambiaron. Ahora el sendero estaba perfectamente horizontal, y era la plataforma que acababan de dejar la que formaba un ángulo de cuarenta y cinco grados. Lógicamente, todo el paisaje que les quedaba a la vista había sufrido el mismo giro.

—Tiene talento este Pantócrata —volvió a pensar—. Un lugar muy interesante.

El sendero no tenía más de un metro de ancho y no había bordes a los lados para evitar la posible caída. Por debajo, a mucha distancia, se veían más plataformas de formas y colores abigarrados; las más lejanas se atisbaban por los huecos que quedaban entre unas y otras, hasta que finalmente la mirada, en cualquier dirección, acababa topando con uno de aquellos islotes flotantes.

—Y… ¿no será la masa combinada de todas esas plataformas la que nos atrae? — sugirió, en voz bastante alta para que lo oyera Steel. El matemático, sin volverse, señaló hacia arriba con el dedo.

—Mira esa que parece un pequeño desierto. Desde nuestro punto de vista está prácticamente cabeza abajo, y sin embargo nada cae de él. Cada islote ejerce su propia atracción. Parece que para Radniakós la gravedad no tiene secretos.

Virgan miró hacia arriba y atisbó unas figuras oscuras que parecían colgar de un techo arenoso, a unos mil metros de altura tal vez.

¿Y si aquel mundo de locos no tuviera límites? Al fin y al cabo no ocupaba un espacio físico en el universo que él siempre había considerado como «real». Tal vez tuviera el tamaño del Sistema Solar, o el de la Galaxia, o acaso fuera infinito. La idea de que Rosaura estaba más lejos de él que nunca le sumía en la desesperación, y trató de arrojarla fuera de su mente.

Una noche, cuando todas las luces de su alcoba estaban apagadas, cuando en el exterior del castillo reinaba la más negra oscuridad, el amante invisible de Rosaura se presentó en el lecho dispuesto a cobrarse el tributo que se le debía. Ella despertó al sentir que alguien la estaba desnudando, pero no encontró manos que lo hicieran. El camisón de satén se deslizaba por sí solo hacia sus pies, y al hacerlo le acariciaba la piel con fantasmal sensualidad. Rosaura gimió y apretó los muslos involuntariamente. Después sintió no una, no dos, sino mil manos pobladas de suaves dedos que cosquilleaban, pellizcaban, correteaban aquí y allá por todo su cuerpo. Corrientes de calor, pequeños latigazos eléctricos la recorrían de la cabeza a los pies. Eran sensaciones indefinibles, tan deliciosas que la llevaban al borde del dolor.

Y entonces un cuerpo grande y poderoso se materializó encima de ella y una boca ávida se posó sobre la suya. No habría palabras para describir el beso del Pantócrata, de un ser capaz de saturar todos los sentidos de una mujer mortal y mezclarlos en exquisitas sinestesias. Rosaura abrazó una espalda lisa y fría y, a punto de gritar, mordió la carne que se le ofrecía, y hasta en el mordisco encontró placer. De pronto sintió un golpe y un gran calor, y supo que Radniakós la había penetrado. Chilló de dolor, porque lo que tenía dentro de sí era tan grande que apenas podía contenerlo, y de allí subió a sensaciones que jamás había soñado.

Cuando Radniakós abandonó la alcoba, Rosaura dormía. El Pantócrata sintió que, por fin, ella le pertenecía. Aquellas criaturas que se arrastraban patéticamente por su Idiokosmos ya podían venir a su presencia.

 

Caminaron durante muchas horas, el equivalente a un día y medio, y en ese tiempo recorrieron decenas de plataformas. Muchas de ellas, la mayoría, estaban deshabitadas. En otras encontraron animales diversos, pero fue imposible cazarlos: eran demasiado rápidos y a larga distancia el subfusil de Steel carecía de precisión. En cambio, no tuvieron problemas para encontrar agua potable: abundaban las charcas y los manantiales. En una ocasión pasaron al lado de un río flotante, que se convirtió en inmensa cascada cuando cambiaron de plataforma y, por tanto, de perspectiva. El agua corría por el aire, sin márgenes y, lo que era más desconcertante, hacía arriba.

El décimo islote que pisaron era rocoso y estaba sembrado de pequeñas cavernas. De sus bocas salían ruidos vagamente humanos, como una conversación que se intercambiase de cueva en cueva. Pero las voces estaban mezcladas con repugnantes gorgoteos que las deformaban. Imaginando qué clase de seres podían emitir esos sonidos, se alearon de ellas y abandonaron rápidamente la plataforma.

El hambre llevaba acuciándoles algunas horas cuando dieron con un grupo de gente que pescaba con palos en una charca. Vestían ropas muy primitivas que no pudieron ver con más detalle, porque al acercarse a ellos salieron huyendo. Por fortuna, habían dejado junto al agua un zurrón con tres quesos y un pan, de los que tomaron posesión al momento.

—¿Qué es lo que cazan los sirvientes de tu señor, Glota?—preguntó Virgan mientras comían.

—No entiendo.

—Yo sí. ¿Por qué esos hombres han salido huyendo nada más vernos ?

—Es lógico que tengan miedo de los extraños. Hay gentes muy primitivas en algunos de estos lugares, y temen prácticamente a todo.

—Y si ese «todo» los caza como alimañas, seguramente lo temerán más.

Glota no contestó, y Virgan interpretó su silencio como asentimiento. Aunque no había podido apreciarlo con exactitud, le había parecido que los dueños del abandonado zurrón tenían rasgos casi simiescos. Recordando las voces que habían escuchado en las cavernas del otro islote, pensó que los rumores de que Radniakós utilizaba a los primogénitos humanos para crear monstruos genéticos en su Idiokosmos eran a buen seguro ciertos. ¿En qué habrían convertido a aquel hijo al que nunca conoció? Hubo un par de plataformas en que observaron que el mismo tiempo se ralentizaba o aceleraba; fue Steel quien se percató de ello al observar los movimientos de las criaturas en otros islotes y compararlos con los suyos.

En otras ocasiones, cuando estaban a punto de pisar una nueva plataforma, una llamarada azul surgía de la nada y se interponía en su camino, de modo que tenían que desandar lo andado y elegir otra ruta. Glota les explicó que en algunos de los islotes las condiciones eran mortíferas para los humanos: atmósferas corrosivas, gravedades aplastantes, fuerzas electromagnéticas invertidas…

—Mi Señor sabe perfectamente dónde estamos.

—¿Por qué?

—Porque nunca avisa como lo está haciendo ahora. Quien pisa en uno de esos islotes, aunque sea uno de sus sirvientes más valiosos… —el gesto de Glota fue bastante expresivo.

—Así que parece que el Pantócrata quiere que lleguemos vivos a su mansión — reflexionó Virgan, mientras, por inercia, miraba hacia arriba—. Espero que no tarde mucho en enviarnos su invitación.

Tanto Virgan como Steel habían tomado inhibidores de sueño antes de emprender su aventura, pero Glota no, y empezaba a andar cabeceando y a trompicones, hasta el punto de que un par de veces tuvieron que agarrarle para que no se cayera por el borde de un sendero particularmente estrecho y resbaladizo. Steel propuso arrojarle al vacío para comprobar en qué punto se alteraban los campos gravitatorios, pero Virgan se negó a complacerle. Aunque no le parecía muy probable, tal vez la Voz del Pantócrata pudiera volver a serles útil.

Se detuvieron a descansar en un pequeño islote sembrado de hierba. La temperatura era agradable y la gravedad suave, similar a la de la Luna. Glota, exhausto, se durmió sin tan siquiera probar su ración de queso.

—Parece que va perdiendo su arrogancia —comentó Steel entre bocado y bocado—. Sentirse desamparado por su poderoso señor le ha hecho darse cuenta de que tan sólo es un miserable humano como nosotros.

Virgan no tenía demasiadas ganas de hablar. Una sensación entreverada de inquietud y desesperación lo dominaba. La geometría de aquel lugar era suficiente para crear una atmósfera de inseguridad y desasosiego; el entusiasmo inicial al lanzarse a aquella aventura había desaparecido ya, sustituido por el presentimiento de que viajando de una plataforma a otra jamás lograría encontrar a Rosaura. Su única esperanza era que Radniakós se cansara de jugar con ellos y los llevase a su presencia.

Cerró los ojos y trató de concentrarse en la imagen de su amante, pero los contornos rielaban como reflejos en el agua. La idea de que tal vez estaba empezando a perderla de su memoria le deprimió aún más.

—¿Para qué querrá un ser todopoderoso construirse un lugar tan absurdo como éste?

Virgan volvió a encogerse de hombros. No tenía respuestas para las preguntas de Steel y ni siquiera sentía demasiado interés por ellas. Aquella burbuja encastrada en el universo era un lugar curioso, no exento de belleza, pero para él se trataba tan sólo del castillo en que estaba encerrada la cautiva que debía liberar.

—¡Eh! ¡Mira lo que viene por allí!

A unos doscientos metros sobre sus cabezas había un islote de exuberante vegetación, unido a su plataforma por un sendero casi vertical. Por él bajaba hacia ellos, a una velocidad increíble, una enorme criatura, una especie de felino casi tan grande como un elefante, con seis patas y una enorme cola terminada en dos puntas metálicas.

—¡Viene hacia nosotros! —exclamó Virgan, al tiempo que se levantaba y pateaba a Glota para que despertase—. ¡Dispara, Steel!

El matemático, con sorprendente sangre fría, desplegó la culata de su arma, se la apoyó bajo la axila y apuntó. La bestia ya había llegado a su plataforma y embestía contra ellos, haciendo retemblar el suelo. Tenía unos colmillos tan grandes como los de un macairodonte y enarbolaba las puntas de su cola por encima de la cabeza a la manera de un escorpión. Sólo su aspecto helaba la sangre en las venas, pero Steel tuvo la presencia de ánimo necesaria para clavar la rodilla en el suelo y disparar sin prisas, metódicamente. Aunque pudieron ver que los proyectiles trazadores alcanzaban a la criatura, rebotaban en su piel como guijarros arrojados por un niño contra una tapia.

La bestia ya estaba encima de ellos, un enorme monorraíl de carne y huesos listo para arrollarlos. Virgan descubrió que sus piernas se negaban a moverse, convencidas acaso de que huir era imposible. Cerró los ojos y se dispuso a esperar un fin rápido, pero al imaginarse que el espectáculo de su terror llenaría de placer al Pantócrata, que sin duda lo estaba presenciando todo, volvió a abrirlos.

El felino se había detenido en seco a unos diez metros. El hedor de su aliento de carnicero llegaba hasta ellos. Abrió la monstruosa boca y de ella brotó una voz tan grave que cada vibración hacía retumbar los huesos.

—Glota, maldito cretino, ¿es así como me sirves?

La Voz del Pantócrata, que se había arrodillado con la cabeza entre las manos, se puso en pie al oír a su amo, con una mezcla de alivio y terror en su expresión.

—Mí Señor, no tuve más remedio que rendirme a las amenazas de estos lunáticos, pero sabía que en ningún caso podían ponerte en peligro…

Arrastrando los jirones de su bata verde, el muy estúpido se estaba acercando a la bestia, tal vez convencido de que a menor distancia sus palabras podrían convencerla. Pero Vírgan había intuido muerte en el tono de la criatura y no se sorprendió cuando ésta se arrojó sobre Glota y le arrancó la cabeza de un zarpazo. En tres bocados, entre espantosos crujidos de huesos, el cadáver de quien había sido la Voz del Pantócrata desapareció engullido por las fauces de la bestia. Asqueado, Vírgan apartó la vista. Steel, en cambio, parecía fascinado por el espectáculo.

—¿Tenemos el honor de hablar con el Pantócrata Radniakós? —preguntó en un tono casi casual, como si estuviera consultando una dirección por ordenador.

—El cuerpo que ahora veis está ahora bajo mi control directo, si eso es lo que preguntas. —Aunque exageradamente grave, la inflexión de aquella voz era cuidada, casi cortés; y sin embargo por las fauces de la bestia aún chorreaba la sangre de Glota—. Vosotros sois Virgan el artista y Mílman Steel. ¿Qué hacéis aquí?

La criatura que ahora ejercía como Voz de Radniakós se había dirigido a Virgan, El escultor pensó en mentir o en buscar halagadores circunloquios, pero no parecía tener demasiado sentido cuando uno estaba hablando con un dios.

—Si lo deseas, Pantócrata, te lo explicaré; pero supongo que en tu inmenso poder ya conocerás nuestros motivos.

La bestia asintió, complacida por la respuesta.

—Montad a lomos de esta criatura. Os llevará a mi presencia. Quiero ver con mis propios ojos a los dos locos que tanto desprecian sus vidas como para invadir mi morada.

Steel y Virgan cruzaron una mirada de complicidad. La primera parte de su plan se había cumplido: iban a entrevistarse con el mismísimo Pantócrata. Si en las próximas horas conservaban su vida, tal vez llegarían a conseguir algo más.

Cuando treparon sobre la espalda de la bestia, ésta se lanzó a una frenética carrera por las plataformas y los senderos que las unían. Virgan renunció a intentar orientarse y se conformó con mirar a su alrededor y disfrutar de las extravagantes vistas que el universo privado de Radniakós les ofrecía. Steel, sentado delante de él, hizo en un par de ocasiones intento de volverse a comentar algo, pero el temor de que sus palabras llegaran a oídos del Pantócrata le contuvo.

Finalmente, llegaron a un vastísimo espacio abierto, un inmenso volumen esférico de color vagamente azul, pues los contornos de las plataformas que había más allá se difuminaban en la lejanía. No tenían manera de calcular las distancias, pero Virgan supuso que la esfera tendría un diámetro de decenas o tal vez centenares de kilómetros.

El sendero que seguían trepaba hacia el centro geométrico, perdiéndose de la vista antes de llegar a él. Su camino, presumiblemente, terminaba allí, en una pirámide invertida que flotaba en el aire y sobre cuya base se elevaban enormes construcciones de brillantes colores. «El palacio del rey de los Infiernos», se dijo Virgan, pero no se atrevió a expresar su pensamiento en voz alta.

Tal vez el Pantócrata hizo que el tiempo se enlenteciera en sus mentes, porque la bestia se lanzó en la ascensión a velocidades imposibles, propias de una lanzadera y no de un animal que pisaba un sendero de tierra. La pirámide creció rápidamente ante sus ojos y los detalles de los edificios que sostenía se fueron revelando en toda su extravagante y abigarrada riqueza.

Antes de llegar a la pirámide, el sendero se ramificaba en otros diez, y cada uno de los caminos que de él nacían entraba por una puerta a cual más grandiosa. En contra de lo que esperaba Virgan, la bestia se dirigió hacia la más pequeña y de más sobrio aspecto. El tiempo fue recobrando su latido habitual conforme se acercaban a ella y, cuando la criatura se detuvo en un pórtico de columnas rosadas, las figuras que se aproximaron a ellos lo hicieron con paso solemnemente humano.

No bien Virgan y Steel pusieron pie en tierra, el animal que los había transportado estiró el cuello, levantó la mirada y se convirtió en una estatua de mármol, del mismo rosa translúcido que las columnas que los rodeaban. El matemático no pudo contenerse y murmuró entre dientes:

—Fanfarrón…

El nutrido grupo de personas que se acercaba por el jardín que daba al pórtico se detuvo a unos diez metros y se escindió, abriendo paso en el centro a dos figuras que se acercaban con paso cadencioso. El corazón de Virgan se aceleró cuando distinguió a una de ellas: vestida con una sencilla túnica blanca, los cabellos sueltos sobre los hombros, venía Rosaura, más dolorosamente bella de como la recordaba.

Su acompañante no podía ser otro que el propio Pantócrata, el poderoso Radniakós. Su gusto por lo dramático quedaba acentuado por la apariencia que había elegido para mostrarse ante ellos: un formidable cuerpo de casi dos metros y medio de altura y proporciones hercúleas, vestido con un traje negro en el que brillaba abundante pedrería y sobre el que ondeaba, sin que soplara ni una leve brisa, una pesada capa del mismo color. De su mentón brotaba una barba oscura que se dividía en dos puntas, duras y afiladas como cuernos invertidos. Los rasgos eran afilados, tallados en piedra roja, y los ojos dos ranuras en las que destellaban fulgores carmesí. El cráneo era glabro, coronado por una cresta huesuda.

«El mismísimo Mefistófeles, el rey de los Infiernos», se dijo Vírgan y, aunque aquella apariencia no fuera más que un burdo truco, surtió efecto y le hizo desesperar de que pudiera arrancar a Rosaura de aquellas garras capaces de desmenuzar una roca de granito.

—Debería decir «bienvenidos a mi morada», pero suelo reservar esas palabras para las personas que han sido invitadas.

La voz buscaba transmitir poder y lo conseguía. Virgan inclinó la cabeza y buscó una contestación adecuada.

—Lamento… lamentamos esta irrupción, poderoso Pantócrata, pero espero de tu magnanimidad que entiendas y disculpes nuestros motivos.

Al levantar de nuevo la mirada buscó los ojos de Rosaura. Ella lo había reconocido: no cabía duda de que no estaba en trance, ni hipnotizada, ni privada de su voluntad. Y sin embargo la forma de mirarle no era la que recordaba ni la que había esperado. Un temor mucho peor que el que pudiera infundirle el Pantócrata oprimió su corazón.

Radniakós y Rosaura avanzaron unos pasos más y se pararon a unos seis metros. Ella parecía infinitamente lejos y él demasiado cerca.

—He de reconocer que tienes un gran sentido teatral, poderoso Pantócrata. Tu aspecto, este palacio, todo este lugar en sí… impresionaría a cualquier otra persona.

Virgan volvió la mirada, estupefacto por las palabras de Steel.

El matemático sonreía irónico, cruzado de brazos y acariciándose apreciativo el mentón; un gesto fuera de lugar ante aquella augusta presencia. Radniakós frunció el ceño, y en la lejanía retumbó un trueno. Steel soltó una seca carcajada.

—Insistes en apabullarnos, Pantócrata. Me halaga tanto despliegue de medios para un simple mortal.

—La frontera que separa la valentía de la estupidez es una línea muy borrosa —dijo Radniakós con una cruel sonrisa que dejó al descubierto una huera de aguzados dientes—. Veo que insistes en traspasarla. Ahora que habéis conseguido lo que queríais, llegar ante mí, ¿qué vais a pedirme?

A pesar de que la presencia del Pantócrata era imponente, Virgan no podía dejar de mirar a Rosaura. Los ojos de la joven bailaban nerviosos, de Radniakós a Virgan, de Virgan a Radniakós; y lo que más inquietaba al artista era que en ellos no podía leer el temor que había imaginado. No, cuando miraban al Pantócrata había en ellos un brillo inconfundible de admiración.

—¿Pedirte? —Steel negó con la cabeza—. No ha sido mi intención venir aquí para pedirte nada. Simplemente, me fascinaba la posibilidad de entrar en el universo privado de un poderoso Pantócrata. No hay que olvidar que soy un… científico.

Radniakós soltó la mano de Rosaura y avanzó hacia Steel. Este se mantuvo firme. Las dudas que Virgan albergaba sobre su salud mental empezaban a convertirse en certezas.

—¿Científico? Tus míseros conocimientos no te dan derecho a reclamar ese título.

—No es la cantidad de conocimientos que posea lo que convierte a alguien en científico, poderoso Pantócrata, sino el método con que los haya adquirido —recordó Steel en tono didáctico—. Casi cualquier persona de hoy día tiene una visión del universo más cercana a la realidad que la de Galileo. ¿Por ello diríamos que un piloto de lanzadera es más científico que Galileo?

Radniakós gruñó gravemente; Virgan sintió que le retumbaba el esternón. Entre los cortesanos había murmullos de incredulidad e indignación, pero el Pantócrata los acalló con un gesto.

—¿Has invadido mi morada para darme lecciones? No puedo creer que haya alguien tan loco para matar a uno de mis Consagrados, apoderarse de una de mis naves, secuestrar a mi Voz, penetrar en mi Idiokosmos… y todo eso para acabar pidiendo a gritos que lo mate.

Steel se encogió de hombros.

—Sólo pretendía ayudar a mi amigo Virgan, y de paso satisfacer mi curiosidad. Oh, sí te pediría algo, poderoso Pantócrata, pero dudo que estés dispuesto a concedérmelo.

—A los condenados se les suele conceder un último deseo —repuso Radniakós con sarcasmo. Estaba a poco más de metro y medio de Steel y casi lo doblaba en tamaño, pero el matemático le miraba con la confianza con que se trata a un igual.

—Quisiera que compartieras conmigo los secretos que os permiten viajar entre las estrellas y construir vuestros propios universos. Sí de todas formas he de morir… ¿qué importancia tiene?

Radniakós levantó un dedo y lo sacudió ante el rostro de Steel.

—¿Recuerdas lo que les sucedió a Adán y Eva por comer del Árbol de la Ciencia? El Señor Yahvé los castigó porque habían intentado convertirse en él, suplantarlo gracias al conocimiento. Se dice que el conocimiento es poder, y poca gente sabe la verdad que encierra esta afirmación. No, no lo compartiré contigo, Milman Steel. Los mortales no deben beber la ambrosía de los dioses.

El Pantócrata bajó la mano y ese gesto fue el fin de Steel. A punto de responder, con la boca entreabierta en una «O», quedó paralizado.

—Yahvé infundía la vida con su aliento. Yo… dispenso la muerte.

Radniakós sopló, un soplo monstruoso, azulado, una ventisca que bañó a Steel y lo convirtió en una estatua de hielo. Hubiera sido hasta bella en su cristalina transparencia si alguien le hubiese borrado del rostro aquella estúpida »O». Entre los cortesanos hubo un murmullo de general satisfacción. El Pantócrata ondeó su capa, complacido, y dedicó su atención a Vírgan.

—Te toca a ti, mi admirado artista. Sé que has venido buscando algo muy concreto. ¿Te atreverás ahora a reclamarlo?

Virgan tragó saliva y volvió a mirar a Rosaura, que, dos pasos por detrás del Pantócrata, le observaba con distante preocupación. «Su mente debe de estar en poder de Radniakós», trató de animarse Virgan, pero intuía que no era así; que la Rosaura que tenía frente a él no era ya la apasionada amante que poco tiempo atrás le adorara. Su empeño de enfrentarse a la muerte por su amada sonaba grandioso, épico cuando lo había expresado en aquel restaurante de Ulmatar. Pero ahora la persona con la que había compartido su locura era un trozo de hielo, y su propia vida pendía de un hilo.

—He venido por Rosaura, mi señor. Quiero pedirte que me la devuelvas.

El Pantócrata enarcó las cejas, pero esta vez se olvidó de acompañar su gesto con fenómenos atmosféricos.

—No puede ser verdad lo que estoy oyendo… ¿Te atreves a reclamarme algo?

Virgan tragó saliva y fijó la mirada en la barba de Radniakós, puesto que era imposible hacerlo en sus ojos demoníacos. No encontró contestación apropiada y prefirió callarse.

—Por favor, Radniakós, no le hagas daño.

Rosaura se adelantó un par de pasos y rozó con sus dedos el macizo hombro del Pantócrata. Este se volvió hacia ella y la mirada que se cruzó entre ambos reveló a Virgan que si la mente de su amada se había rendido al poder de Radniakós, había sido por propia voluntad. Dolorido, apartó la vista de ellos y la posó en las figuras que formaban un corro a su alrededor. Ningún déspota oriental se había rodeado jamás de una corte tan exótica y abigarrada. Había criaturas de aspecto vagamente humano y otras que parecían verdaderos alienígenas.

—¿Te preocupa el destino de este hombre? —preguntó el Pantócrata. Virgan volvió a mirar a Rosaura. Ella asentía suavemente con la cabeza.

—No le mataré, sí ése es tu deseo. Volverá sano y salvo a su hogar… siempre que renuncie a ti.

—¿Me permitirías hablar un instante con él?

Radniakós concedió con un mayestático gesto, se dio la vuelta y se alejó hacía su séquito. Rosaura se acercó a Virgan con pasos vacilantes y se detuvo a menos de un metro de él, tan próxima que le llegaba su perfume. Aunque eran el lugar y el momento menos adecuados, recordó los días de Urgat, cuando la esculpió desnuda, y un latigazo de deseo recorrió fugaz su vientre. Ese mismo olor había llegado a embriagarle en las noches de amor que ya se habían perdido en un pasado irrecuperable.

O tal vez no. Si Rosaura quisiera volver con él, ¿le negaría el Pantócrata su deseo?

—Es mejor que te vayas, Virgan. —Había preocupación por él en su tono, y ternura, pero no el amor ciego de tan sólo unos meses atrás. La mirada de Rosaura era muy distante, separada de él por un mar de tiempo.

Pero si Virgan no se había rendido a una criatura que manejaba las leyes del universo a su antojo, tampoco lo haría ante el olvido de aquella mujer.

—He venido por ti, Rosaura. No me iré solo.

—No lo entiendes. No puedo volver contigo.

—¿No puedes… o no quieres?

Ella abrió la boca para contestar, pero no brotó ninguna palabra.

—¿Es que te has enamorado de esa… cosa? —Virgan buscó al Pantócrata con la mirada. Estaba hablando con una extraña criatura reptilesca, a unos veinte metros de ellos. «Seguro que nos está escuchando. Me da igual.»—. Es un vulgar asesino, ya lo has visto.

—Tú no lo puedes entender. Es alguien que está tan por encima de nosotros que ni lo imaginarías.

—Por encima del bien y del mal, ¿no? ¿Qué puede retenerte junto a él? No puedo creer que sea amor.

Rosaura se giró para mirar al Pantócrata y suspiró. Virgan sentía que un frío de muerte extendía las garras por sus entrañas.

—Es… algo distinto. Tiene tanto poder…

—Como una montaña, ¿verdad? Así me veías a mí. Claro, que ahora has encontrado una montaña más alta.

—¡No seas tan simple! Quiero decir que es tan poderoso que a veces puede hacer cosas que no comprendemos. Tal vez su propio poder lo domine a veces, ¿entiendes? Pero debajo de todo eso hay algo que… —Se encogió de hombros y volvió a suspirar— no sabría expresarte.

—¡Estás cegada, Rosaura! ¿Es que no te das cuenta? Tú me amabas. ¿Cómo has podido perder ese amor en tan poco tiempo?

Virgan nunca había sabido lo que era suplicar. Ahora se hubiese arrodillado ante Rosaura para no perderla.

—Yo… es posible que te amara, sí —dijo ella, evocando un recuerdo de otra era.

Virgan la tomó por los hombros para sacudirla, pero al sentir el contacto de su tibia piel le invadió una ternura tan intensa que no pudo evitar abrazarla,

—¡No la toques!

La voz del Pantócrata le hizo apartarse de un salto. De alguna manera Radniakós se había materializado a su lado, inmenso en su furia. Rosaura se interpuso entre ambos, alzando los brazos como las mujeres de los sabinos para evitar que el Pantócrata destrozase a Virgan entre sus dedos.

—¡Por favor, no le hagas nada!

Virgan había cerrado los puños, obedeciendo al impulso ancestral de pelear por la mujer. Pero aunque Radniakós no hubiese dispuesto de otros poderes, sólo su enorme cuerpo hubiera bastado para aplastarle como a una cucaracha. Respiró hondo y trató de serenar sus pensamientos.

—¿Qué busca alguien tan poderoso como tú en una mujer mortal? —arguyó, aprovechando que el Pantócrata había controlado su acceso de ira—. Es comprensible que yo ame a Rosaura, pero ¿tú? Si estás tan por encima de ella como…

—No me provoques, gusano, o puede que no sea capaz de controlarme a pesar de sus intercesiones. Lo que yo veo en esta mujer no podría comprenderlo alguien tan limitado como tú aunque viviera cien miserables vidas.

— Demuéstramelo entonces. Cédeme tus poderes y enfréntate conmigo por ella como estoy haciendo yo.

—¡Por favor! —exclamó Rosaura—. No soy un trozo de carne por el que se pueda pelear. Si tanto sentís por mí ambos, ¿estaréis dispuestos a aceptar mi decisión?

—Si tu decisión es rebajar tu belleza compartiéndola con este gusano, de ningún modo —rugió Radniakós, y Virgan sintió un atisbo de lástima por él, comprendiendo que la misma enormidad de su poder lo había convertido en un ser pueril.

—¿Querrías tenerme a tu lado en contra de mi voluntad? —preguntó Rosaura en un tono que hubiera deshecho el más duro granito. El Pantócrata cerró los ojos un momento y apretó los labios en un gesto que, a su pesar, era demasiado humano; pero cuando los abrió de nuevo el destello de sus pupilas volvía a ser demoníaco.

—De todo lo que puedo conseguir con mi poder, tú eres lo único que no quiero. Si estás conmigo, debe ser por propia elección.

—¿Estás seguro de lo que dices?

El Pantócrata asintió tozudamente; aquellos cuernos invertidos le hicieron pensar a Virgan en un carnero en embestida.

—Sí. La belleza encarcelada se marchita.

«Bien dicho», hubo de reconocer Virgan. Pese a todo, no podía evitar sentir admiración por aquel semidiós que contenía las llamaradas de su poder cada vez que se dirigía a Rosaura.

—¿Aceptarías que ella viniera conmigo, entonces? —¡No me provoques, gusano!

—Por favor, Radniakós. Deja que diga lo que tenga que decir… y luego le dejaremos marchar.

«Le dejaremos marchar», se repitió Virgan. Aquélla no era su Eurídice, a la que como Orfeo pudiera rescatar con su arte: se había convertido en Perséfone, la oscura diosa de los Infiernos que compartía el trono con Hades. Como una reina llena de soberbia se permitía ya dispensar su poder.

—Rosaura… ¿Eres la misma que yo conocí?

Ella miró en derredor, a los grandiosos edificios que los rodeaban, a la difusa bóveda que se cernía sobre sus cabezas cien kilómetros más allá, a la magnífica figura del Pantócrata; y cuando sus ojos se volvieron a posar en Virgan había en ellos un paño de conmiseración que apuñaló a Virgan con una herida más honda que todas las que hasta entonces había sufrido.

—Me temo que ya no soy la misma, Virgan. Yo… siento hacerte daño.

—¡¡Estás ciega!! Te dejas llevar por el brillo de un poder vacío…

—¿Un poder vacío? —gruñó Radniakós—. Estúpido, el poder siempre es el poder, la auténtica realidad del universo. Tú sólo eres una mota de polvo más en el cosmos, una partícula arrastrada por fuerzas que no alcanza a comprender. ¡Yo puedo decidir sobre el espacio y el tiempo! La eternidad es mía. ¿Qué puedes tú ofrecer a esta mujer a la que dices amar?

Virgan se encogió de hombros y trató de que su tono fuera lo más indiferente posible.

—Mi arte.

La carcajada del Pantócrata retumbó bajo sus pies e hizo que el suelo vibrara en ondas que se hicieron visibles y se elevaron brillantes por los aires, convirtiéndose paulatinamente en una cuerda plateada que se enroscaba sobre sí misma mientras ascendía a las alturas. El desvaído azul de aquel falso cielo se desvaneció, y en su lugar apareció la profunda negrura del espacio tachonado de estrellas. Radniakós levantó las manos y de sus dedos brotaron relámpagos de luz que partieron entre horrísonas detonaciones hacia la bóveda del firmamento.

—Tu arte no es más que la torpe manipulación de innobles materiales. ¡El poderes el verdadero arte! Mi materia es todo el cosmos. ¿Puedes tú ofrecer algo mejor a tu amada, gusano?

Sobre sus cabezas, las estrellas se agruparon para formar una nueva constelación, un maravilloso dibujo que representaba el rostro de Rosaura. No se trataba más que de un truco, pero Virgan hubo de reconocer que era impresionante tanto en su magnitud como en su belleza.

—Tú pasarás, Virgan el artista, a pesar de esa falsa ilusión de inmortalidad que os ofrecemos con la Sociedad de Resurrección. Pasarás y acabarás como todas las cosas mortales, y de ti no quedará ni el recuerdo. ¿ Qué son para mí las eras, los eones ? Yo puedo ofrecerle a Rosaura el universo, la eternidad. —Con un gesto recogió su capa y el negro del firmamento se diluyó de nuevo—. Confórmate con pensar que durante un tiempo se te permitió mancillar su belleza, ¡y retírate de mi presencia!

Terminado su breve discurso, el Pantócrata se alejó de nuevo a grandes zancadas. Llegó al borde del abismo y se asomó a él, apoyando el brazo en una columna. La absurda idea de empujarle pasó por la mente de Virgan. Inútil.

Se volvió hacía Rosaura aprovechando ese breve momento de intimidad que se les permitía. Era la mirada distante de la joven lo que le asustaba, y no el derroche de poder de Radniakós.

—¿Es eso lo que quieres? ¿La eternidad?

—Yo… no sé qué decir. No entiendes…

—Valoras algo que no lo merece. En mi amor por ti he aprendido algo, pero lamento comprobar que tú no. —Sacudió la cabeza con tristeza y trató de buscar las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos—. El brillo de algo que debe diluirse a lo largo del tiempo es débil, pálido. No, no es mi arte lo que te puedo ofrecer, sino mi amor, Rosaura. El amor que siento por ti en este momento y que, si algo de valor tiene, es porque debe acabar. No hay belleza en la eternidad, mi niña.

—No te entiendo… —murmuró ella, mirándole por primera vez a los ojos. Virgan solía llamarla «mi niña» cuando estaban solos.

—Vine a este lugar por ti, Rosaura, y sabía que con ello renunciaba a mi futuro. Pero ya no lo deseo. No quiero recordar tu amor como algo que perdí en el pasado.

—Idiota —protestó Rosaura con dulzura—. No debes morir por mí. Yo no merezco la pena.

—He vivido ya tres siglos, mi amor —musitó Virgan, cada vez más cerca del rostro de Rosaura, hasta el punto de que ya podía sentir su tibio aliento—. Es tiempo más que suficiente. Tú has sido lo mejor de todos estos años. Si ahora te pierdo, el resto de mi vida será un declive sin fin. Prefiero… acabar ahora.

Rosaura apoyó sus manos en los hombros de Virgan y le masajeó suavemente, la misma caricia que solía hacerle cuando dejaba de estar enfadada con él. Radniakós bufó, pero ellos ya no tenían ojos para nada más.

—¿Es eso verdad? ¿Estás dispuesto a… perderlo todo por mí?

—Sin ti perdería mi alma.

Rosaura cerró los ojos, se puso de puntillas y le atrajo hacia sí. Sus labios se abrieron apenas y su boca se posó sobre la de Virgan, en un beso que tenía la suave cualidad de un sueño del alba. Se apartaron y se miraron a los ojos, y Virgan comprendió que la había recuperado.

—¿Es eso lo que quieres, así pues?—gruñó el Pantócrata, acercándose a ellos.

Rosaura no contestó. Sólo miró un momento al poderoso Radniakós, después a Virgan, y asintió con una sonrisa de dulce melancolía mientras rodeaba con sus brazos la cintura de su amante humano.

Su sonrisa se borró, reemplazada por un gesto de espanto al escuchar el horrísono bramido que brotó de la garganta de Radniakós. Todo el Idiokosmos pareció temblar de pavor cuando el Pantócrata elevó los brazos al cielo, enormes como aspas de molino.

—¡Se acabó mi paciencia contigo, gusano!

—Prometiste que aceptarías mi decisión —suplicó Rosaura, interponiéndose entre ambos, Virgan, al mismo borde de la muerte, se sentía extrañamente eufórico. Lo que le pudiera pasar carecía de importancia.

Radniakós sacudió la cabeza y miró con odio a la mujer que se había permitido despreciarle. Las puntas de su barba se agitaban con vida propia y de sus ojos saltaban chispas azuladas que al caer al suelo quemaban el mármol con una marca negra.

—No serás mía, puesto que no te quiero así. Pero tampoco serás de él. Tú volverás a tu mundo.., pero él se quedará aquí, conmigo, sufriendo por toda la eternidad.

De un manotazo mandó a Rosaura por los suelos y se encaró con Virgan. Éste se sintió tan furioso al ver a su amante así tratada que se arrojó sobre el Pantócrata. Una vez, en un bar de Francia, había derribado a tres hombres de un solo golpe. Ahora su puño se estrelló contra el abdomen de Radniakós y fue como si hubiera golpeado en la cabeza a un toro de lidia. El Pantrócrata no le dejó tiempo para intentarlo de nuevo. Su garra se cerró sobre el cuello de Virgan y, como a una marioneta rota, lo levantó sin ningún esfuerzo.

—Si intentas enfurecerme lo bastante para que te mate, olvídalo, gusano —silabeó, tan cerca de su rostro que Virgan pudo oler su aliento mefítico. Después lo levantó más aún y se giró, estudiando contra qué podría lanzarlo. Los miembros del séquito abrieron una cuña, temerosos de que el escultor cayera sobre ellos con su peso nada despreciable.

En ese momento de silencio se escuchó una discreta tosecilla, tan fuera de lugar que el propio Radniakós, perplejo, soltó a Virgan y miró a su alrededor. Sentado al borde de una pequeña fuente, a unos pocos pasos, los observaba Milman Steel.

—Creo que ya os he dejado jugar lo suficiente —comentó en tono falsamente dolido al tiempo que se levantaba—. Me gustaría que mis justas peticiones fueran atendidas.

Virgan aprovechó que estaba libre para arrastrarse hasta Rosaura. Ambos se abrazaron en el suelo y contemplaron la escena. De alguna extraña manera, el matemático había vuelto a ser de carne y hueso, y ahora se enfrentaba a Radniakós señalándole con un dedo admonitorio, como el del maestro ante el alumno díscolo.

—Radniakós, Radniakós… ¿Para toda esta vacía ostentación me robaste la Gota del Origen? Devuélveme lo que me pertenece.

Para sorpresa de Virgan y Rosaura y consternación de los cortesanos, en el rostro del Pantócrata se dibujó un inconfundible gesto de miedo. Steel avanzaba hacia él, tendiendo una mano exigente. Radniakós retrocedió hasta chocar con una de las columnas del pórtico.

—Tú… no puedes estar aquí. ¿Cómo has entrado?

Radniakós levantó la mano derecha y de ella brotó una llamarada blanca que redujo instantáneamente a cenizas a Steel. Pero donde había estado el matemático apareció un punto negro del que brotaron con no menos rapidez brazos, piernas, cabeza, y un segundo después Milman Steel volvía a encontrarse en pie ante Radniakós.

—Lo siento, pero mucho me temo que una vez que me has dejado meter un dedo aquí, ya no me podrás sacar.

El Pantócrata ahora estaba paralizado de terror. Le tocó el turno a Steel de levantar la mano, pero antes de actuar pareció darse cuenta de que se le olvidaba algo. Olvidándose de Radniakós por un momento, se volvió hacia Virgan y Rosaura y les sonrió. —Creo que así estaréis protegidos.

Después de un instante de negrura, Vírgan volvió a encontrarse sentado en el suelo, con Rosaura acurrucada entre sus brazos. Steel seguía allí, mirándoles con una sonrisa. Por entre las columnas, las fuentes y los setos del pórtico se arrastraban los cortesanos de Radniakós; algunos gemían, otros cabeceaban, unos tenían la mirada extraviada, otros repetían palabras sin sentido. Nadie parecía mantener la cordura.

No se veía al Pantócrata por ninguna parte.

—Está aquí —explicó Steel, mostrándoles una cajita negra que después guardó en un bolsillo—. Encerrado como un genio en su lámpara, pero por mucho que la froten nunca volverá a salir.

Virgan se levantó, sin soltar a Rosaura. La joven rodeó su cintura y le apretó. Tenía la piel fría. Virgan le frotó el antebrazo para darle calor y ella se lo agradeció con una sonrisa.

—Supongo que querrás saber qué ha pasado —dijo Steel.

—Sería un detalle por tu parte —reconoció Virgan.

—Lo mereces, ya que tu ayuda ha sido inestimable. De hecho, sin ti no habría podido hacer nada. ¿Por dónde quieres que empiece?

Virgan miró a su alrededor, observando a los cortesanos. Al principio le había parecido que estaban bajo los efectos de un shock, pero ahora, al verlos comportarse como locos en la sala de recreo de un manicomio, pensó que era como si algo hubiera vaciado sus mentes.

—¿Qué les ha pasado?

—Por eso os he tenido que proteger en la burbuja de estasis. He aparecido ante Radniakós tal como soy, y para derrotarlo he tenido que desatar algunas dimensiones. La mente humana no está preparada para enfrentarse a eso. Me temo que es como si hubiera quemado los fusibles de sus cerebros.

—¿Tal como eres? ¿Quién eres en realidad?

—Puedes seguir llamándome Milman Steel. Es un nombre tan apropiado como otro cualquiera. —El matemático se encogió de hombros. Volvía a tener el mismo aspecto que antes de entrar en el Idiokosmos, esa especie de indefinición, de fluctuación que ahora Virgan empezaba a comprender—. Lo que ves ante ti es una proyección que he creado para moverme entre vosotros y para llegar hasta Radniakós.

—¿Una proyección? —preguntó Rosaura, apretando con más fuerza a Virgan—. ¿No eres real?

—Se me puede tocar. No soy un holograma. Me refería a otra cosa. Si uno quiere proyectar un cubo tridimensional sobre una superficie plana, ¿qué obtiene?

—Un cuadrado —respondió Rosaura.

—Lo que veis de mí es un apéndice, una proyección geométrica de mí ser en las dimensiones que podéis contemplar. Detrás de eso hay mucho más, pero permanece fuera de vuestra percepción. Eso sí, reconozco que me cuesta mantener esta forma. A veces pierdo el control, llamémoslo, dimensional.

Virgan asintió, pensando en el aspecto tan extraño que siempre había tenido Steel y lo desgarbado de sus movimientos.

—Lo más duro ha sido entrar en el Idiokosmos —prosiguió Steel—, Dentro de este lugar, Radniakós podría haber descubierto lo que soy, ya que su percepción alcanza otras dimensiones. Tuve que mantener unido el, llamémoslo, grueso de mi ser con esta proyección mediante un punto tan sólo, prácticamente del tamaño de un quark, y eso limitaba mucho mi capacidad de acción. Algunos trucos que podía realizar fuera me estaban vedados. De todas maneras, confiaba en que él no prestase suficiente atención. Jugué con su vanidad, y por ese motivo aposté por ti, Virgan.

»Para capturarlo necesitaba entrar en el Idiokosmos y llegar hasta él. Tú me diste la ocasión. En un tiempo Radniakós no fue más que un hombre, y ha seguido teniendo siempre las mismas debilidades de cualquier varón. Yo sabía que te dejaría entrar y llegar hasta Rosaura para humillarte delante de ella. Para el no eras ninguna amenaza. Jugó contigo en todo momento. Yo fingí el papel de acompañante, un matemático excéntrico y tan inofensivo como cualquier otra criatura humana. Pero este matemático entró aquí llevando dentro de sí un pequeño punto, casi imperceptible, una minúscula abertura por la que pude colarme entero llegado el momento. Radniakós estaba tan atento a su juego con vosotros que no cayó en que yo estaba jugando mi propia partida. Tú fuiste mi peón. Espero que eso no te ofenda.

—Pero… no entiendo. Yo te conozco antes que a Rosaura. Y, por supuesto, mucho antes de que Radniakós la secuestrara. ¿ Es que sabías que esto iba a ocurrir?

—Me muevo en muchas dimensiones, Virgan. Para mí el tiempo tiene calles, atajos. Por algunos caminos puedo pasar, por otros no. Digamos que vi el secuestro de Rosaura, tu desesperación, tu propósito de llegar a ella como fuese, y también vi que Radniakós te dejaría entrar aquí. Y entonces, tal como vosotros concebís el tiempo, aparecí en algunos puntos de tu pasado para parecer un viejo conocido, precisamente el único que estaría dispuesto a ayudarte. De hecho, no hay ningún engaño: soy un viejo conocido. No he alterado tu pasado: siempre fue así.

Vírgan sacudió la cabeza y miró a Rosaura. Ella parecía tan confusa como él.

—No os esforcéis en entenderlo. Aceptadlo, simplemente. Para que lo comprendieseis, tendría que dejaros ver algunas cosas que os dejarían la mente tan inservible como a este pobre hombre.

Un anciano de piel azulada vestido con un estridente quimono rojo pasaba gateando junto a ellos, sin reparar en su presencia. Steel lo miró con una conmiseración cuya sinceridad resultaba difícil de interpretar.

—Una pregunta más —dijo Virgan—. ¿Por qué querías destruir a Radniakós?

—No lo he destruido. —Se dio un golpecito junto al bolsillo—. Está aquí, perfectamente vivo. Pero me temo que el título de Pantócrata le viene ya demasiado grande.

El Señor de Todo es ahora señor de bien poca cosa.

»Radniakós fue originalmente un hombre, como el resto de los Pantócratas. Me conocieron en circunstancias que no vienen al caso, y yo les enseñé muchas cosas, pero abusaron de mi confianza. Robaron algo que no les pertenecía. Cada uno de los siete se llevó una gota, un minúsculo fragmento de la realidad primigenia, lo que vosotros llamáis «Big Bang». De esas gotas obtuvieron esos poderes que os parecían infinitos, y gracias a ellas pudieron encerrarse en sus universos privados y protegerse de mí. A pesar de que mis poderes sean muy superiores a los de ellos, tampoco son ilimitados. Sabían muy bien cómo poner barreras para evitar que llegara a ellos.

»Pero de esos hombres que se convirtieron en los Pantócratas yo también aprendí. Sí, gracias a ellos aprendí el arte del engaño. Y debo reconocer que es divertido. Tan divertido como jugar a ser humano.

Ahora todo esto es mío… —Señaló a su alrededor con el brazo, abarcando los palacios, la misma bóveda azulada que los rodeaba—, aunque, la verdad, no me interesa demasiado. En cuanto a lo que llamáis el futuro, me quedan seis gotas por recuperar, pero todo será más fácil ahora que he conseguido la primera.

—Gracias a vosotros, Virgan y Rosaura. No soy omnipotente, pero creo que puedo otorgaros casi cualquier cosa que me pidáis. ¿Tenéis algún deseo para este diosecillo juguetón?

Virgan y Rosaura se miraron.

—Creo que ahora mismo todos mis deseos están cumplidos —dijo el escultor, pero no se dirigía a Steel, sino a su amante—. ¿Y tú qué piensas, Rosaura?

Por el rostro de la joven pasó una nube. Tal vez el recuerdo de su amante invisible, tal vez tristeza por la criatura solitaria que había buscado su amor. Pero la nube pasó, y Rosaura sonrió a Virgan, al hombre que había entrado al infierno por ella.

—Tengo todo lo que quiero —susurró, y se puso de puntillas y acercó su boca a la de Virgan.

Se besaron muy despacio, rozando apenas los labios. Después se separaron, y mientras tomaban aliento para un nuevo beso, se miraron a los ojos, y entre ellos fluyó esa corriente que alguna vez todo humano ha sentido: el amor absoluto, la felicidad absoluta, esa que dura una fracción de instante y cuyo recuerdo nos mueve a seguir buscándola sin descanso cuando la hemos perdido.

Pero para ellos fue ya eterna.

 

La guerra entre la entidad llamada Milman Steel y los Pantócratas se librará durante siglos y fuera de ellos, en cien sistemas solares y en los escondrijos del espacio-tiempo. Pero a veces Steel descansa en su forma humana y se relaja paseando por el palacio que perteneció a Radniakós. Allí, en el más bello jardín, hay una escultura de mármol rodeada por una campana de irrompible cristal. Dos amantes se entrelazan antes del beso, ya convertido en gesto puro, los ojos entrecerrados para enfocar sólo el rostro cercano. A menudo Steel, ese ser cuyo poder escapa a la medida humana, se sienta cerca de ellos y, apoyando la barbilla sobre la mano, medita en un misterio que tal vez algún día lejano alcanzará a comprender: de cómo la explosión de brillo de un instante fugaz puede alumbrar por toda la eternidad.

No se conoce adaptación de esta historia en ningún medio audiovisual.